El Aconcagua se ha quedado con lo mejor de nosotros. Mejor dicho: el Aconcagua atesora lo mejor de nosotros: todo aquello que parece que hemos olvidado. En ese lugar, como en una cárcel o en un hospital, la vida se siente amenazada y, por tanto, la respuesta de la vida es inigualablemente apresurada en su hermosura.
Vamos a contar una historia increíble del cerro, tan increíble como habitual en cada temporada en las faldas del coloso. Avisemos algo ya mismo: el Aconcagua es un espacio de encuentro con uno mismo, pero también uno de encuentro con otro, que en muchísimos casos, por lo común, es un perfecto desconocido, cientos o miles de ellos que vienen de todos los continentes y con quienes irrevocablemente compartirás algunos de los momentos más intensos de tu vida y al día siguiente ya jamás volverás a ver.
- He cambiado la manera de ver cada momento y de respetar los momentos al máximo.
El que habla es uno de nuestros héroes, Natalio Funes. Podríamos decir que es demasiado joven, 20 años, como para llegar al fondo de las cosas, pero nadie nos asegura que vivir muchos nos lleve a algún sitio o conclusión. Vamos a su historia de hace unos días, en el Aconcagua.
Natalio es porteador del cerro. Como muchos jóvenes, durante la temporada que va de diciembre a principios de marzo, se dedica a subir kilos de carga de expedicionarios que no quieren subir muy cargado y dejan tal circunstancia en manos de los porters, a cambio de unos 200 dólares promedio. Cumpliendo tales roles en los campamentos de altura, Natalio y algunos de sus amigos, se vieron de pronto como protagonistas de un rescate de dos personas al borde de la muerte. Contada la experiencia a su familia, ellos decidieron compartirla con nosotros.
“Cuando nos enteramos, al rescate salimos cuatro de Mulas: Felipe, Edu, Iván, y yo, como a las 20.30 a buscar a Eliana (la guía) y a Neo (su cliente) que no tenía las dos piernas por que las había perdido en Afganistán”, inicia el muchacho.
Sucede así: de pronto, vía handys, todos se van enterrando cuando hay gente en problemas en el cerro. Y sucede algo maravilloso: la gente del cerro activándose, actuando como un cuerpo, en pos de salvar la vida de quién sabe quién.
“La noticia que nos llegó era que venían demorados de la Cueva, a unos 6600 metros y los fuimos a asistir pensando que llegarían cansados a Cólera. Caminamos toda la noche con mal tiempo hasta que por Cambio de Pendiente, a 5000 metros, vimos a eso de las 23, vimos luces a lo lejos, recién llegando a Independencia, a unos 6300 metros”, cuenta Natalio.
Aclaremos la situación: estando en Plaza de Mulas (4300 m), al anochecer y con mal tiempo, los cuatro muchachos se enteran de que a 6600 metros (cuatro días de camino para mortales como nosotros estando muy entrenados, un día de camino para ellos), hay una chica guía y un cliente sin piernas, en problemas serios. Sin esperar el amanecer, se ponen a caminar por el puro afán de, si es necesario, salvar un par de vidas. A dos horas y media de iniciar camino, a un ritmo fuertísimo, a pesar de la noche y el mal tiempo, ven allá arriba, bien lejos, un par de luces de linternas frontales. Tal evidencia les deja en claro que, efectivamente, la pareja está en problemas y muy, muy serios, por cierto, porque es muy tarde y, además, el cliente de la guía no tiene piernas. Sigue Natalio.
“Nos imaginamos que llegarían al campamento Cólera (6100) muy tarde. Por eso, seguimos rápido hasta Nido de Cóndores donde Edu se quedó en la carpa de los policías y Feli, Iván y yo seguimos hasta Cólera. Como a las 4 de la mañana llegamos al Refugio Elena, en Cólera. Allí encontré la carpa de Eliana y, para su mala suerte, vi que estaban sus bolsas de dormir”, apunta.
