Aconcagua: La valentía bajo el temporal desatado

Subimos a Plaza Cólera, el campamento a 6000 metros de altura, bajo un nuevo temporal. Será el momento en que los guías de las distintas expediciones nos demuestren de qué están hechos. Una norteamericana al borde del espanto, el viento desenreda su furia y las carpas se sacuden nieve por afuera y escarcha por adentro. Es otro día en el Centinela de Piedra.

Una estadounidense, asistida luego de desplomarse en Berlín, a 5800 metros. Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
Una estadounidense, asistida luego de desplomarse en Berlín, a 5800 metros. Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

Quiero escribir, pero la lapicera está congelada. Durante doce horas y durante dos días, he tenido a treinta centímetros de mi hocico temperaturas de 40 grados bajo cero. La finísima tela de la carpa es milagrosa. No entiendo cómo ha sido capaz de soportar, durante tres días, ráfagas de viento que bramaban como un animal enamorado.

¿Quiénes fabrican estos equipos? ¿Cómo es posible que nos mantengan con vida en este breve espacio del mundo donde la vida se ha corrido a un costado? La bolsa de dormir, el calentador, la campera de duvet, las botas dobles, los mitones…, cada una de estas prendas me salva la vida de algún modo. Y más: me posibilitan disfrutar la montaña, desplegar mi aventura.

Tomamos una sopa caliente cerca del cielo y trato de sonreír y me saco una foto con la mejor cara que tengo, que es pésima y está hinchada, pero es mía.

¿Cómo estarán los que amamos? ¿Cómo estará el tiempo mañana al amanecer? ¿Se terminará el viento en algún momento? ¿Hasta cuándo el sobretecho de la carpa se parecerá a una ola de hielo que cabalga y se reinventa interminable a sí misma? ¿Por qué no vinimos en enero, que hace un poquito menos de frío? ¿Y por qué vinimos? 

Finalmente, calor de mis manos mediante, la lapicera ahora funciona. Voy a escribir mientras mi MP3 me devuelve, otra vez, las canciones de “Artaud”, que me llevan a un espacio distinto, más allá de las piedras, de la nieve y de la escarchilla que se nos cae en la cara desde el techo de la carpa.



Hacia los 6000 de Plaza Cólera



Finalmente, luego de la estadía en Nido de Cóndores, llega el día de subir hasta el último campamento de la expedición, Plaza Cólera, a 6000 metros de altura. No estamos solos esta vez, varias expediciones partirán ese día y de una u otra manera iremos tomando contacto en el camino. Fermín Avila (foto), nuestro guía, de la empresa Aconcagua Express, partió más temprano para buscar un lugar apropiado para nuestro campamento en Cólera, atento al hecho de que preferimos con Diego hacer ese tramo en soledad.

El pronóstico del tiempo sigue malo, sobre todo por los vientos que acarrean temporales y mucho frío. En lo que va del mes, no se superan las diez cumbres conseguidas entre cientos de intentos. El cerro de a poco va limando las fortalezas y no concede días apropiados de asalto a la cima.

Los andinistas, en tales circunstancias, hacen primar el sentido común y no salen de sus carpas. O si salen retornan a ellas cuando el temporal comienza a cernerse en las faldas del Aconcagua. Entonces, lo mejor es encerrarse, abrigarse, hidratarse y pasar el chubasco de la manera menos dañina. Y claro, rezar para que, como dicen acá, “se abra una ventanita”, que permita intentar colarse hasta la ansiada cruz de metal.

Es, en verdad, injusta y azarosa la situación. Resulta que uno se pasa seis meses entrenando muy duro para subir este cerro y, llegado el momento, quedás sujeto al capricho de las condiciones meteorológicas. El éxito o la vida dependen del encuentro con las circunstancias adecuadas.

Con escasos minutos de diferencia los grupos van partiendo y nosotros quedamos para el último. El ascenso es duro, pero no extendido en el tiempo. De tres a cuatro horas puede demorarse en subir de los 5300 de Nido a los 6000 de Cólera. Allá vamos, cargados con nuestras mochilas y con el sol que ya rebota dulcemente en nuestras antiparras.

Por un lado, hay dos españoles de Madrid, Quique y el Rafa, en plan semejante al nuestro. Hay también un grupo de la empresa Grajales, con el guía Quique Clausen, con dos clientes: Víctor, de España, y Catherine, de Estados Unidos. Más allá, va la expedición de Inka, con unos ocho clientes de distintos sitios del mundo. Se alcanza a ver otro team de cuatro personas, de la empresa Aymará. Y otros dos chicos de San Martín de los Andes, con quienes compartimos unos mates en Nido. Creo que eso es todo.

