Por Haydeé Magnani
No puedo adjudicarme la travesía total del aventurado recorrido que voy a relatarles.
Tito salió de Mendoza con su Land Rover, armado de un variado itinerario, a fines del mes de agosto de alguno de esos años viajeros que nos tenían siempre sobre las rutas.
Cruzó a Chile, y entró a Bolivia. Recorrió varios puntos de la Cordillera Real, recordando ascensiones y aventuras vividas con sus amigos escaladores. Luego entró a Perú por Desaguadero, descendió hacia Arequipa. Entró a Lima para seguir viaje hacia el este rumbo a la frontera con Brasil.
Llegó a La Oroya, una zona minera de antiguas explotaciones. En ese lugar a 5000 m de altura se encuentra el paso vehicular y ferroviario, más alto del mundo. Llegó a Tingo María desde donde inició el regreso porque el estado del camino no le permitió llegar a Pucalpa, en la frontera Peruana y volvió a Lima para encontrarse con su relatora y copiloto oficial. Es decir yo.
Fueron tantos los días que le llevó este periplo, siempre solo con su fiel Land Rover, por caminos solitarios, recorridos con absoluta confianza en la máquina y en las gentes que cruzaba por el camino, que lo encontré feliz por su aventura. Imposible relatar con detalles, la bitácora de ese solitario viaje, que a vuelo de sus datos he tratado de reflejar. Nos encontramos en el aeropuerto de Lima y desde ese momento iniciamos juntos la etapa que nos llevaría hasta Quito, en Ecuador.
La primera etapa fue visitar el callejón de Huayla para disfrutar de la Cordillera Blanca, que les relaté en una nota anterior.
Abandonadas las termas de Monterrey y retomando la Panamericana, nuestro próximo destino fue Chimbote.
La ruta transcurre entre desierto y montañas. Un paisaje duro y monótono. Ocre y con dunas de distintas alturas, flanquea nuestra marcha.
En los largos y tediosos tramos, más de 200 hasta Chimbote, el puerto más importante del litoral peruano, cada 10 Km., aparcadas a un costado, relucientes camionetas de la policía estatal, observaban el tránsito. Nos impresionó tal organización y recorrimos la asfaltada e impecable ruta sin la menor preocupación.
Cada tanto, huellas que nacían en el camino, anunciaban sitios de descubrimientos arqueológicos. Nuestra aún distante meta y otros interesantes lugares que llevábamos en nuestra hoja de ruta, nos hacía desistir de visitarlas. En casi todos los viajes, se va descubriendo aquello que los mapas no anuncian, y apenas nos entusiasmamos, el almanaque con su rigurosidad, nos recuerda el paso del tiempo, para que no nos tentemos.
Sin embargo a unos 60 Km. antes de llegar, la invitación de echar una mirada al santuario de Sechín nos hace recorrer unos miles de metros para apreciar uno de los lugares de culto más antiguo, 1600 a.C., levantado junto a la montaña de donde se extrajeron las piedras con que fue construido. Las paredes de este centro ceremonial están revestidas con incisiones que representan batallas y sacrificios perpetrados por guerreros y sacerdotes, vívidas y crueles escenas, que nos hacen abandonar rápidamente el lugar.
Chimbote se alza frente a la bahía de Tortuga y desde ella nos deslumbran dos pequeñas islas llamadas Islas Blancas. Pobladas de cormoranes, fragatas y otras aves marinas, por siglos recubiertas del guano que a fines del ochocientos se exportaba como fertilizante, hoy, que ya no existe la explotación, lucen sus blanqueadas rocas adornando la bahía.
A este puerto acuden todas las barcas dedicadas a la pesca, ya que allí se encuentran importantes fábricas de harina de pescado.
Saturados del olor a “pesce” cruzamos rápidamente la ciudad, y les aseguro, que la atesoradora de aromas de viaje, a éste no lo incorporó al repertorio.
Otra vez en la ruta, la impecable cinta plateada nos esperaba, acompañada por el árido terreno y los colores terrosos y tristes. Cada tanto, dunas altísimas, como la de Pur-Pur de 75 m de altura, atacan nuestro asombro.
