El componedor sentimental del sostén argentino

Además de sus virtudes futbolísticas, de recuperador, tiene una faceta oculta, que no se ve ante las cámaras y que muchos que tienen acceso al vestuario califican como "el gran componedor". La cinta de capitán lo pone en el medio de un plantel que reúne distintas personalidades.

Foto: Télam
Foto: Télam

En la privacidad de un vestuario argentino sombrío, en el Gigante de Arroyito de Rosario, la frustración y la impotencia que la selección empezaba a masticar después de la derrota con los brasileños por las eliminatorias se expresó de una manera cruda en ese rato de llanto, incontrolable, de Javier Mascherano. A la escena se le podía encontrar un simbolismo especial: que la reserva anímica y de carácter más importante del equipo se viera así de quebrada era todo un síntoma. Ese día, más allá de las complicaciones y la tensión que provocaba la marcha rumbo Sudáfrica 2010, entendió que había que modificar el rumbo. 

Mucho ha cambiado la responsabilidad de Mascherano en el seleccionado. Si antes de Alemania 2006 su preocupación pasaba por ganarse un lugar en el equipo, ahora su espalda carga con el papel de ser referente de la vida íntima del seleccionado. Además de sus virtudes futbolísticas, de recuperador, tiene una faceta oculta, que no se ve ante las cámaras y que muchos que tienen acceso al vestuario califican como "el gran componedor". La cinta de capitán lo pone en el medio de un plantel que reúne distintas personalidades y que, como tal, busca su identidad como grupo para ir por el gran objetivo. Quizá por eso dio el puntapié para impulsar la primera reunión de todo el plantel en la preparación previa al desembarco en Sudáfrica. Fue en una de las prácticas, en el círculo central de una las canchas del predio de la AFA, en Ezeiza, donde los jugadores comenzaron a soltar sus sensaciones y pensamientos. Hubo palabras fuertes, sinceridad brutal, y también voces firmes y elevadas, especialmente de parte de los referentes. Y él fue el exponente de un mensaje que giró siempre alrededor de dos o tres conceptos: la obligación de apelar al orgullo y de asumir "el significado de vestir la camiseta argentina". 

En la llegada a esta ciudad, con "Table Mountain" de fondo, se sentó en el medio del ómnibus que transportó al seleccionado hasta el hotel Vineyard. Se enteró de la eliminación de Brasil, pero apenas si hizo una mueca de aprobación. Como sucede desde que desembarcó en Sudáfrica, mantuvo una posición casi silenciosa, un tanto mística, de profundo encierro. Es uno de los pocos del plantel argentino que ha decidido quedarse en el HPC cuando los jugadores pueden disponer de mediodía libre. "En lo personal, hay una gran diferencia con el Mundial anterior porque en 2006 llegué con lo justo, ya que tuve una lesión de siete meses y jugué muy poco, en esta temporada vengo con un número importante de partidos y, obviamente, tengo la cinta de capitán. No es ni mejor ni peor ser el capitán, pero es un orgullo grande y una responsabilidad mucho mayor", relataría tiempo atrás en una entrevista con La Nacion un jugador que se emociona fácil cuando del seleccionado se trata. 

Para que el ataque argentino tenga la posibilidad de desplegarse y soltar su talento y enorme poderío, es necesario que el seleccionado no se quiebre en su estructura, que no haya un hueco a las espaldas de quienes están más pendientes del arco contrario. Esta tarea de sostén recae sobre el volante de Liverpool, quien prácticamente tiene que cubrir todo el ancho de la mitad de la cancha, como si se tratara de una primera muralla de contención. Frente a Alemania, protagonizará un duelo especial con Mesut Özil, un enganche que vive del engaño, picante, encarador, capaz de desnivelar "a lo Messi", amagando con su zurda desde distintos lugares de la ofensiva alemana. 

Por esas cosas del destino, ambos son los jugadores que Barcelona tiene en la mira para reforzar el rico plantel en la próxima temporada. Uno de los jugadores más desequilibrantes que mostraron los germanos pondrá a prueba su capacidad de recuperación, pero seguramente no habrá marca personal, pues Mascherano sabe que pierde protagonismo cuando se le encomienda esa clase de seguimiento. 

El Jefecito tendrá que sostener con su habitual garra el juego ofensivo del conjunto argentino. "Lo único que sé hacer es marcar y contra Alemania será un desafío exigente. En el mundial pasado, me tocó enfrentar a Ballack, que basaba su juego en lo físico y lo posicional, ahora tendré un jugador con más técnica y panorama", explicó hace unos días con su ojo táctico. 

Sus entrenadores invocan palabras como "equilibrio" o "compensación" para describirlo. Pero también muchos le ven un fundamento "sentimental" a su forma de vivir el fútbol. Como el que mostró aquella noche en Rosario, donde hizo clic como capitán del seleccionado.