Aconcagua 09 / Nota 9: El día de la verdad (nota final)

Llegó el día de cumbre para la expedición MDZ. Será una interminable jornada, de enorme esfuerzo y presencia de temporal de viento blanco en altura a tres horas de la cumbre. ¿Qué ocurrirá con el equipo? Entrá a esta nota y enterate, el última envío de la zaga de MDZ en el Aconcagua 2009.

La nieve, las piedras y una temporada durísima. Foto: Diego Carbonell.
La nieve, las piedras y una temporada durísima. Foto: Diego Carbonell.


El día antes de ir al Aconcagua, fui por última vez a correr al campo donde vivo. Lo hice como una forma de agradecimiento y de felicidad. Corrí sin parar durante una hora y media, mirando las jarillas, los cerros del piedemonte, los bosques de chañares, la huella del camino con sus piedras, los coirones despeinados por el viento y la ruta de los pájaros. Difícilmente en una nota periodística podría expresar la sensación de plenitud que me embargó: había completado un proceso de meses que no sólo me había quitado muchos kilos, sino agregado años, confianza en las posibilidades de mi cuerpo y oxígeno a mis pensamientos.




Hace un par de años, había dejado de fumar y no hubo forma de que volviera a ponerme en forma. Excusas, hubo siempre: el laburo, el cansancio, el fútbol televisado, el asado y los vinos de ayer, el calor, el frío, la falta de ganas… De pronto, en invierno, un día me di cuenta de que quería volver a subir el Aconcagua. Aquellas viejas fotos de mis visitas al cerro, que prácticamente nunca muestro a nadie, parecieron de pronto cobrar vida.

Varios amigos se anotaron en la patriada: llegué a hacer una lista de diez. Con los meses, uno a uno fueron cayendo, mientras yo caminaba –aún no podía sostenerme corriendo– y sudaba gotas gordas. Durante todo el mes de setiembre, debí detener todo ejercicio por un desgarro del gemelo derecho, pero la decisión ya había sido tomada. Retomé en octubre y, de mis diez amigos, sólo Diego Carbonell levantó la mano y empezamos a subir cerros.




Esa fue una parte muy nutritiva de la historia: volver a dialogar con la montaña, pues, en el fondo, el asunto aquí no es conocer o desconocer la cumbre del Aconcagua. Para las mujeres y los hombres sabios, la importancia de la misión está en el proceso, jamás en el resultado. Yo, sin ser sabio, lo sé: llegar a la cumbre me tomó tres largos años de intentos. Fueron años dedicados a prepararme para lograrlo; tres años en los que conocí gente maravillosa (la de la montaña lo es especialmente) y lugares increíblemente bellos de mi provincia.

Aquella gran experiencia pasada, fue vivida otra vez de manera condensada, durante los últimos tres meses del año pasado, con Diego, durante los cuales subimos los cerros Comisión varias veces, Colorado, Lomas Blancas, Andresito, Arenales, Stepanek, Penitentes (dos veces), Cruz de Caña y la travesía hasta el Cristo Redentor.




Estamos en problemas


Ahora, resulta que estamos con Diego en el Aconcagua, hemos cumplido con todas y cada una de las etapas: Confluencia, Plaza de Mulas, Canadá, Nido de Cóndores y ahora, resistimos adentro de una carpa en el refugio Berlín, a 5800 metros de altura. Son las dos de la mañana y no hemos pegado un ojo: dentro de unas horas, nos echaremos a andar.



El último día, el de cumbre, es lo que hemos anhelado desde que llegamos a este lugar. El constante temporal, nos han dicho, podría dar una tregua y tal vez tengamos nuestra oportunidad de probar suerte. La intención de nuestro guía, el sargento Mencho Báez, es comenzar a caminar desde temprano, para llegar temprano a la cumbre. De este modo, si nos agarra el temporal que todas las tardes visita las partes más altas del cerro, será ya con nosotros en nuestras carpas o, en su defecto, bajando a Berlín.

