La larga risa de todos estos años

Sobre Fogwill y su literatura.

Cynthia Cohen, Sin Título, óleo sobre tela. 150x70cm
Cynthia Cohen, Sin Título, óleo sobre tela. 150x70cm

Empecé a leer a Fogwill cuando tenía diecisiete años. Quiero decir, cuando yo tenía diecisiete años, porque Fogwill debía tener, en ese momento, alrededor de sesenta. Encontré una edición vieja –de las primeras– de "Muchacha Punk" en la biblioteca de lo de mi amigo Lucho. Quizás me llamó la atención por el título, o por el rostro de mujer en colores, ligeramente cubista, que descansaba en la tapa. Lo cierto es que lo agarré y comencé a leerlo ahí mismo. Me acuerdo de las hojas amarillas y de ese olor a libro nunca abierto, al que se le sospecha una tierra que nunca aparece. La casa de Lucho se había convertido, en esos años, en una especie de templo adolescente en el que nos juntábamos a tomar alcohol malo y barato y a pasar las horas y los días de aquellos fines de semana que siempre recuerdo de verano, aunque no distinguiéramos estaciones.

Empecé por uno de los cuentos más cortos -"Efectos personales"- y, desde entonces, no paré de leer a Fogwill y sobre Fogwill y de pensar en su manera de pensar y de concebir a la vida y a la literatura. Terminé de leer el libro en un banquito de la aún todavía no enrejada plaza de Salguero y Cabello en la espera de que bajará la chica que luego sería mi novia y más tarde mi ex novia, con la ansiedad de un niño que no sabía aún que sobre el amor nada puede saberse. Mis manos temblaban al pasar las páginas de "La liberación de unas mujeres", que terminé veinte o veinticinco minutos antes de que aquella mujer me liberara para siempre de mi inocencia pueril.

En "La montaña mágica", de Thomas Mann, puede leerse que la costumbre adormece la conciencia del tiempo, gran cita que debo a mi amigo Nicolás, y a su constante referencia a una obra que nunca he leído. Con Fogwill me sucede algo similar. La costumbre permanente de la relectura de sus cuentos es un hilo conductor de una historia que imagino siempre en tiempo presente, como si ahora, además de estar escribiendo, estuviera también en ese banco, como si siempre me faltaran algunas páginas para terminar "La liberación de unas mujeres" y convertirme en un hombre por primera y última vez. O como si estuviera, también ahora, en aquella última conferencia en la feria del libro, con mi amiga Flor, esperando a que Fogwill volviese de mear para que me firmara sus "Cuentos completos" –"serví para algo pibe", me dijo, "me voy a hechar una meada y vuelvo"-. "Para Camilo, del Forrowill", escribió, y sus letras significaron para mí la condensación del tiempo, la conversión de una historia lineal direccionada desde el pasado hacia el futuro en un desmán geométrico de presente entremezclado.

Por eso no creo en su muerte como un hecho circunstancial, porque Fogwill consiguió lo que sólo consiguen los escritores genuinos, entremezclar su literatura entre la vida de sus lectores para conservarlas, ambas, en tiempo presente. Vivos y muertos, lo mismo da, pero armados de paciencia para soportar todas las rutinas del sumario.