Ya repuestos en Plaza de Mulas, un tanto más aclimatados y luego de una bienvenida a catorce grados bajo cero, ponemos en marcha el plan de ascenso. La intención es evitar el campamento Canadá (4900 metros de altura) y pasar directamente a Nido de Cóndores.
Se nos han ofrecido distintos porteadores para llevar parte de nuestra carga, veinte o cuarenta kilos, hasta Nido e incluso hasta Cólera (a 6000 metros), pero lo cierto es que con Diego hemos decidido ser nosotros mismos quienes hagamos esa tarea: llegaremos hasta donde podamos, con nuestras botas puestas y con nuestras mochilas en las espaldas.
Al mismo tiempo, nos ahorraremos unos buenos pesos, pues cada porteo vale de 140 a 180 dólares. Y he aquí una diferencia delatada respecto de otras expediciones: intentaremos la cumbre, pero no venimos hasta aquí por una cumbre a cualquier precio.
Hacer los porteos da ocasión, además, de conocer gente de montaña en plena montaña. Si a esto agregamos que uno ya va con la intención de inmiscuirse en sus historias, pues el plato está servido. Vamos a algunas de ellas.
Los porteños
Jorge y Federico.
Están en Plaza de Mulas y se llaman Jorge y Federico. Pertenecen a esa difundida raza de personas de Buenos Aires que, de día, trajinan el asfalto como beduinos el desierto y, de noche, duermen en sus edificios y sueñan con montañas. Sueñan los porteños con montañas azules, verdes, rojas y amarillas. Sueñan y cuando despiertan, dicen a sus amigos en el café que están pensando en irse a vivir a Mendoza. Nunca lo hacen es cierto, porque sus vidas, como si se tratara del retorno al paraíso de la infancia, se vuelven en un punto el sueño de otra vida. Jorge es empleado estatal y se plantea seriamente hacerlo. Federico es piloto de avión y está acostumbrado a que todo esté bajo su control.
Un buen día, los porteños suben hasta su primer campamento de altura, Canadá, al tiempo que un chico tailandés deja su latido en la cumbre. Entre el esfuerzo imposible y la muerte posible, Federico dice basta esto no es para mí, no sé qué hago en este lugar y Jorge dice esto sí que es para mí, pero en otra ocasión, quién dice, cuando me venga a vivir a Mendoza. Y se marchan montaña abajo los porteños. Se terminó el Aconcagua. Tal vez visiten alguna bodega y la avenida Las Heras, quién sabe.
Los sanrafaelinos
Gonzalo.
A mitad de camino hacia Nido, nos detenemos a beber jugo en un lugar mágico llamado Piedras Conway. De la nada, aparece un chico llamado Gonzalo. Es sanrafaelino y está subiendo sin carga, demasiado rápido. El desvelo de Gonzalo, lamentablemente, es muy común en los campamentos de altura: integra una expedición con un amigo y un no tan amigo y resulta que el grupo asaltó cumbre y se desmembró. Y el no tan amigo quedó arriba, no alcanzó a bajar a Mulas, porque sus dedos están medio congelados. El no tan amigo, Emanuel se llama, pasó la noche en el refugio Berlín y no ha de haber sido una buena noche y ahora su no tan amigo sube a buscarlo. Aparece Néstor, el tan amigo de los dos, de Gonzalo y de Emanuel. Suben a buscar al tercero, con cierto temor respecto de su suerte y una inexperiencia evidente respecto de los precios que suele cobrar el cerro.
Un par de horas después, nos encontraremos nuevamente: han hallado al chico y lo están bajando a Plaza de Mulas (foto), donde, luego de un chequeo médico, será bajado en mula hasta la civilización. Si es que la pagan, claro, y la paga es de 900 pesos.
Quién sabe cómo resolvieron el dilema monetario. De cualquier manera, el Aconcagua sin cumbre se resolvió para ellos y habrán de volver a casa lo antes posible.
La rosarina y el guía
Silvina y Gustavo.
Se conocieron en Facebook. Ella es sicóloga, mejor dicho, psicoanalista; mejor dicho, lacaniana. El es guía de montaña recibido en la escuela del Sur, la de Bariloche, es también un tipo callado y tímido. Chat va, chat viene, resultó que Silvina, mirá vos, siempre quiso conocer la montaña y Gustavo , claro, vive de ella.
Armaron la subida a Plaza de Mulas. Ella sufrió mucho para llegar hasta el campamento base y él hizo gala de sus conocimientos. Supieron de la sopa caliente, de la íntima incomodidad de la carpa y de los atardeceres con agujas de sol en el pie del Centinela.
Luego de un par de días, la rosarina, somatizó (a los sicólogos les encanta esta palabra) el escenario diverso y terminó con un principio de edema superficial en su rostro. Su príncipe azulado decidió que bajaran. Quién sabe qué ocurrió con ellos. A priori, los buenos deseos que suelen brotar en Navidad nos inclinan a imaginar que una historia de incipiente amor para contar a hijos y nietos dentro de algunas décadas, pero el Aconcagua es una cosa y los finales felices, otra.