Hablemos ahora más en criollo para entender lo que nos cuenta: los muchachos caminaron ocho horas, en medio de un temporal, a una increíble velocidad y llegaron a Cólera, donde estaba la carpa de los infortunados. Como habían partido a intentar cumbre, no se habían llevado más que lo puesto y ya habían transcurrido a la intemperie prácticamente toda la noche. Los chicos seguramente llegaron exhaustos a Cólera. Aun así, debieron tomar una decisión trascendental, pues dos seres humanos estaban en esos momentos tal vez agonizando unas horas más cerro arriba.
“Ya en Cólera, reunidos los tres, encontramos un tubo de oxigeno que lamentablemente no tenía la manquera, después de media hora con un catéter improvisamos un repuesto y salimos con oxígeno, bolsas de dormir, botiquín y té caliente. Feli decidió quedarse de apoyo en Cólera, debido a que llevaba sólo dos días en Mulas antes de subir. El esperaría allí unas horas para tener fuerzas por lo que hubiera que hacer”, nos cuenta.
Y sigue Natalio: Iván y yo después de arreglar el tubo y recuperar fuerzas salimos para Independencia con mucho viento y frío, pero con la idea de no arriesgar nada. Después de una hora y media de caminar le dije a Iván la posibilidad de volvernos, pero me respondió que si estaban vivos nosotros éramos su única posibilidad. Eso me quedó muy claro en ese momento y me ayudo a olvidarme del frío y el cansancio acumulado en la noche”.
“A las 7 y media de la mañana, ya con luz, vimos a Eliana que bajaba en muy mal estado. El viento la tiro varias veces. Cuando nos acercamos, nos dimos cuenda de que estaba ciega y detrás como a 20 metros venia Neo, arrastrándose por el piso, con sus manos. La imagen no era la mejor pero estaban vivos”, cuenta nuestro héroe.
Entonces, los muchachos los asistieron. Metieron a Neo dentro de las dos bolsas de dormir. Iván empezó a bajar a Eliana con los ojos vendados y Natalio se quedó con Neo, dándole oxígeno, tratando de que recuperar calor, de que no se muriese, al fin y al cabo.
- Neo, de a ratos, perdía la conciencia. Yo pensaba que se moría.
Esos momentos eran los de la vida o la muerte de Neo, el norteamericano que perdió las piernas en Afganistán y que estaba a punto de perder la vida en el Aconcagua. Junto a él, Natalio Funes, un chico de San Carlos que ama la montaña, exhausto y viviendo una experiencia de la valentía en primera persona del singular.
“A través de la radio el médico de Plaza Argentina (un campamento a 4300 metros de altura) me daba indicaciones de cómo ayudarlo. Le puse una dexa y lo abrigué lo más que pude, pero aun así, de a ratos, parecía como morirse. El oxígeno más fuerte lo ayudo mucho. Pasó como una hora hasta que me di cuenta de que yo mismo tenía los pies muy fríos y empecé a tiritar como él y a pasarla muy mal. Entonces, llego un guía y se quedó. Junto a él, logramos hacerlo tomar agua caliente y estabilizarlo. Yo empecé a bajar y con Iván bajamos a Eliana hasta el campamento Cólera”, relata Natalio.
Ya con el rescate encaminado y más arriba y protectora la luz del día, el resto de la gente del Aconcagua comenzó a mostrar que los chicos no estaban solos. Guías de distintas empresas, porteadores y la Patrulla de Rescate también pusieron lo suyo.
Dice Natalio: “En ese momento me di cuenta de cómo se movilizó el cerro. Esa noche, los chicos de Aymara e Inka hicieron pillamadas con las radios en estado de alerta y a esa altura de la mañana, ya había un relevo llegando a Nido de Cóndores. Luis, Juli, Tincho, Turco y mucho más, salieron disparados a Independencia, junto con Feli y dos policías de la Patrulla de Rescate: Coco y Oscar. Con Iván, bajamos a Eliana a Nido y después a Mulas. Los chicos bajaron a Nido a Neo, donde aterrizó el helicóptero e hizo el resto”.
Así pues, fue como estos chicos salvaron dos vidas. Esta historia increíble y extraordinaria, suele ser frecuente en un espacio de conocimiento y lucha como es el Aconcagua. La vida, otra vez, se sintió amenazada. Y la respuesta de la vida, en manos de estos jóvenes, otra vez, fue épica, heroica, maravillosa, inolvidable. Gracias por eso.
Ulises Naranjo.