Argentinos sufrió de presión alta

No es un gran equipo Argentinos. Nunca lo fue. Es un conjunto que tiene claro a lo que juega, eso sí. Hace un culto para minimizar sus flaquezas.Tiene algunos valores como para desnudar a cualquier adversario, como Coria, como Ortigoza y alguno más. Anoche fue un joven inexperto frente a Arsenal, rescatando apenas un punto por su empate en 2 goles.

Foto: Télam
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En realidad, es lógico. Si el pibe se saca en todas las materias un diez, un nueve, un ocho, hay que pedirle siempre más. Que mantenga ese esfuerzo, esa dedicación, ese esmero. Su padre no creía tamaña fortaleza: sentía que podía aprobar todas las materias, pero esos rendimientos parecían fuera de foco. Entonces, claro, las presiones se trepan en el inconsciente colectivo. Allí es cuando el chico flaquea, vuelve a su realidad de ser un buen alumno, ni más ni menos. Que puede eximirse con muy buenas calificaciones, aunque cuando se aproxima el instante de los finales, puede marearse, puede confundirse, puede aminorar la marcha ascendente. ¿Quién no se marea en las alturas? Hasta los más aplicados, los que conocen el vértigo de las alturas. Algo de eso debe pasarle al cuerpo extraño de Argentinos de anoche, que seguramente festeja el empate agónico contra Arsenal, en Sarandí por 2 a 2, tanto como lo maldice. Si ganaba, se convertiría en el mejor de la clase, al menos, hasta la próxima prueba. Pero sintió la presión: todos los ojos del fútbol doméstico lo comprimieron. Lo apretujaron. 

No es un gran equipo Argentinos. Nunca lo fue. Es un conjunto que tiene claro a lo que juega, eso sí. Hace un culto para minimizar sus flaquezas. Y cuando tiene la pelota, bueno, es cuando ofrece su mejor repertorio. Tiene algunos valores como para desnudar a cualquier adversario, como Coria, como Ortigoza y alguno más. Pero cuando el balón se lo arrebata el adversario, como anoche fue Arsenal, su imagen es la de un joven inexperto a quien le cuesta escribir en su hoja en blanco. No sabe cómo empezar. 

Ganaba con un disparo lejano de Calderón, que se desvió en Tula. Triunfaba, era el líder del extraño torneo en el que cualquiera –para bien, para mal– puede ser campeón. Esa presión le ahogó el ímpetu: ser partenaire de Arsenal, un conjunto que se arrastraba con tres derrotas consecutivas sobre su espalda, no fue un buen indicio. Entre Canuto y Peric le cedieron el empate a Leguizamón. Y más tarde, ya en el segundo capítulo, Prósperi rozó a Alvarez, que se cayó en el área. Laverni entendió penal, que marcó otra vez Leguizamón. Arsenal, siempre, pero siempre, tuvo el control de la situación como un padre frente a su hijo. Mientras que éste no se rebele, mientras que el joven no patee el tablero, claro. Así, se sucedieron las situaciones, por lo general, lanzadas desde el sector izquierdo vía Poggi. 

Tal vez, Arsenal se sorprendió de tamaña diferencia conceptual. Y le entregó la pelota, el desarrollo y el empate a Argentinos, que tomó el balón y disfrutó, en algunos minutos, de lo que mejor sabe hacer. De lo que lo hizo famoso en tiempos recientes: el control del balón y de la situación. Con agresividad y los ingresos de Hernández, Fede Domínguez y Romero, se hizo cargo del escenario. Lo que no fue poco, claro, dada su intrascendencia general y sus bajísimos desempeños individuales. Igual quedaba la sensación de que un contraataque de Arsenal habría de definir la situación. Pero le faltó fuego en el área. Sus platos parecieron crudos, sin cocción, allí en donde se definen las acciones. 

Y Argentinos fue. Una y otra vez. Vale la actitud cuando las piernas se marean: ir para adelante, cuando se viene de atrás en el resultado, no es un mal indicio. Y empató con un cabezazo de Coria, una de sus revelaciones. Ya no quedó demasiado tiempo para más emociones, aunque Argentinos dejó la certeza de que nunca hay que darlo por vencido. 

Lo suyo, hasta aquí, fue muy bueno: una campaña numérica magnífica, que se codea mano a mano con Estudiantes e Independiente, dos poderosos, cada uno en lo suyo. Mira desde arriba a casi todos los adversarios, si apenas tiene a dos por encima suyo: está a una unidad del cielo. Justamente, ése es el problema, convivir con las alturas. El chico aquel ya se había sacado más de un diez, más de un nueve. Pero cuando debió pasar de grado, tuvo un pico de presión.