Analie, la suiza o la sueca
Analie.
Estamos camino a Nido bajo un temporal insoportable. Es, lejos, el peor día de la expedición. Con Diego, nos hemos echado encima toda la ropa posible, pero el viento es demasiado entrometido. Esconderse tras una roca sólo sirve unos segundos. El cielo está cerrado y la nieve que cae aporta oscuridad y dramatismo a la pregunta de siempre: ¿qué hacemos en este maldito lugar?
Diego ha quedado atrás. Está abriendo un depósito con ropa especial que, durante un ascenso de hace un par de días, dejamos a 5100 metros con equipo disponible para los tiempos difíciles. Y estos tiempos lo son.
Miró hacia el cielo cerrado y, allá arriba, veo que vienen bajando tres policías de la Patrulla de Rescate. Por un momento, pensé que desde Mulas habían sido informados sobre dos pelotudos –Diego Carbonell y Ulises Naranjo– atrapados en medio de un temporal, camino a Nido de Cóndores y que venían a rescatarnos.
Los tipos nos miran: se dan cuenta de que no la estamos pasando bien, pero también de que estamos viviendo nuestro Aconcagua. Nos miramos, nos saludamos y eso es todo: siguen su camino; eso es lo que ellos y nosotros queremos que ocurra. Más abajo, nos enteraremos, los aguarda un congelado.
En tales circunstancias, aparece ella. Es alta y rubia como un habano; alta y rubia y bella como una top model o una lapicera cara o la novia de un santo alemán y fachero. Me detengo a verla y me sonríe y su sonrisa es el jugo que uno adivina en las naranjas.
- Hi, I’m Analie, le dice ese ángel a mis miserias.
Hablamos en inglés y mi inglés, viendo a Analie, es tan horrible como yo mismo lo soy. Quiero decirle que la amo y que quiero quedarme en su carpa para siempre, pero no aparecen las palabras adecuadas. Ella sigue sonriendo y yo, a pesar de la feroz neutralidad del temporal, siento mi olor a chicano oculto en la caja de un camión.
La chica, luego de tres excesivos días de aclimatación en Canadá, marchaba a Nido y no llegó. Entonces, decidió armar su carpa en Cambio de Pendiente, a 5100 metros. Me dice que es suiza o sueca, no importa. Tiene una soga y con cada campamento que gana, hace un nudo. A Analie, el Angel Solitario, le faltan algunos dedos de la mano, producto de un congelamiento severo en otros cerros del mundo, pero esto no viene al caso.
No volveremos a vernos, porque el Aconcagua no tolera las historias en las que no es protagonista.
El Zorro de Conway
El zorro de Conway come alfajor de chocolate.
Volvemos con Diego a Mulas por tiempos mejores. Lo que dos horas antes puede ser desolación, amenaza y muerte, ahora es sol y quietud. Estamos ya cerca de Mulas, en Piedras Conway otra vez, dispuestos a comer un sanguchito y un alfajor y a tomar jugo, mirando hacia abajo, hacia los glaciares y no pensar en nada.
El Aconcagua tiene una virtud insobornable: durante los diez o más días que dura una expedición, la cabeza se limpia de otros pensamientos y uno se encuentra todo el tiempo –todo– atravesado por un pensamiento ciertamente absurdo: subir un cerro, un accidente de la naturaleza, un forúnculo insólito, un montón de piedra y nieve que se levanta hasta tocar el cielo.
En tal trance, se produce otra maravilla: aparece el Zorro de Conway. Aparece y se queda, primero tímido y luego, amigo, domesticado como en el Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. El tipo, a cambio de las fotos, se come nuestro almuerzo y nuestro postre. No nos importa: con tal de tenerlo cerca, nosotros, como Lou Reed, navegamos por el lado salvaje, alimentando la mirada con un animal que, por sobre todas las cosas, está vivo y está cerca. Aquí, tal evidencia asume la categoría de milagro.
Volvemos a Mulas.
Las banderas están a media asta por la muerte de un andinista.
Vamos hasta nuestra casa, el campamento Lanko por un plato de sopa caliente salido de las manos mágicas de Vanesa. Será suficiente.
Y, claro, seguir los procedimientos de ocasión que impone el cerro.
Meterse a la bolsa de dormir, escuchar música, tomar jugo y té, hidratarse permanentemente, buscar la respiración armónica, no dejarse llevar por la ansiedad y mirar hacia arriba, hacia la cumbre, donde el mismo sol, que ya se hunde en el Pacífico también acaricia las piedras imposibles de la Canaleta y los pómulos rígidos de un muchacho tailandés que ya no podrá contar su historia.
En medio de tanta soledad, el cansancio pide más soledad. Y se la damos.