Se reunió el jurado (integrado por 12 miembros) del Concurso periodístico-fotográfico “Huellas trazadas”, quien fue el responsable de seleccionar los trabajos ganadores entre los 25 que se presentaron.
El primer premio en la categoría A lo recibió Paula Florencia Gimenez (17) de San Martín por su obra “El alma del Ferrocarril”, en tanto el segundo premio fue para Franco Nicolás Cravero (15) de Junín por “Ana, Colección de recuerdos…”. También hubo una mención espacial para Cintia Enfarrel de Palmira por su obra “Imágenes y vivencias uniendo pasado, presente y futuro”.
Oscar Alberto López (50) recibió el primer puesto en la categoría B por su trabajo “Laura sin tiempo…vías sin tiempo”, el segundo fue para Fabiana Haydee Pereira (37) de Chapanay (San Martín), por su trabajo “Geometría en el tiempo” y también se entregó una mención especial a la juninense Analía Marinozi por su obra “tardecitas de payanas y complicidades”.
Cabe señalar que el concurso fue organizado por la Cámara de Turismo de Junín y auspiciado por la Municipalidad del mismo departamento.
Según el comunicado enviado por la Cámara de Turismo, “en general, las obras mostraron un profundo amor por las personas mayores, por nuestra identidad, por nuestra historia y por el tren como “sueño que aclama volver”. Este intercambio o “puente entre generaciones” posibilitó que los más jóvenes escucharan a sus abuelos y registraran historias familiares que podrán ser transmitidas a futuras generaciones”.
El jurado (comité evaluador) estuvo conformado por Gladys Mayol (Prof. de Historia, Asociación Sanmartiniana), Ana Paula Cortés (Prof. en Letras), Adriana Casagrande (Lic. y Prof. en Comunicación Social), Eduardo Gregorio (escritor), Dr. Oscar D’Angelo (médico psiquiatra y escritor), Enrique Pfaab (periodista, corresponsal diario UNO de la zona Este), Gabriela Santibañez (arquitecta, profesora Universidad de Mendoza), María Luz Niven (arquitecta), Raúl Massieri (fotógrafo profesional), Patricio Caneo (fotógrafo Diario Los Andes), Florencia Manganelli (fotógrafa Diario UNO), Rosa Buscema (Vicepresidenta de Cámara de Turismo de Junín).
La verificación, certificación y legitimación de la elección estuvo a cargo de la escribana Beatriz Galiñarez. También acompañó al trabajo del jurado Cintia Navarro, reina departamental de Junín, representantes del municipio, el Lic. Marcelo Bartolomé (autor del Concurso) y miembros de la Comisión Directiva de la Cámara de Turismo de Junín, presidida por Cristina de Niven.
Fragmento de los relatos y fotografías ganadoras
“El alma del ferrocarril” por Paula Florencia Gimenez (1º puesto en Categoría A)
Fragmento del relato
Hay historias que nos hacen sonreír, historias que provocan lágrimas, historias que nos hacen reflexionar y las hay otras que nos llenan el alma. Sin duda la historia de Juan Chacón es un poco de cada una de ellas.
Juan hubiera cumplido este año los 85, pero falleció hace ya 19 meses, en la ciudad de Palmira, San Martín, Mendoza. Su historia es narrada con lágrimas en los ojos por Estela su hija.
Juan vivía en Palmira, ciudad marcada por el paso del ferrocarril. Allí las casas eran muchos más trabajadas que en la ciudad de San Martín, los hospitales mucho más preparados y poseían mayores servicios. La población no era mayor a unos pocos miles de personas; inmigrantes y nativos convivían en profunda paz “la vida era mucho más disfrutable en aquellos tiempos” solía decir el viejo Juan… Estela cuenta que su familia era un poco más atípica que la de sus vecinos “papá era maquinista y cuando llegaba la hora de los viajes, y él tenía que partir, dejando a una madre a cargo de su hija…mi viejo Juan sufría…le costaba tanto dejarnos” recuerda con nostalgia.
Es por eso que las familias de los trabajadores del ferrocarril valoraban tanto las vacaciones, “en la época de veraneo a papá le permitían llevar a su familia en el tren, para mí era toda una aventura, solía pasar noches enteras frente a la ventana mirando los largos trayectos de campo por donde pasaba el tren… eran épocas muy felices”.
Para Juan el ferrocarril era parte de su vida, ser maquinista lo llevaba en el alma. Disfrutó con todas sus fuerzas cada momento que le tocaba estar en el tren y padeció con profundo dolor su pérdida… Sin duda Juan era parte de la magia que tenía el ferrocarril. Cada persona que pudo viajar con él lleva en su pecho un recuerdo de aventura, felicidad y cordialidad.