En el Km. 651 entramos a Trujillo.
Es la cuarta ciudad del país y luce un cuidado y sereno corte colonial. Con el objeto de descongestionar a Lima, muchas industrias se han instalado en ella, transformándola en el polo económico del norte.
Fue el centro de la civilización Moche o Mochica, importante cultura preincaica, de la cual quedan vestigios. Los mochicas fueron maestros en la producción de cerámica y en la confección de adobes con los que levantaron pirámides. Testigo de ello son las Huacas de la Luna y del Sol, superponiendo millones de adobes, lograron estos santuarios de 40 metros de altura.
Leyendas del lugar, de quienes se consideran herederos de los moches, relatan que 250.000 hombres levantaron la Huaca del Sol en tres días, empleando millones de adobes.
Sería complejo describir estas estructuras de terrazas escalonadas sus funciones y usos. Difícil también explicar su división y supuestas utilidades. Sólo tenemos la descripción dada por los arqueólogos en base a la observación de los dibujos, con los que se han visto obligados a trabajar para conocer estas culturas americanas que no produjeron un lenguaje escrito.
En la parte superior de la Huaca de la Luna se encontraron restos de cuarenta guerreros ejecutados y por estudios de otras osamentas halladas, no eran enemigos, sino de la misma raza moche, confirmando la creencia del honor en ser sacrificados.
Los muros que rodean las terrazas están decorados con maravillosas figuras en relieve, coloridas y con gran sentido de síntesis: arañas, cóndores, zorros, serpientes, cangrejos, se combinan con diseños geométricos y policromos.
Dejamos las huacas seguros de no haber podido apreciar esta cultura milenaria que desapareció según se cree por inundaciones provocadas por el fenómeno de la corriente del Niño. La misma que hoy castiga el litoral pacífico. Atravesamos Trujillo con el afán de encontrar un hotel en la bahía de Huanchaco, fascinados por descubrir los famosos “caballitos de totora”. En una terraza asomada a la playa, bebiendo un “Huanchaco sour”, y disfrutando de un rojo atardecer, despedimos un largo y ardiente sol que nos acompañó toda la jornada.
Thor Heyerdahl, aseguró que entre la cultura mochica y la polinésica, hubo contactos que les permitieron la trasmisión de conocimientos marinos y náuticos para confeccionar artefactos para la navegación.
Las islas y las balsas de los Uros en el Titicaca, las canoas de nuestras Lagunas del Rosario, tienen el principio común de utilizar los elementos que la naturaleza les proporcionaba. Los juncos crecidos en bajos inundados, fueron el material para aprovechar. En Huanchaco, los caballitos de totora son las embarcaciones con que la gente local se hace a la mar para obtener su pesca. Largos fajos de totoras unidos entre si, con una proa en curva, les permite a los navegantes montarse sobre la ave que finaliza recortadamente, pero que debajo del “jinete”, presenta un hueco adonde va a parar la pesca.
Con gran fortuna, al otro día de llegar, disfrutamos de la competencia anual de velocidad de tan originales embarcaciones. Desde varios pueblos a la redonda, desde Trujillo, llegó una multitud que apostaba por sus candidatos. Las pruebas que eran de varias categorías por edades, terminaron tardísimo. A raíz de esta “distracción”, entusiasmados le dedicamos el día que despedimos mirando la colorida puesta del sol, con las siluetas de los últimos participantes.
Eso hizo que postergáramos para el día siguiente la visita a las ruinas de Chan-Chan, la ciudad más grande del mundo, construida con adobes de barro y paja, secados al sol. En 1986 la UNESCO la incorporó como Patrimonio Mundial de la Humanidad.
Fue capital del reino Chimú y es tan espectacular que merece algo más que los renglones que me quedan para terminar esta nota.
Por tierra hasta Quito
En el largo camino a Quito, Perú nos esperaba con su patrimonio arqueológico. Culturas preincaicas,las más antiguas de Sudamérica, rescatadas y custodiadas para el asombro y el respeto a los arquitectos y los alfareros que plasmaron sus obras con el barro.