Una cortina de algodones cenizos amenguaban al criminal sol de enero. Al resguardo de dos sauces reposábamos tras traqueteada mañana. Un puñado de teros y un trio de alharaquientas urracas chapoteaban más allá de la curva. Era domingo y la ruta a Jaime estaba vacía, ocasionalmente salía un auto del club Banco y se desplazaba sobre el puente, entre el vapor de la siesta, como en cámara lenta. Todo se mueve en cámara lenta a esa hora del día. A nuestras espaldas, en la estación de servicio de los Barroso, un flaco aindiado luchaba lo indecible para acomodar un bidón con veinte litros de Kerosene sobre la parilla de su bicicleta. Desde lejos nos llegaba el ronronear de alguna que otra avioneta tratando de sortear la despareja pista del Aero Club.
Mi recuerdo no atesora rostros, solo sensaciones como: plena naturaleza, paz, libertad, compañerismo. Podrían haber estado Tito, Néstor, Carlitos, quizás Iván o Gustavo, los nombres no vienen al caso. Nos veo sentados sobre el pedregullo musgoso, con el agua a la altura del pecho, las caras coloradas, la risa a flor de labios. Seguro era domingo, aventuremos un año, 1979. Estaríamos hablando sobre bueyes perdidos y vacas voladoras. Gastábamos minutos esperando que nos bajara el asadito y el par de porrones que nos acabábamos de embuchar.
El verdadero evento comenzaría luego, cuando en dos o tres gomones de camión nos lanzaríamos diez kilómetros Atuél abajo, hasta donde totorales y médanos volvían menos excitante la travesía. Que bien la pasábamos, carrereando a los gritos sobre el inquieto rio. Escoltados por una banda de loros y atisbados desde la orilla por tunduques, lagartijas, cuises y demás bichos de lugar. Navegábamos en busca de nuestras bicicletas que aguardaban en el recodo escogido, escondidas entre los matorrales. Después, a través de estrechos senderos, alcanzaríamos el camino que nos devolvería a Jaime Prats, algunos seguirían para Alvear.
Esta memoria de domingos pletóricos de Atuel bajó a mi conciencia tiempito atrás, cuando angustiado veía las fotos que mostraban a mi rio convertido en un hilito de agua con laderas bordeadas de sufridos álamos y sauces más llorones que nunca. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Sequia? ¿Malas políticas hidráulicas? ¿Falta de previsión? No se quien vació el cauce de agua que regaba nuestros sueños. Los pueblos del desértico sur provincial están sufriendo ahora la agonía de su majestad, el Rio Atuel. Alguien nos debe por lo menos una explicación.
Entorno los párpados y nos encuentro ahora en una tibia noche de primavera, veinte y pico de años atrás, cual niños quinceañeros jugando a las escondidas en la arboleda del Rincón del Indio. Las guitarras alimentándonos el alma, los fogones alumbrando solo lo necesario y de fondo el rumor del agua meciéndose en nuestros oídos. Centenares de estudiantes secundarios, acampados en este lindo lugar, gozábamos del veinte de septiembre a la noche, en la víspera de la fiesta de la primavera.
Hoy esas instalaciones están abandonadas, nadie va a armar una carpa a orillas de algo a lo que no se le puede dar ni siquiera el nombre de arroyo. El Atuel derrama sus últimas lágrimas sobre el viejo cauce, le han robado el agua para mandarla por fríos canales de hierro y cemento. Con ello nos quitaron la historia, nos truncaron los sueños.
No volverán los jóvenes a cabalgar sobre su brioso lecho en gigantescos gomones, ni podrán pescar ilusiones los niños con tarritos, tanza y lombriz, saliendo solo a unos minutos de la ciudad. No se harán más la rata los estudiantes en las tediosas horas de matemática o química para pegarse un chapuzón en algún fresco pozo.
Un axioma universal nos dice que a la naturaleza hay que respetarla. No se debe jugar con ella de esta forma, pues tarde o temprano llegaran las consecuencias. Heráclito escribió alguna vez que un hombre no puede bajar dos veces al mismo rio, porque ni el hombre ni el rio serán lo mismo la segunda vez. Dichoso el griego que por lo menos tenia un rio al cual bajar. A nosotros hoy parece que ya ni eso nos queda.
Te lo debía amigo Atuel, gracias por todo…
De esas aguas que regaban nuestros sueños
Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.