Berlín tiene un gran problema a considerar: el campamento se encuentra en una zona rocosa y complicada y, cuando uno baja, cansado, claro no lo ve sino cuando uno está prácticamente encima de él. En ciertas partes del camino, si uno tuerce a la derecha, termina en Cólera y, en otras, si uno tuerce demasiado su senda a la izquierda, termina en el Gran Acarreo y lo más seguro es que se termine pasando la noche a la deriva. Y luego a orar por un rescate. Ha pasado ya decenas de veces y han muerto varios ahí.

A eso de las cuatro de la mañana, comienzan los problemas para la expedición MDZ. Es que nuestro guía está apurado por empezar a andar y nosotros, torpes, lentos, aún no terminamos de prepararnos. Una de las cosas más difíciles en Berlín, es vestirse adentro de una carpa congelada y con una temperatura exterior de más de veinte grados bajo cero. Cualquier descuido, cualquier exposición excesiva de un miembro a la intemperie, puede traer un congelamiento y a volar para abajo.

Así las cosas, el Mencho se ha puesto nervioso y se genera una situación de estrés general. Los ajustes finales antes de salir serán apresurados y cometeremos errores y torpezas. Yo, por ejemplo, olvido mi pasamontañas, al tiempo que la capucha de mi campera se rompe: abrigo mi cabeza como puedo, con un gorro de lana y con la capucha tratando de que se sostenga. Empezamos a andar y el clima general del grupo se muestra dañado, aunque con silencio y metros de altura la cosa parece ir solucionándose.


Soplando el viento


En un momento, a eso de las cinco y media de la mañana, aún de noche, en una zona muy empinada con nieves y roca, me sucederá algo extraordinario: de pronto, en un esfuerzo del camino, mi diarrea me jugará una mala pasada sin darme tiempo a bajarme los lienzos. Así, en dos ocasiones. Me detengo, miro el piso y me siento tan sorprendido, que ni tiempo para la humillación tengo. Les cuento a todos y todos quedan mirándome. El silencio es tan grande como la noche o el cerro. Luego de unos segundos: decido seguir caminando y arribo a la mejor moraleja que podría haberme regalado esta expedición: “En la vida, hermano, podés estar muy cagado, pero no por eso vas a dejar de caminar”.

Dos o tres horas después, creo que en Piedras Blancas, el sol todo lo aclara y nos encontramos a buen ritmo camino a la cumbre. Un problema importante no ha dejado de aquejarnos desde la partida: los veinte dedos de cada uno de nosotros siguen totalmente fríos, casi congelados. En particular, Diego parece ser quien tiene más problemas. Más tarde, si bien el frío no mengua, recibiremos una bendición: los rayos del sol sobre la cara.

A esa altura, en Piedras Negras, ya estamos integrados en el mismo camino con las expediciones que partieron desde Cólera (creo que son cuatro). La nuestra es la única que partió desde Berlín. Todos vamos por la misma zona, pero las huellas que seguimos no son las mismas y en verdad, levantar la cabeza agobiada y ver que otros como uno, con el ritmo de uno y el sueño de uno, van hacia el mismo lugar reconforta, trae fuerzas.

Por allá veo a los rusos sin la turca Gulnur Tumbat; también van dos grupos de Inka Expediciones y otro que no distingo, además de nosotros. Delante de todos, por salir más temprano, sin que podamos verlo, ha ido Efraín, el joven militar amigo de Mencho, con un cliente, el único que ha quedado en pie de su expedición. Después nos enteraríamos de que se trata de un ingeniero cordobés llamado Jorge.

El frío no cesa, sino que aumenta en el amanecer. Poco después, hacia las diez, llegará para quedarse la peor noticia: el viento blanco. Lentamente todas las expediciones vamos subiendo a ritmos semejantes un acarreo que nos lleva hasta Independencia (6300 o 6500  metros). Todos los caminos conducen allí y las expediciones se ufanan por llegar.



