La Isla de la fantasía laboral

Un río que se abre en dos brazos deja paso a una porción de terreno donde se erige uno de los asentamientos más grandes de Mendoza. Sobre estas tierras fértiles, también florecieron sueños: una unión vecinal, una calle de asfalto, un pozo de agua, una red de gas, un centro de salud. No es el paraíso; es La Isla del Río Diamante de San Rafael. ¿Qué les falta? Trabajo de verdad.

La Isla del Río Diamante, un lugar en el mundo. Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
La Isla del Río Diamante, un lugar en el mundo. Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

Sucedió así: en un determinado momento, el Río Diamante, cordillera abajo, se abrió en dos y dejó una isla en medio de no más de 400 metros de ancho y de unos tres kilómetros de largo.

Allí, hace unos setenta años, se levantó uno de los asentamientos más grandes de Mendoza.

Hoy, Isla Río Diamante es una mezcla extraña. Se trata, sin dudas, de una de las zonas más pobres de San Rafael, pero son tan fértiles las tierras que tanto árbol florecido, tanto pasto que brota generoso han otorgado un encanto singular al caserío.

Al mismo tiempo, tantos años de luchas vecinales han provocado que, en definitiva, el asunto de vivir ya no sea tan tan tan complicado como en otros años.

Por caso, el PROMEBA, Programa Mejoramiento de Barrios de la Nación, trajo al lugar venturas como el mejoramiento de la distribución y cloración del agua, luminarias y parte de costo de la instalación de gas natural.

Ya  mismo digamos que si en esta provincia se planificara como corresponde, allí, en tierras de las más fértiles que se conozcan en Mendoza, no debería haber un asentamiento.

Sin embargo, este hecho no hace otra cosa que confirmar una lógica muy mendocina: allí, donde hay fertilidad, levantaremos los cultivos y construiremos barrios; casi todos ellos, privados.

Por eso, amigos, a no asombrarse por esto ni por lo otro.

En la Unión Vecinal, está Hernán Osorio, un chico que apenas pasa los veinte. Su mirada, desde el pecho mismo de este gran caserío inestable, se posa sobre una carpeta: está estudiando.

Y como uno siempre elige y se edifica a partir de aquello de lo que carece, él eligió estudiar Hotelería.

Hernán y sus ojos verdes nacieron en La Isla. Y su madre, hace más de 60 años, nació en La Isla. Tal vez, si la ventura y sus esfuerzos se lo permiten, sus hijos ya no vivan el La Isla; tal vez vivan en Libertador o en Hipólito Irigoyen o quién sabe, en una de esas en algún barrio privado SAT o el Garbín o en la Villa 25 de Mayo o en un chalecito en el Valle Grande.

De todas maneras, a Hernán le gusta La Isla y conoce cada callejón y cada necesidad y cada logro: “Ahora el asentamiento está más regulado. Están prohibidos nuevos ingresos y hay una organización vecinal. Este es un lugar de gente honrada, aunque muchos sanrafaelinos jamás han entrado porque le tienen miedo”, nos comenta.

“Lo que más nos falta es conseguir trabajos estables para mucha gente. Aquí abundan los planes sociales y los changarines. Nos están faltando mejores fuentes laborales, pero lo mismo pasa en todos lados, ¿no?”, comenta él.

La crisis del agua, por supuesto, impacta fuerte en La Isla. En el sur mendocino, se dice que no cayó toda la nieve que les puede resultar adecuada. Si bien también se ha aclarado que no habrá problemas para irrigar la zona cultivada, tampoco andarán tirando manteca al techo.

De hecho de los dos brazos en que se abre el Diamante para parir  La Isla, el Sur está seco y el Norte trae tan poco agua que podría ser canalizada en una simple acequia barrial.

“Tendrías que venir cuando festejamos el Día de la Madre. Es uno de los más importantes del año. También hacemos la Cabalgata de los Reyes Magos, regalando caramelos. Lo que no hacemos más es disfrazarnos de payasos, porque los niños te hacen de todo, te quieren matar. No sé qué les pasa con los payasos”, dice el chico y se sonríe.

Tanto ha pasado el tiempo que La Isla ya tiene un poco de todo lo que necesita: centro de salud, escuela primaria y secundaria, iglesias de todos los colores, pozo de agua y cisternas para potabilizarla, policía y hasta una gruta de la Virgen.



“Si tuviera que pedir algo pediría trabajo. Eso es lo que más necesitamos”, suelta el chico de la Unión Vecinal, casi al pasar, como si no hubiese dado una tremenda síntesis nacional de todo lo que supimos conseguir y de todo lo que no supimos conservar.