A falta de vacas, no son buenos los chanchos

Cuentan los libros de historia, para quien lee la letra chica en los mismos, que en la Revolución francesa además de Libertad, Igualdad y Fraternidad, los muchachos (o más específicamente las muchachas) realizaron pedidos mucho más terrenales a sus soberanos. Y es que las malas cosechas de trigo habían elevado el precio del pan a límites insospechados, convirtiéndose este insumo básico de la dieta de los franceses de aquel momento, en un alimento que les hacía gastar más de la mitad de sus ingresos, por su altísimo costo. Ante esto, en plena revoluta, una movilización de mujeres se dirigió al palacio en el que estaban los reyes para exigir, sea como fuere, que bajaran el precio del pan.

En este punto, dejando los libros de historia de lado, comenzaría una leyenda según la cual, cuando la reina escuchó el tumulto en las afueras y preguntó a sus laderos de qué se trataba, le comentaron que esas mujeres se quejaban porque no tenían pan. Ante esta situación, y ajena su majestad a la realidad más allá de las puertas de su palacio, habría dicho que, si no tenían pan, que comieran tortas, dando nacimiento (supuestamente) a la famosa frase que reza que “a falta de pan buenas son tortas”. Poco tiempo después (volviendo a la historia oficial) la guillotina cayendo sobre su cabeza le demostró a la señora reina que la cosa no era tan simple como ella pensaba.

Algunos siglos más tarde, y a miles de kilómetros de la Francia en la que se desarrolló la legendaria historia arriba citada, la Argentina siglo XXI muestra rasgos (siempre guardando las distancias correspondientes) que nos invitan a releer la historia.

En nuestro país, no es el pan francés sino la carne vacuna la que elevó su precio hasta valores exorbitantes. Y aunque es cierto que sin aquel pan los franceses pasaban hambre, y sin esta vaca los argentinos podemos comer otras cosas, la realidad es que, para buena parte de los habitantes de este país, la carne de vaca roza la adicción, por lo que, de no poder comprarla, algo así como un síndrome de abstinencia empezaría a recorrer nuestros cuerpecitos de clase media derrapada, con vaya a saber qué terribles consecuencias. Y es que cada vez que los gobiernos (desde mayo de 1810 a la fecha) se metieron con la clase media, terminaron cacheteados. Y no me traten de golpista, solo estoy avisando de lo que pasa cuando “la gente” siente que le tocan el estómago. Ya votaron inconscientemente a Menem por las cuotas de la video, ya bajaron a De La Rua por el corralito.

Hasta acá, avisos, pero NO SE METAN CON EL ASADO. El asadito es, les guste o no, algo más que un alimento para los argentinos. Es el verdadero sabor del encuentro, el motivo de reuniones, la finalización del picadito, la previa del partido televisado. Y no solo para las clases “pudientes”. Aún en los barrios humildes del país, la vaca vuelca en alguna que otra parrilla. Y no se puede, como pretende hacernos creer la Presi, cambiar vaca por chancho erótico. A mi no me venga, señora. Y a usted tampoco le viene, sino mire como terminó su “viejito”, con la yugular expuesta al cuchillo del cirujano por andar (entre otras cosas) abusando de las grasas de los cerdos que usted le da para que le cumpla (lo dijo usted, eh, no me vaya a tratar de desestabilizador). Si usted insiste con que a falta de vacas, buenos son chanchos, por mí todo bien, haga con su dieta y su matrimonio lo que quiera. Pero no pretenda que cambie mi cuota vacuna por otros animalejos, ni por verduras, ni por ese pastiche de soja que con mal gusto pretenden vendernos como “milanesa”, como si un argentino no supiera lo que es una milanesa.

Y tal vez alguien piense que un escrito que empezó con citas históricas, ha derrapado mal. Puede ser…será el síndrome de abstinencia.