Cuando de política se trata Hollywood es y será, salvo excepciones, mayoritariamente demócrata. El cine americano más mainstream –tan políticamente cauto cuando se decide a ser, justamente, político– no gusta de posiciones extremas (pianta votos y ventas de tickets) y generalmente prefiere un muy gris punto medio, pastelizando un color ideológico que siempre tiende a la corrección política. Porque cuando de los grandes issues se trata, Hollywood siempre estará a favor de, a saber: el control de armas, el aborto libre, el matrimonio igualitario, el multiculturalismo, la escuela laica, la libertad de expresión, la defensa del medio ambiente, y demás tópicos liberales (con su indiscutible correlato económico: la absoluta libertad de mercado) De hecho, si Hollywood es una “fábrica de sueños”, sus películas soñaron con un presidente negro mucho antes que su propia clase política, con el mejor ejemplo en Impacto Profundo de Mimi Leder. Obviamente, hay ejemplos más extremos en los dos flancos: a la izquierda podemos ver a Oliver Stone, Michael Moore, o Warren Beatty; a la derecha, Clint Eastwood, Michael Bay, y –por supuesto– Mel Gibson, por nombrar los más vistosos.
[Párrafo aparte para Kathryn Bigelow, que en Vivir al límite (The Hurt Locker, Oscar a Mejor Película) mantuvo un nivel de sutileza que desconcertó a muchos, abordando el belicismo naturalizado del pueblo americano desde un punto de vista, si se quiere, patriótico; esto es, sin abandonar el populismo en versión yanqui del support our troops, pero manteniendo una velada mirada crítica sobre la locura de la guerra moderna. Pronto veremos qué pasa con su siguiente peli, otra firme candidata al Oscar llamada Zero Dark Thirty, sobre la caza y asesinato de Osama Bin Laden].
Dentro de ese nivel de representación, la imagen que el cine –y Hollywood en particular– construye de esos personajes llamados presidentes, siempre fue útil para rastrear los imaginarios que flotan alrededor del ocupante del habitante de la Casa Blanca. Mientras esperamos a que llegue el Lincoln de Spielberg y nos frotamos las manos esperando el documental de Scorsese sobre Bill Clinton, el nuevo ícono demócrata, hagamos un pequeño recorrido por el cine presidencial.
Antes de la Era Dorada de Obama, recordemos, estuvo George W. Bush, personaje cinematográfico si los hubo (ideal para la risa, sino pregúntenle a Saturday Night Live) A la biopic bastante naif de Oliver Stone, W., que en retrospectiva no estaba nada mal, se le suma una sátira bastante más directa: Dennis Quaid y Willem Dafoe como versiones satíricas de Bush y Dick Cheney respectivamente, en American Dreamz, una parodia de la era del reality, algo parecido a lo que fue (y es) la visión crítica de los años noventa que hoy se volvió canon en nuestro país, sólo que en EEUU, fueron los años del Presidente Estúpido y las Guerras Ridículas. Algo así como un eterno retorno del fenómeno Nixon, sólo que esta vez el destino trágico de la investidura presidencial se dio en clave de comedia (negra).
Y Nixon es una palabra clave para volver a Oliver Stone, director de la que, por ahora, se lleva la palma a mejor biopic presidencial: Nixon, peliculón sobre un personaje tan importante para la política del siglo XX como profundamente interesante en los vericuetos psicológicos que lo llevaron (y mantuvieron) en el poder. Bastante cerca le pasa la apenas disfrazada caracterización de Bill y Hillary Clinton que dirigió Mike Nichols y se llamó Colores Primarios, una lección de Pragmatismo Político para Progresistas que de todas maneras lograba reírse bastante de sí misma, aunque quizás la idea detrás de algo como Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros le compita en autoparodia (bastante necesaria, ya que hasta ahora Lincoln fue el presidente americano más retratado del cine, incluso desde sus orígenes con El Nacimiento de una Nación, de D.W. Griffith).
