"En las cosas necesarias, la unidad.
En las dudosas, la libertad.
Y en todas, la caridad".
San Agustín
¿Para quienes legislan los legisladores ?
Esto que parecería un gracioso juego de palabras cobra especial sentido al ver todo lo que está sucediendo con el avance de leyes que dicen embanderarse en un progresismo a ultranza.
Nadie que me conozca puede decir que yo no soy progresista y si se quiere “de izquierda”. Y no por una postura “snob” de sobremesa o por adoptar una actitud políticamente correcta que me granjee amigos y trabajos mejor remunerados.
Reitero, soy de izquierda y soy progresista , porque siempre estuve y estaré trabajando por los más débiles de nuestra sociedad, por los que no tienen voz, por los que perdieron todo. Y he trabajado por estas causas aún a costa de grandes sacrificios personales. Así que no soy ni "facho", ni de la "oposición". Apoyo todo lo que hizo y haga en nombre de un verdadero progresismo a este gobierno.
Pero me indigna este uso de pasillo que se le da al termino progresismo. Todo progresismo debe elevar la condición humana (no negarla) cuando ésta se encuentra menoscabada.
Aparentemente nuestros legisladores (la mayoría) no solo no se ajustan a conceptos filosóficos y éticos, sino que creen, que pueden hacer bioingeniería por decreto.
Apelando a la historia hubieron dos grandes revoluciones (ambas justificadas) que tomaron caminos diametralmente opuestos por no coincidir justamente en estos “inasibles conceptos filosóficos” :
La revolución francesa surgió como ineludible consecuencia del absolutismo monárquico. Pero como hija del iluminismo francés y de aquella mal llamada “ edad de la razón”, impregnó a la revolución de un antropocentrismo sin límites que terminó desmadrando esos justos reclamos en un baño de sangre que cobro como víctimas aún a los propios verdugos. Los años del terror.
Cuando hoy apelamos a un uso y abuso del concepto de derechos humanos sin nada que le ponga límites, y simplemente porque lo dice una mayoría eventual , este “derecho humano” se convierte en un acto de totalitarismo y de agresión hacia la sociedad a quien dice representar.
El ser humano no tiene derecho a hacer cualquier cosa. El límite lo impone el orden natural y la vida en sociedad. Esto implica conceptos de equidad, de justicia social, de prudencia, de proporcionalidad que aparentemente desconocen nuestros muy eruditos juristas y legisladores.
De manera contrapuesta a la revolución francesa , y contrapuesta a los principios que parecen regir hoy a nuestra actividad legislativa, la revolución que se inició en los EEUU, apeló al concepto, no de derecho humano sino de derecho natural. Esto es, que todos tenemos derechos imprescriptibles, pero dentro de un marco de referencia en el orden natural. Este concepto generó no solo a una sociedad justa sino a una vigorosa nación en sus principios.
Todas la leyes que surjan de un debate legislativo que no se sostengan en el orden natural de las cosas y como dijimos en los principios de justicia, equidad y proporcionalidad, son letra muerta, son leyes huecas, con solo la apariencia de la ley.
No se puede negar por ley que los hombres y las mujeres son biológicamente distintos.
No se puede negar por ley que la familia y el matrimonio son instituciones humanas, naturales que se han dado en todas las civilizaciones y a lo largo de toda la historia.
No se puede impulsar por ley a que los seres humanos dejemos de sentir como seres humanos. Que dejemos de sentir compasión, amor, y piedad.
Pero lo que es más terrible de todo es que nuestros legisladores mencionen como derecho humano al homicidio calificado. Esto es: El asesinato agravado por el vínculo de una madre hacia su hijo por nacer (derechos reproductivos) o el asesinato agravado por el vínculo de un enfermo grave, en esto que hoy aplauden como “la muerte digna”.
Soy médico con casi 27 años de ejercicio de la profesión. Jamás vi , ni escuché de situación alguna en que mis colegas hayan obrado en el sentido del “ensañamiento terapéutico” que nuestros legisladores y juristas quieren evitar. Por el contrario, siempre he visto en el accionar de mis colegas aplicar estos caros conceptos de la prudencia, la proporcionalidad y el consenso de la familia para ir resolviendo los duros trances que nos toca resolver en nuestra profesión.
He experimentado en carne propia la perplejidad moral que generan ciertas situaciones médicas. En los años en los que estuve a cargo del área de Neurogenética del Instituto de Genética de la Facultad de ciencias médicas de la Universidad Nacional de Cuyo, había una regla de oro que estaba por encima de cualquier perplejidad moral: Jamás suspender el alimento e hidratación al paciente. Una cosa es no insistir en un tratamiento fallido. Y una muy distinta es tener una acción directa contra la vida del enfermo. Esto es cometer un asesinato.
En mención de la aberrante ley, eufemísticamente llamada de “muerte digna” (llamese de suicidio asistido u homicidio calificado) no solo pasaremos por alto la dignidad del ser humano sino que le estaremos privando arbitrariamente en muchos casos de sus últimas chances al enfermo, ya que como sabemos, no todos los comas son irreversibles, y hay muchísimos casos de gente que estuvo en dicha instancia y hoy goza de buena salud y de vidas productivas.
Pese a que todas las ideas expresadas en este humilde artículo son ideas y conceptos filocristianos, es llamativa y preocupante la inmovilidad y el silencio, de una enorme mayoría que se dice cristiana (incluyo a todos sus pastores) , frente al nuevo holocausto que hoy se abre ante nosotros en nombre de los mal llamados "derechos humanos".
Si la sal pierde su sabor, ¿Quién la salará?” .
Mahatma Ghandi fue un alfeñique de 44 kilos que puso de rodillas al imperio británico con sus ayunos. ¿ Que haría hoy nuestra mayoría cristiana?
¿O es que acaso en nombre de los derechos humanos, Argentina está indefectiblemente entrando en una tenebrosa noche post humana?
Dr. Ángel Gargiulo
Médico neurólogo. Matr. 4592.
Diplomado superior en Economía política (FLACSO)
Reflexiones acerca de la muerte digna
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