Los únicos dueños del Reino de los Cielos

La dama con osteoporosis y la mujer con la sonrisa más hermosa del mundo. El ex presidiario atrapado en la libertad y el vendedor de leña para los asados ajenos. Los cuidacoches del Tomba, los hermanos desocupados y el hombre que sueña con levantar un hogar que dure más que su latido. Un paseo por los verdaderos protagonistas del mensaje de las urnas.

Vota el pueblo, un acto sagrado.
Vota el pueblo, un acto sagrado.

Fue una fiesta Mendoza. Como pocas veces en el año, las calles estaban repletas de gente con una misión por delante: nada menos que elegir a nuestros representantes. Los días de elecciones son, tal vez, los mejores días que nos toca vivir.

Ahora, después de una jornada con una carga simbólica tan positiva para el andamiaje democrático, llega el día después. Y en el día después, ya lo sabemos, “vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas”. Esto ya lo saben los votantes y bastó con preguntarles para descubrir, pronto, apenas debajo de la piel y en la tercera oración, la seguridad de que nada cambiará. No obstante, fueron, votaron, depositaron su esperanza y premiaron y castigaron.

En fin, después de pasar todo el día domingo recorriendo barrios mendocinos, no me cabe duda de que debemos felicitarnos por la calidad de gente que tenemos. Acá, les dejo algunas postales de gente hermosa que vivió su día de elecciones a su manera.


Los amos de la casa

Beatriz Leal: Le costó ir a votar a Beatriz Leal. Es que la doña tiene osteoporosis de la cintura para abajo y la han operado seis veces ya. Encima, hace poco, le metieron un tornillo a la altura de la rodilla y cuando camina lo siente ahí, como un desamor o una pesadilla. Igual, fue a votar a la escuela Jerónimo Sosa, apoyándose en su andador de gris neutro, casi triste. Llego sola y se fue sola. A ella, le basta y le sobra con la compañía de su soledad.


 

Juan Oliva:  Nos conocemos con Juan, desde hace años. Más bien, habría que decir: nos conocemos con Juan de aquellos, los peores años de su vida, cuando estaba muerto en vida en esa cueva de indignidad que es la Casa de Piedra de Boulonge Sur Mer. Juan aprendió su lección y se está rompiendo el culo para torcer su destino. ¿Qué quiere? Nada. Sólo un trabajo, para ver a Rocío y a Aisha como corresponde: en la escuela, sanas, seguras, sonrientes, nutridas. Le está costando mucho; la vida es dura.


 

Mercedes Cid:  Hay que ver la sonrisa de Mercedes: enamora, hace parir otras sonrisas, da ganas de ir a pasear con ella, bajo el sol, con sus muletas fieles y su vaivén casi rítmico. “Siempre voy a votar, nunca me he perdido una votación. Mientras pueda, voy a ir… Mi apellido es Cid, como Celeste Cid”, dice Mercedes y se ríe en una calle del barrio La Estanzuela, que se arrodilla ante su paso. Vuelve a reírse y el sol reniega de todos los boca de urna que la dan a ella ganadora por paliza. Es la belleza en sí misma.


 

Matías y Martín Zeballos: Los hermanos sean unidos, tanto en el techo que los cobija, como en la ingrata condición que los somete, pues son desocupados. Por eso, la familia Zeballos en pleno, al borde mismo de la mítica calle Chuquisaca, columna vertebral del barrio Papa, montaron en su rancho una especie de comité cobista. Buscan un premio, claro, y ese premio es un trabajo que les devuelva, al menos, el perfume de una vida digna. En estas calles del miedo, hay cientos de historias que no huelen a pólvora.


 

Rodolfo Romero: Fue a votar temprano y después miró el cielo y vio que el cielo se abría y que el Zonda no bajaba. Entonces, Rodolfo se subió a su Renault 4, colorado y enfiló para el lado del campo, a juntar piedras, porque Rodolfo, como el Gigante de Ojos Azules, sueña mientras construye su hogar. Y elige las piedras, porque las piedras le dan seguridad. Ahora, quiere hacer una pared que durará, sin dudas, mucho más que lo que el propio obrero y sus latidos.


 

Palomo, Enano, Petaca: Se van todos a la concha de la lora. Lo único importante en la vida es que el Tomba se quedó en Primera A. Lo demás, nada de nada. Cuidar los coches, pañuelito en mano, esquivar a los cobanis culeados estos, que nos echan de la calle de la escuela. Nos echan pero volvemos, volvemos a cuidar los coches, ligamos unas monedas, mientras se hace el mediodía y la hora de ir a comer unos tallarines. Mañana no pasa nada. Un voto para el Tomba. ¿Adónde sale la foto?; ¿cuál es la dirección del diario?; ¿tenés monedas?


 

Ariel y El Sapo: Ahí están mis amigos, con caras de atorrantes, como si estuvieran tramando algo y con las manos en los bolsillos. “Y vos, ¿sos del Tomba, no?”, me grita el Sapo, sabiendo que soy leproso y que estamos en territorio bodeguero por excelencia. El Sapo es recolector de residuos y defensor central; Ariel es plomero, puntero izquierdo y leproso a punto de traer al mundo un leprosito. Desde la cola, me preguntan lo de siempre: si juego al fútbol, si me hacen el partido homenaje, si estoy bien, si nos comemos un asado...


 

Héctor: Se puso en la esquina de la escuela Jesús de Nazareth, en el barrio Ruiseñor. Héctor no es de andar hablando mucho. Enganchó un pesado carro a su bicicleta, le puso a su choco –un choco sin alcurnia ni carnet– una correa azul, porque Héctor, aunque no lo diga, no quiere estar tan solo en este domingo largo. Cargó el carro con tablas y leña para que otros se coman un asado, caldeen empanadas y brinden. Sólo una frase le sacaremos, definitiva como el olvido: “Dios quiera que se componga esto”. Y calla, calla para siempre.


 

Eliseo: Tomé las precauciones del caso y fui a votar con Eliseo, porque quería que viera de cerca de qué se trata este acto imprescindible. Seguramente, a él le tocará estudiar en e-books los espantos de la última dictadura militar y yo habré de relatarle lo terrible que fue crecer sin democracia y lo importante que es elegir. Además, habré de inculcarle la necesidad de ser valiente: de defender las libertades individuales y sociales y la importancia de ubicarse, siempre, en la vereda de enfrente de los dictadores, aun de los que ahora se postulan a cargos democráticos. Podremos no coincidir en nuestras preferencias políticas, estéticas y futbolísticas, está claro, pero, llegado el caso de vivir la amenaza de los represores y antidemocráticos, estaremos codo a codo, con la frente bien alta y la respiración poderosa.


 

Este que escribe: Esta es mi mano y este es mi voto. Naturalmente, no importa a quién haya votado. Nunca he militado en política, ni me interesa hacerlo. Sin embargo, más allá de todas las connotaciones que la actividad genera, cierto es que hasta nuevo y quizás imposible aviso, será la política, en el amplio sentido del término, la única capacitada para generar los cambios sociales efectivos que necesitamos. Por eso, es necesario elegir, más allá de que los tipos de los carteles estén muy lejos de defender los intereses y las necesidades que nos convocan como pueblo.

No está nada bien Mendoza, viene en picada como un pájaro herido. Ojalá estos escrutinios nos hagan recapacitar a todos y recuperar terreno. Si algo ha quedado en claro luego de estas elecciones, es que la gran mayoría de nosotros no está contenta con el curso de las cosas. Ahora, quienes nos representan, están más obligados que nunca a detener esta caída.