"El último tren" de Luis Orlando Rule*
Soñaba que estaba soñando. La patota de los sueños había recibido refuerzos.
Yo esperaba en la terminal, muy iluminada pero silenciosa, ruidos sordos y lejanos, agudos unos, graves otros, de máquinas que partían, las más que pasaban quizás buscando remotos horizontes. Mi pasaje decía: 2/10/70 – hora 23:00.
En la sala de espera, de la que sólo veía el techo blanco, oía pasos muy suaves de otros pasajeros. De soslayo advertí que uno de ellos pedía agua con una voz muy débil, casi inentendible, más vale sospechaba que pedía agua y sospechaba que, cansado de esperar su tren, su metro, su avión, su helicóptero, se había acostado como yo, pasajero del tercer milenio. No sabía por qué la señorita toda vestida de rosado –hasta los pelos y los ojos eran rosados- no me llevaba hasta el andén como se usaba con los turistas de primera clase. Me angustiaba porque no partía, pero no sabía cómo expresarle el deseo.
El estrépito seguía lejano, y me imaginaba que los transportes pasaban lejos de la sala de espera. Me serenaba porque tenía asegurado mi boleto con número y fecha, y la azafata rosada me circundaba sin cesar y además sabía que estaba soñando.
Así y todo quería concluir, para el comienzo de mi viaje. Ansiaba otear el horizonte para divisar mi nave, que luego la patota de los sueños me la cambio por un carro con asientos de tablas.
De pronto como un velo que se descorre, ubico a Ray Bradbury y me recuerda que antes de partir al espacio debo tomar dos pastillas para modificar el metabolismo, si es que pretendo emigrar a alguno de los planetas conocidos.
Hago un esfuerzo para hacerle una pregunta a la camarera, pero ahora la veo de azul, toda de azul, hasta la cofia y el cabello que se le escapa por las sienes.
El zumbido de los vehículos cada vez se escuchaba más distante, como si se hubiesen alejado de la pista y desacelerando los motores esperando el alba.
La sala era una gran visión parabólica y yo, un habitante en soledad.
Los demás viajeros habían partido.
Me toqué las maltratadas nalgas, y palpé los últimos pinchazos. No había duda, la patota había jugado con ventaja, con estímulos, haciéndome soñar que soñaba, así que se retiraba triunfante, pero para morir, porque yo despertaba.
Ahora, la enfermera de blanco acomodaba la cabeza para enfrentarse con mi cara, y me decía:-Muy bien, ha dormido toda la noche, y lo felicito porque se repuso rápido y debo llevarlo a la sala común.
El rodar de la camilla y el pasar frente a ventanas abiertas, terminaron con mi somnolencia, observé el verde de octubre, el perfume de las flores de los paraísos, y escuché claramente, ahora sí, el tránsito urbano por la avenida.
-Pero… -atiné a preguntarle a la paramédica, todavía un poco confundido-, ¿Y los otros que estaban al lado? –Usted ya está bien, los otros tomaron el último tren- me respondió con un obligado silencio.
*Luis Orlando Rule nació en Saladillo (provincia de Buenos Aires) y reside en Godoy Cruz (Mendoza). Ha editado anteriormente el libro de cuentos “Como el ave solitaria”, además de “Los galles cantautores”, volumen conjunto de 17 autores participantes de los talleres de la SADE Mendoza. Recibió el 1º premio y 2º mención en certámenes del Club Mendoza de Regatas; 1º premio en el cncurso nacional de relato y poesía de Castelar (Bs. As.); 2º premio en Luján de Cuyo y una mención especial del Consejo Federal de Inversiones (Capital Federal).
TEXTOS ESTEÑOS
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