La decisión de Diego


Nosotros lo hacemos primero y el viento y el frío entonces ya se tornan insoportables. Allí nos detenemos y allí se van deteniendo para guarecerse tras rocas las otras expediciones. Estamos ante un punto de quiebre: el viento blanco que soportamos es la cosas más fría y tremenda que haya conocido en mi vida. Llega y te atraviesa el cuerpo y parece, con cada ráfaga, llevarse un poco de tu alma.

Diego me dice que ya no siente dos o tres de sus dedos del pie.

Tomo un trago de jugo y llamo al Mencho aparte:

- Mencho: está muy bravo el viento. Se va a podrir todo. Creo que nos tenemos que volver…
- Estamos a tres horas de la cumbre, estamos fuertes, enteros… Sigamos…
- No, hasta acá llegó nuestro Aconcagua.
- ¿Cómo nos vamos a volver? Tenemos que seguir, se va a pasar…

En la vida, hay ciertas decisiones que uno jamás llegará a valorar en su real dimensión: son las decisiones que evitan el tránsito cierto de una tragedia. Y no hablo de mi decisión, porque nada nos debemos con el Aconcagua, sino de la decisión de Diego.

Dejo de hablar con el Mencho, no quiere oír. Lo llamo a Diego y le pregunto cómo está, mientras vemos que todas las otras expediciones abandonan sus planes y retornar camino de sus carpas. Todas, menos los rusos. Efraín llegará entonces a Independencia: viene desde la Gran Travesía y tampoco logró cumbre. El hombre que lo acompaña cae al piso, exhausto e intenta recobrar energías: es Jorge, el ingeniero cordobés que también llegó a su límite.

Me aparto con Diego, buscando palabras precisas para lo que quiero decirle:

- Diego, de acá para arriba, entramos en zona de peligro real.
- Ya sé lo que me vas a decir... Lo único que le prometí a mis hijas al venir acá es que no iba a correr riesgos innecesarios. Hay algunos dedos que no siento y ya tengo una decisión tomada. Volvámonos; todos se están volviendo.
- ¿Sabés qué se dice acá? Andate y volvé cuando quieras. El Aconcagua va a seguir en el mismo lugar para vos, el año que viene o cuando sea.

Debo decir a esta altura que admiro a este hombre con una convicción tan clara para ejercer su valentía. A él, no lo ciega esta cumbre: su autoestima está bien nutrida y no depende de una foto. Podrá o no volver, ojalá que sí para que su proceso continúe y su relación con la montaña sea duradera. Ahora, en medio del viento blanco, Diego sabe muy bien que estamos en problemas y que hay que apurarse para que no sean grandes problemas.

Le pido a Diego que me tome una foto testimonial en este lugar, al pie del Portezuelo del Viento. Es esta:



Entonces, será cuando el Mencho cometa uno de los peores pecados que puede cometer un guía. Sin más, y ante nuestro asombro gigantesco, el Mencho nos dirá que seguirá con Luis y que nos volvamos solos al campamento.

- ¿Ustedes se pueden volver?
- Nosotros nos vamos a volver…
- Bueno, yo sigo.

Que no nos haya sucedido un hecho lamentable, lo debemos a que no se nubló y que no nevó, por lo cual, no se borraron las sendas y preguntando ante la duda al guía Fernando de Inka (que volvía con su grupo a Cólera), enderezamos para el lado de Berlín, en mi caso, con el grampón del pie izquierdo roto.

En un momento, tuvimos especial cuidado en no ir a parar al Gran Acarreo y finalmente, con un poco de suerte, llegamos –cansados, helados y recalientes¬– a Berlín. Nos tiramos a descansar y, a la hora, aparecieron Mencho y Luis, quienes, ya en la Gran Travesía, antes de la Canaleta que lleva a la cumbre, no soportaron más el viento blanco y también se volvieron. Mencho dice tener problemas con todos los dedos de sus manos. Esta vez, ni siquiera su fortaleza enorme y su enorme sed de cumbres pudieron con el cerro.

