Hace cuatro años, en Alemania-2006, el entrenador toscano, de 62 años de edad, se había convertido en un héroe nacional al llevar a un equipo de nivel mediano a conquistar el cuarto título mundial para Italia de su historia.
Auroleado por ese éxito, Lippi podría haber puesto fin a su extensa carrera (Napóles, Juventus de Turín, Inter de Milán) y vivir de las rentas de aquel triunfo de una noche de verano (boreal) en Berlín.
Pero, a veces las ganas son más fuertes y, tras un retiro provisorio de dos años (2006-2008), regresó a las canchas tras la Eurocopa-2008 y la destitución de Roberto Donadoni. Y, además, con una idea fija en la cabeza: volver a dar el golpe en Sudáfrica.
Un doblete que ningún equipo del mundo había logrado salvo el Brasil de Pelé (1958 y 1962), pero Lippi creía férreamente que sus principales jugadores de 2006, ya todos treintañeros -Buffon, Cannavaro, Zambrotta, Gattuso, Pirlo, Iaquinta-, podían llevar al triunfo a la "Nazionale".
Una confianza tan ciega que se tradujo en el rechazo al menor experimento. De esta manera descartó de un plumazo a dos valores jóvenes, los delanteros Antonio Cassano y Mario Balotelli, los dos "enfants terribles" del fútbol italiano, que no tenían un lugar en el "sacrosanto" grupo.
El 'míster' prefirió jugadores más prudentes, menos talentosos, y sobre todo, menos proclives a contestar la jerarquía.
A pesar de los desempeños mediocres, las lesiones y que algunos de sus 'cuadros' ya ni siquiera eran titulares en sus equipos, no cambió un ápice su política.
Y, ya en Sudáfrica, y pese a las lesiones del armador de juego Andrea Pirlo y luego del arquero Gianluigi Buffon, siguió en sus trece a pesar de los pobres empates ante Paraguay (1-1) y Nueva Zelanda (1-1).
Durante los últimos entrenamientos, Fabio Quagliarella fue el delantero en mejor forma, pero, contra toda lógica, el jueves ante Eslovaquia (2-3), el napolitano estuvo en el banco de suplentes en beneficio de un transparente Vincenzo Iaquinta.
Quagliarella entró a la cancha en el segundo tiempo, marcando un gol y creando las mejores ocasiones para su equipo. Pero, ya era muy tarde...
"¡Fue mi culpa!, es evidente. Si el equipo no es capaz de expresar todas sus posibilidades, es porque el entrenador no hizo lo que era necesario, ya sea a nivel táctico, físico y psicológico", asumió Lippi tras la eliminación ante los bisoños eslovacos.
Una salida muy digna para quien tuvo el enorme coraje y honestidad de reconocer el fracaso de una política que, cuatro años después de un éxito inolvidable, llevó a Italia a uno de los más grandes fracasos de su historia deportiva.
La jugada de Lippi que terminó en vergüenza
Después de haberse jugado por los veteranos que campeonaron en Alemania, el seleccionador italiano Marcello Lippi sufrió la gran desilusión de su vida con la eliminación de la "Azzurra" en la primera ronda del Mundial.