 

La hora de los valientes

 

Subir a Cólera es remontar una escalera persistente, De a poco, Diego y yo iremos escalando posiciones e intercambiando comentarios con los otros deportistas. Llegando a Berlín (5800) se presentará el primer inconveniente severo.

Catherine está al borde de su esfuerzo. Con Diego decidimos no pasarlos hasta llegar a ese lugar, porque tenemos miedo que la chica se caiga y, si lo hace, tal vez podamos detenerla arrojándonos sobre ella.

Al llegar a Berlín, la muchacha da un par de pasos y se desploma como una bolsa de papas y es asistida por Quique (foto), quien nos dice que todo está controlado, más allá del principio de edema que le inflama la cara a Catherine, por debajo de los ojos.

Seguimos camino con Diego y llegamos hasta el escalón de piedra previo a Cólera. Se trata de quince peligrosos metros que hay que subir por momentos en cuatro patas, casi escalando, y, si es con viento como ahora, pues es peor.

Son cerca de las 13 y el temporal comienza a manifestarse otra vez, con furia. Nos apuramos por llegar al campamento y todas las expediciones, a su modo y con sus dificultades, lo hacen también. Un esfuerzo final y, exhaustos, llegamos a Cólera, con temporal ya desatado.

Por suerte para nosotros, Fermín nos aguarda, ¡con la carpa hecha y una sopa caliente! Nos metemos a la carpa a recuperar temperatura, pero con la preocupación respecto de la suerte del resto de los compañeros de tránsito.

Fermín abandona la carpa, en medio del temporal y nos toma unas fotos. Las condiciones son espantosas.

Nuestro guía regresará una hora y media después. ¿Qué fue a hacer? Fue a ver que todo estuviera en orden: que argentinos, españoles, norteamericanos, chilenos, ingleses y alemanes hubieran armado sus campamentos y a aquellos que no lo habían hecho, les ayudó.

Fermín Avila es muy joven, pero también es Guía de Alta Montaña, formado en Mendoza y ha salvado varias vidas ya, como la del italiano llamado Mirko que integraba la expedición en que murió Federico Campanini. Luego de dos días extenuantes, Fermín bajó al italiano que ahora cuenta el cuento en su península europea.

Fermín no habrá de meterse en su bolsa de dormir –al igual que Quique– hasta comprobar que, en medio de este temporal, la vida de ninguno de nosotros corre peligro.

Y así será, porque así son los valientes que se ganan el sustento temporada a temporada, en las distintas rutas del Coloso de América.

Así será siempre que Fermín Avila, Quique Clausen (foto), el maestro de guías Lito Sánchez, Ulises Corvalán, Gerardo Castillo y tantos otros guías llevan gente cerro arriba y luego la devuelven sana y salva.



Demasiado espectáculo



Miro a mi alrededor en la carpa: todo lo que me rodea está congelado: la botella de jugo con que me hidrato, la carcaza de mis botas, la botellita que me sirve de mingitorio, las garrafitas de gas, las ollas sucias, un budín de oferta y mi lintera. Todo está congelado, menos el corazón de mis hermanos en armas.

Junto a mí, duermen o hacen que como que duermen Diego y Fermín. Una poderosa afinidad nos vincula en estos trances y nos brinda alimento y fortaleza.

Venir con alguien al Aconcagua convierte a ese alguien en tu hermano; en alguien por quien darías tu mejor esfuerzo para conservarle los dedos o el latido. Y viceversa.

Sin embargo, no hay por qué llegar a tales extremos. Aquí, en el Aconcagua, cuando alguien muere no se habla de un error cometido, sino de una cadena de errores cometidos.

Siento necesidad de repetirlo: los guías de alta montaña de Mendoza, como Fermín, son excelentes, los mejores del mundo. Y poco, muy poco margen hay para las tragedias cuando se toman los recaudos del caso.

La noche es muy larga. Será la segunda noche que pasaré sin pegar un ojo. Mañana, se supone, tendremos nuestro día de cumbre. Si pudiera dormir un poco o si el viento se calmara. Otra vez me dan ganas de hacer pis y el viento sigue exagerando para prácticamente nadie en el mundo. Demasiado espectáculo para diez carpas temblorosas, a las tres de la mañana y a 6000 metros sobre el nivel del mar.