No nos dirigimos la palabra y, como sobran energías, levantamos todos el campamento y, sin más, emprendemos la parte final de una larga jornada hasta Plaza de Mulas. Ese día, estaremos caminando desde las cinco de la mañana hasta las ocho, nueve de la noche casi sin parar. Sobraron las energías y falló la suerte, pero ayudó el destino…

Al atardecer, llegaremos a Mulas con dos propósitos urgentes: que los médicos vean los pies de Diego (no habrá mayor compromiso, uno se le pondrá negro y después se mejorará) y que yo consiga un baño para quitarme la mierda de encima, gentileza que deberé a Carlos y Vanesa, del campamento Lanko.


Epílogo


Esa noche, con Diego nos iremos a dormir al Refugio de Plaza de Mulas, con una certeza: a la mañana siguiente, tendríamos la visita del Mencho, quien debería venir al pie, porque aún no pagábamos sus servicios. Por la mañana, tal cosa efectivamente ocurrió y el encuentro sirvió para poner blanco sobre negro el análisis de una situación que consideramos desgraciada. A su modo, con notoria dificultad para pedir disculpas, el Mencho se excusará, recibirá su dinero y se marchará sin recibir despedidas efusivas.

Por cierto, algunos de los rusos, un par por lo menos, de aquellos rusos a los que en Confluencia vencimos jugando al voley, hicieron cumbre ese día. Rieron últimos, rieron mejor y nosotros, desde aquí, nos quitamos el sombrero ante ese puñado de valientes tipos que vencieron el frío y la altura y la Canaleta y posaron sus humanidades en la cumbre.

Por estos días, fueron prácticamente los únicos que lo lograron.

Ah, por cierto no quiero olvidar a tres mendocinos del CUDA (Club Universitario de Andinismo de la UNCuyo) que también lograron cumbre, luego de circunvalar el cerro. Sólo recuerdo el nombre de dos: Viviana y Pablo.

A media mañana, el sol es pleno en Mulas y nos esperan 36 kilómetros, los últimos, de caminata. Nos ha sido ofrecido volver en helicóptero a Horcones, pero rechazamos la oferta agradecidos. El Aconcagua no se termina en el helipuerto de Plaza de Mulas, sino en la Laguna de Horcones, con los pies cansados, el rostro quemado y siete u ocho horas de marcha para procesar una íntima satisfacción por la experiencia vivida.

Ir al Aconcagua es una de las experiencias más maravillosas que puede vivir una persona. Allí, uno se conoce a fondo y a fondo conoce a quienes lo rodean. En esta ocasión, el cerro nos ha regalado un proceso de superación personal con una fuerte apuesta física y mental, a una edad (Diego 45 y yo a punto de mis 44) en la que muchos claman por un partido despedida. En lo personal, me deja un hermano que tendré por el resto de mi vida, un tipo al que decirle: ¿qué necesitás, mi tiempo, mi oreja, mi billetera, mi casa, mi brazo derecho, mi sapiencia para hacer asados? Acá están, Diego, mi hermano, son tuyos.

Como consejo general, uno fundamental para aquellos que tengan ganas de subir este cerro: la conciencia clara de que lo importante no es la cumbre, sino caminar paso a paso hacia ella, sin someterse a peligros, porque conservar sano el latido es lo que le da sentido a la aventura.

Y si la cumbre se logra, pues muy bien. Entonces, para que valga, lo importante será comenzar de nuevo echarse a andar, paso a paso, cerro a cerro, año a año, porque la montaña, como la vida, es infinita y generosa y está hecha para ser compartida entre camaradas.

Esta foto, la última que nos tomamos, será obra del ingeniero Jorge, el mismo que se desplomó en Independencia, partido de cansancio. El también está feliz: si bien no hizo cumbre, llegó mucho más allá de lo que imaginó y ahora retorna entero tras la búsqueda del abrazo de su familia. Nosotros lo entendemos, porque también estamos apurados por bajar y perdernos en un abrazo interminable con aquellos que amamos. 

Enormes gracias, desde aquí, a todos los que nos empujaron a subir.