Aconcagua: Crónica de otra cumbre que no fue

"Oculto en nuestra lentitud, vengo guardando un secreto: estoy exhausto. Trato de concentrarme en mis piernas, buscar un ritmo. No se trata de un dolor que se recupera con descanso e hidratación: estoy llegando a un nivel de agotamiento físico que no esperaba, que me sorprende. ¿Por qué me pasa esto? Me pasa porque es el cerro el que pone las condiciones. Me cago en la mismísima mierda".

MDZ y la tremenda sombra del cerro cayendo sobre Chile. Foto: Fermín Avila para MDZ.
MDZ y la tremenda sombra del cerro cayendo sobre Chile. Foto: Fermín Avila para MDZ.

Finalmente, después de más de quince horas de temporal, amanece el día en que jamás llegaremos a la cumbre. Lentamente, el sol se asoma en Cólera (6000 metros), pero durante algunas horas solamente aportará su luz a nuestra oscuridad: el calor de sol, aquí arriba, es un recuerdo.

Este último temporal ha sido particularmente bravo y duradero. Desatado a eso de las 13 del día anterior, se desenvolvió generoso hasta la madrugada. Ahora, amanece con sol despejado y, por suerte, poco viento.

Llevamos un par de días sin dormir, pero aún así este amanecer marca nuestro día de cumbre y vamos a intentarlo. Las fuerzas en el resto de las carpas también han quedado ciertamente menguadas. La expedición Inka no saldrá, Catherine –la norteamericana exhausta de la expedición Grajales– se quedará en su carpa noqueada como un minimosca y el dúo de españoles tampoco será de la partida, salvo para bajar cuanto antes a Mulas. Para varios aquí, el ascenso al Aconcagua terminó en este campamento.

Pese a la incomodidad y el frío, estamos de buen humor. Hemos invertido una hora y media o dos para vestirnos e hidratarnos, por obra y gracia de la profesionalidad de Fermín.

El día está muy frío y, cuando nos echamos a andar, a eso de las 6, movemos constantemente los dedos de los pies y de las manos para sentir que aún son parte activa de nuestros cuerpos. Una vez más, estamos en tránsito por un paisaje casi lunar y posiblemente imposible.

Fermín, por primera vez desde que llegamos al cerro, camina junto a nosotros. El será nuestro guía de los 6.000 en adelante por la sencilla razón de que, si bien conozco el tramo del cerro hasta la cima, no me siento capacitado para asumir –para Diego y para mí– la responsabilidad de decidir qué es lo más apropiado en estas alturas.

Desde que planeamos nuestra aventura, hemos tenido en claro con mi amigo que amamos la vida y nuestros veinte dedos y que no correríamos ninguna clase de riesgos y a estas alturas lo más seguro es tener delante nuestro un guía experimentado que tome por nosotros las decisiones importantes. Y nosotros obedecerlas, claro está. Y Fermín Avila, de Aconcagua Express, es la persona indicada. 

El itinerario es claro: Cólera, Piedras Amarillas, Piedras Negras, Independencia, La Cueva, La Canaleta y la cumbre. Fermín regula un paso claro y nos echamos a andar: él en primer lugar, yo, en segundo y Diego, en tercero.

¿Cómo es posible que sea tan empinado este maldito cerro interminable? Hay cerros del centro del cerro, glaciares y paredes por todos lados; hay canaletas, acarreos, portezuelos, planchones y largas paredes de piedra por todos lados. El cerro tiene kilómetros y kilómetros dentro de sí mismo.

Es el Aconcagua, el Coloso de América, el Centinela de Piedra, y nosotros, que lejos estamos de ser expertos en esto de trepar, hemos elegido la ruta más simple de todas, precisamente, aquella que evita dentro de todo lo posible el encuentro con canaletas, acarreos, portezuelos, planchones y largas paredes de piedra. Aún así, la altura, el enfrentamiento con ella, es inevitable.

Tenemos un problema: Diego, al igual que en enero de este año, no ha terminado de acostumbrar los dedos de sus pies al frío. Nos ha asegurado que ya no siente los dedos de su pie derecho. Por un rato, nos quedamos en silencio.

Entonces, Fermín se toma el trabajo de quitarle botas y medias y hacerle masajes en los pies para activar su circulación. Además, levanta su ropa y mete el pie derecho de mi amigo en su pecho para darle calor.

Los dedos están bien; es solo que el frío es muy grande, aunque a la vez propio de las circunstancias que atravesamos.

El sol está ya un poquito más arriba que nuestro andar y, entonces, nos regala una de las imágenes más bellas que yo haya visto en mis aventuras por este cerro: la sombra del Aconcagua cayendo sobre Chile y más: cayendo sobre el mar. Y casi con exclusividad para nuestros ojos. 

