Unas horas de Dakar paralelo

La experiencia de la enviada especial de Télam que cubre el Rally Dakar 2010. Cómo es estar perdido, con fallas en el GPS, en medio del desierto chileno.

Foto: mdz
Foto: mdz

La cita era a las 9 de la mañana, hora poco habitual en el Dakar para empezar el día, porque la niebla había obligado a retrasar y acortar la novena etapa del raid –entre Copiapó y La Serena-, y los 25 periodistas de todo el mundo que seguimos la competencia con las 4x4 Amarok del equipo Volkswagen teníamos tres opciones.

La tripulaciòn argentina que integra Tèlam con otros dos colegas eligió la tercera: ir por un camino a campo traviesa con dunas incluidas para cruzarnos con el primer tramo de la especial del dìa.

La experiencia tenía como principal objetivo experimentar algo parecido, sólo parecido claro, a lo que viven los pilotos en estas tierras del desierto de Atacama.

Lo primero que dejamos atrás fue el valle de Copiapó, un manchón verde y de aire fresco entre la ciudad y las tierras más áridas del mundo que siguen hacia el Sur.

Una vez que pasamos el valle y recorrimos unos cuantos kilómetros por ruta, las Amarok se metieron por un angosto camino de ripio y arena.

Resultado: 15 minutos después ya no había señales de civilización y las piedras y rocas se multiplicaron por millones.

A medida que avanzábamos encontrábamos más dificultades: el camino se angostaba y subía cada vez más, y exigíamos el motor hasta ponerlo a fondo.

Los movimientos eran bruscos y el terreno implacable. El GPS y el control de tracción de la camioneta fueron fundamentales para mantenernos firmes.

Tuvimos que cambiar varias veces de camino a raíz de las condiciones extremas en las que circulábamos.

Pero de pronto advertimos que el GPS con el que la organización equipa a los vehículos de asistencia marcaba errores de ubicación respecto a las coordenadas que ya teníamos chequeadas previamente.

El tiempo se acortaba y teníamos que llegar a horario, y cuidarnos de no toparnos con alguna moto o algún auto camino al tramo especial, algo que a esta misma cronista le ocurrió el año pasado en la Patagonia cuando su vehículo irrumpió sin saberlo en plena pista.

Tras dejar atrás la oxidada vía de una antigua mina, ya despistados en todo sentido, nos adentramos aún más en el desierto. Sólo vimos vestigios de lo que alguna vez fue un refugio de piedra. Tuvimos que bajar a desinflar los neumaticos para poder subir una cuesta de arena.

Costó varios intentos y algunos cubrecubiertas destrozados, pero lo logramos, aunque una vez que subimos esas cuestas delante nuestro se abrió la inmensidad misma del desierto, con sus colores rojizos, negros, dorados y blancos, pero desierto al fin.

Estuvimos así más de dos horas dando vueltas y vueltas, buscando una buena salida, en medio de la nada.

"Al atravesar estos desiertos se experimenta lo que debía sentir un prisionero encerrado en una oscura cárcel", había escrito Darwin cuando conoció estas tierras, un siglo y medio atrás. Sabía lo que decía.

Al fin, la tripulación argentina encontró la salida, aunque ya era tarde para ver pasar siquiera algún vehículo en competencia.

Igual, el rato nos alcanzó para imaginar en parte la experiencia verdadera, diaria, a través de cientos de kilómetros, de esos motociclistas o pilotos de cuatri, solos con su máquina y su alma en este mismo desierto, suficientemente frágiles para caer, pero también suficientemente fuertes como para levantarse, seguir y poder dar muestras del famoso "espíritu Dakar".