Antes que Bush Jr. destruyera el idealismo institucional alrededor del cargo que alimentó a la gran serie The West Wing, tomó prestado Spielberg para su John Quincy Adams en Amistad, y recuperó finalmente Obama, los presidentes que Hollywood mostraba eran, lisa y llanamente, héroes. Con la digna excepción de Peligro Inminente, donde Jack Ryan (Harrison Ford) enfrentaba a un Presidente envuelto en una rosca non-sancta con el narcotráfico colombiano, en general la figura presidencial aparecía tan eminente como heroica. Los hubo obvios, como Harrison Ford limpiando terroristas él solito en Avión Presidencial, o Bill Pulman en un jet atacando a los extraterrestres en Día de la Independencia, transformando el 4 de Julio de feriado yanqui a día de la independencia del mundo. Y los hubo, claro, más estadistas y reflexivos. Héroes morales, si se quiere. Es el caso de Michael Douglas en Mi querido presidente (escrita por el guionista oficial del intelectualismo demócrata, Aaron Sorkin) que igual se bombardeaba un cuartel árabe con civiles adentro, aunque lo hacía con muchísima culpa, eso sí. Más inocentón aún fue el Dave de Kevin Kline (Dave, presidente por un día), un working class hero que hacía de doble presidencial y terminaba presentando un plan laborista de Desocupación 0. Más canchero y autconsciente con respecto a la “grandeza histórica” de su cargo, Jeff Bridges probablemente haya sido uno de los presidentes con más onda en La conspiración, donde trataba de nombrar a una mujer como vice. Pero en la categoría presidente-estadista, el que mejor usó el traje, sin dudas, fue Morgan Freeman. Su Tom Beck no sólo lograba ganarle nada menos que al Fin del Mundo, sino que podía comunicarle al país entero que se venía la noche y consolarlos con una serenidad y eminencia digna de El Hombre Más Poderoso del Mundo. Eminencia que estuvo cerca de igualar el otro presidente negro, Danny Glover, que enfrentó su propio Apocalipsis (ese que sucede esta semana, de hecho) en 2012, pico de la obamanía dirigida por Roland Emmerich.
Obviamente, la fascinación cinematográfica por los gobernantes supremos no es monopolio de EE.UU, aunque sean por lejos los más fanáticos a la hora de retratar a sus dirigentes. Sin ir más lejos, y ya entrando en terrenos más del orden, digamos, totalitario, en Corea del Norte el aniversario de la muerte de Kim Jong-il trajo aparejado el estreno en televisión de un documental de 6 horas con el maravilloso título de Vamos a tener en gran estima al Gran Líder Camarada través de las generaciones y dividida en 4 partes (la última, obviamente, se llama El Gran Líder Camarada Kim Jong-il vivirá para siempre) Ese magnetismo que parecen generar los dictadores cuando son vistos a través de una pantalla es pura materia prima para el cine. Lo supo el director Barbet Schroeder cuando decidió hacer Idi Amin Dada: un autorretrato, documental sobre el sanguinario y meglómano dictador de Uganda, quién asumió un control casi total de la película armando situaciones delirantes para las cámaras, como un patético ejercicio militar que simulaba la invasión de las Alturas del Golán. Admirador de Hitler, Amin buscaba obtener con Shroeder lo que el Fuhrer logró con Leni Riefenstahl, pero el resultado final fue un reverso al estilo Bananas de Woody Allen, una auto-celebración ridículamente tercermundista, siniestra, y casi camp. Lo supo también el rumano Andrei Ujica en su genial The Autobiography of Nicholas Ceacucescu, donde directamente dejó hablar a las imágenes oficiales de aquel régimen (actos y visitas protocolares) para mostrar en todo su esplendor la figura de Ceaucescu en su ascenso y caída del poder.
De este lado del mar, para terminar, son pocos los ejemplos. Del lado biografista, hay sólo dos: Lula, hijo del Brasil, biopic estilo Billiken que de todas maneras fue un éxito en el país vecino, y la reciente Néstor Kirchner: la película, cuyo éxito sigue siendo tema de debate y relativo al acuerdo o desacuerdo con las políticas K: mientras unos dicen que fueron apenas 100.000 espectadores para un lanzamiento que apuntaba a muchísimo más (lo cual es cierto); otros responden que cien mil personas es una cifra inédita para un documental en nuestro mercado de exhibición (lo cual…también es cierto) Por fuera de esos dos casos, está ese ovni llamado Yo Presidente, que dirigieron los ex-Televisión Abierta Mariano Cohn y Gastón Duprat, en el que entrevistan a todos los presidentes argentinos de la democracia con una intimidad que se vuelve la antítesis del bronce laudatorio. Ese bronce con mucho de fascinación gringa que mostró Oliver Stone –siempre se vuelve a Stone cuando de presidentes se trata– en Al sur de la frontera, documental embelesado que retrata en primera persona a los presidentes latinoamericanos que cambiaron el rumbo del neoliberalismo en el continente en la última década.
Mientras se empiezan a palpitar los Oscars –el reino de la Importancia en el cine– la combinación Abraham Lincoln + Steven Spielberg + Daniel Day Lewis prefigura, en principio, una sobredosis de aquel Hollywood demócrata y eminente del que hablábamos al principio, mientras que un proyecto sobre Bill Clinton de mano de Martin Scorsese nos abre la puerta a soñar con algo, digamos, un poco más realista. Puras especulaciones, en definitiva, que se resolverán pronto cuando se estrene Lincoln y Hollywood nos entregue, finalmente, al Mejor Presidente retratado por el Mejor Cineasta del Mejor País del Mundo. Con esas mayúsculas tan eminentes que Hollywood bien nos enseñó a disfrutar.
Yo Presidente
Lincoln camino a los Oscars de la mano de Spielberg, buena excusa para un recorrido por los presidentes que nos dio el cine.