Una empinada subida superada con mucho esfuerzo nos pondrá en Piedras Amarillas. Paramos a hidratarnos un poco y a recuperar nuestras piernas. Al rato, reiniciamos la caminata y, ahora más lentamente, conseguimos llegar a la próxima parada: Piedras Negras.

Desde hace un buen rato, oculto en nuestra lentitud, vengo guardando un secreto simple y claro: estoy muy, muy cansado y me ataca el sueño, porque no estoy oxigenándome bien.

Trato de concentrarme en mis piernas; trato de buscar un ritmo y me doy cuenta de que no se trata de un dolor que se recuperará con algo de descanso e hidratación: estoy llegando a un nivel de agotamiento físico que no esperaba, que me sorprende, pero que me resulta evidente.

¿Por qué me pasa esto, si ayer mismo trepamos con buen ritmo?

Me pasa porque es el cerro el que pone las condiciones.

Diego está más entero y avanza en la superación de sus problemas en los pies. Hacemos un nuevo descanso y les digo lo que estoy pensando. Palabras más, palabras menos, lo siguiente: “Amigos: estoy muerto. No puedo dar más de diez pasos sin perder el ritmo de mi respiración. No quiero retrasarlos ni vivir una experiencia penosa hasta quedarme al pie de la Canaleta o en el Portezuelo y que después tengan que bajarme como a un boludo atontado”.

Diego se niega a seguir, si no lo acompaño.

Intento convencerlo de que viva su Aconcagua, de que busque su límite. Hemos pasado muchos días soportando temporales y trepando como cabras como para que no experimente su propia versión del cerro. Por suerte para mí, nada nos debemos con el Aconcagua y puedo decidir tranquilamente hasta dónde seguir sin perder la elegancia, el mando de mi cuerpo y el sacrificio con placer.

No hay caso. No puedo sacar a Diego de su postura y Fermín sólo se limita a decir que las dos posturas le parecen buenas y que somos nosotros los que tenemos que decidir.

Le digo entonces a Diego que seguiré caminando, pero con la íntima esperanza de que él siga hasta donde pueda, al tiempo que yo, silbando bajo y sin apuro, regreso a la carpa.

Llegamos hasta la base de Independencia (6300 metros) y ya mi agotamiento me pide una nueva pausa. Me siento en una piedra y es claro que me duele todo. Diego está a diez metros de mí, mirándome, en silencio.

Le insisto. Me dice que no está interesado en seguir porque se imaginó una cumbre de los dos y nuestro abrazo. Le digo que muy rara vez las expediciones llegan completas a la cumbre y que falta demasiado trecho como para suponer que yo pueda lograrlo. Más silencio.

Pienso en este maldito cerro que viene prohibiendo a todo el mundo llegar a la cima. Bajo un diciembre con cientos de intentos, apenas ha permitido unas diez cimas. No obstante, después de los cachetazos de la última semana, ahora finalmente “abrió la ventanita” para que podamos subirlo y resulta que yo no doy más.

Me cago en la mismísima mierda.

Diego y Fermín se acercan a mí y nos damos un abrazo. No hace falta decir nada más: yo ya no puedo seguir y Diego tampoco quiere hacerlo y Fermín condesciende con la decisión. ¿Volver a la carpa, recuperarnos e intentarlo al día siguiente? Podría ser, pero no. No es eso lo que vinimos a buscar. El cerro nos dio nuestra chance y, sencillamente, no estuvimos a la altura de las circunstancias de cumbre (especialmente yo).

Sin embargo, aquí, casi a 6300 metros de las perturbadoras olas del mar, ¿quién nos quita lo bailado y quién el calor del abrazo. Una vez más, la obsesión sigue puesta en la cacería y no en la captura.

Ese día, hasta donde supimos, de las expediciones vecinas, Víctor, el español, tendrá su cumbre y también cuatro fortísimos italianos que atacaron la cima desde Nido de Cóndores. El  Aconcagua, para ellos terminará al pie de la cruz de metal que besa el cielo. El resto, como nosotros, a casa con sus kilos.

Tomamos algunas fotos del bellísimo paisaje y comenzamos a bajar y dejamos que brote el silencio del caso. El Aconcagua nos ha dado una nueva lección: como una mujer difícil, no accedió a ninguna de nuestras estrategias de seducción; y cuando finalmente lo hizo, no tuvimos las fuerzas necesarias para poseerla.

Al llegar a Cólera, dormiremos una hora y después levantaremos el campamento y, sin más, bajaremos de un tirón de los 6000 de esa instancia a los 4300 de Mulas.

A la mañana siguiente, luego de despedirnos de los amigos y del cerro mismo, desandaremos los 36 kilómetros finales que unen Plaza de Mulas con la Laguna de Horcones con la inocultable satisfacción, una vez más, de la aventura cumplida y el anhelo del encuentro y del cobijo en el pecho tibio de aquellos que amamos.

El Aconcagua, otra vez, ha sido un instrumento para conocernos a nosotros mismos.