Como conté al principio Juan falleció hace ya 19 meses… el tren pasó y no sólo se llevó recuerdos, sino también se llevó en él, a Juan… en un viaje vaya a saber a dónde… pero donde seguramente todos queremos llegar…
Al viejo Chacón lo encontraron sin vida en la vieja estación del tren de Palmira…falleció donde también nació… su vida comenzó con la llegada del tren de pasajeros y fue ahí, donde lo vio pasar por última vez, donde esperó que el tren de la vida le regalara su último boleto…
“Laura sin tiempo… vías sin tiempo” de Oscar Alberto López (1º puesto en categoría B)
Fragmento del relato
Andaba Laura Dacrema, pedaleando en gris por el Carril Nuevo, cuando la memoria del corazón, el agradecimiento, le trajo recuerdos de su paso como celadora por la Escuela Nicolás Rodríguez Peña…
Revolvió imágenes, rescató emociones, redescubrió sueños…El mismo sonido, eco broncíneo, de su tiempo de juventud, le repicó en sus oídos, fue sumando momentos y deshojando calendarios, y de su tiempo actual de días solitarios y noches silenciosas, fue volviéndose por la memoria hacia su corazón de maestra sin título y de su rostro bueno se desprendió una sonrisa, que iluminó con recuerdos la mañana.
Nació cuando el sol era una pincelada de esperanzas sobre el paisaje sencillo de aquel Junín de los años treinta…”frente a mi casa, vivía, recuerda Laura, la Directora de la escuela,” y entonces comenzó con ella el largo y hermoso camino de la escuela primaria...
Y la vieja escuela dieciséis la recibía… Laura ayudaba siempre a su maestra, porque disfrutaba del aroma a tiza y patio regado con baldes de tarro con agua de la acequia., una vez, rememora sonriendo, ella que había nacido entre largos camellones y silenciosos viñedos, se encontraba jugando en el patio de la vieja escuelita, que vale la pena evocar, lindaba con las vías del antiguo ferrocarril general San Martín, cuando de pronto un agudo silbido la sobresaltó y corrió presurosa a esconderse en una de las aulas, asustada por el paso de la locomotora, que envuelta en nubes de tierra y vapor, hacía su arribo a la ya destruida estación Rodríguez Peña.
Supo de historias y leyendas, con la paciencia blanca de las maestras, aprendió a escribir mamá y cuando sus labios hilvanaron las primeras palabras leídas de corrido, en sus ojos caramelos, la ternura se hizo brillo en la forma de una lágrima.
Entrecierra los ojos y de sus boca se escapan como en un susurro, un sendero de recuerdos y en ellos se encuentran los amigos de la juventud y los bailes, el paseo con amigas por el carril, seguidas por la mirada de las madres en los domingos donde el rubor de un lápiz labial trazaba su huella en las amplias sonrisas.
Pero a Laura, su vocación de tiza la llamaba, y así se arrimó a la escuela para colaborar como celadora… Laura, celadora y amiga, celadora y consejera, el plumero y la escoba fueron dejando en sus manos finas, rastros de su uso, había en aquella vieja escuela dieciséis, un cerco de ligustro, una palmera, enormes carolinos y por el oeste marcando un límite, las vías, que eran frecuentadas diariamente por el paso de un tren de cargas, que solía detenerse en la estación cercana a dejar encomiendas y el diario que acercaba noticias y novedades. “Desde el tren, todos los días hacían sonar la bocina para alertar a los chicos de su paso, estos salían al patio y desde él, saludaban a los maquinistas y obreros que respondían con cariño y afecto la mágica inocencia de aquellos niños”.
Al evocar aquel tiempo, no puede Laura, disimular la tristeza, ella es una argentina más, que sabe del dolor por las vías muertas, y que ahora con mayor pena, ve como levantan los rieles y borran las huellas del progreso como queriendo ocultar un pasado que fue promisorio.
Allí continúo Laura trabajando…Le costaba un poco levantarse, los años habían ido dejando sobre sus rubios cabellos algunas hebras de plata, el lampazo pesaba y aunque ahora tenía quien le ayudara, perseguía el sueño de la jubilación…y ésta llegó como merecido premio y fue momento de despedidas y afectos, de palabras y flores, de izar la bandera por última vez y hacer sonar la campana, pero ahora para despedirse.
Y ahí anda Laura, rodeada del afecto de sus sobrinos y amigos...Laura, vocación de tiza, Laura de profesión celadora, Laura mujer y amiga que le puso música a la vida porque ella fue y es una leyenda en el pueblo, porque ella es Laura, Laura sin tiempo…
“Ana, colección de recuerdos…” de Franco Cravero (2º puesto en Categoría A)
Fragmento del relato
Ana Carrión Martínez, de 74 años, es española, y vive en Junín desde 1950… “Junín era pequeño, rodeado de viñas, y verde…Existía el carril Isidoro Bousquets y la Avenida Mitre, ambas asfaltadas… Se podían contar los autos con las manos, solo 5 o 6… Pequeños negocios, con encanto del pueblo…Su gente y su particularidad me hacían encariñar con este nuevo mundo… Junín me recordaba de donde venia…”.
El recuerdo más lejano que Ana guardaba sobre su infancia fue cuidar a sus hermanos cuando tenía 10 años, incluyendo a un recién nacido. Uno de ellos se había ido enfermo con su madre a Granada, y así Ana tuvo que desempeñarse como madre, realizando la comida, yendo a buscar el agua cuesta abajo (ya que donde vivían era zona montañosa) y encargarse de la casa. Esta mujer desde pequeña tuvo en sus manos grandes responsabilidades, donde tenía que actuar con rapidez e inteligencia, evitando cometer alguna equivocación.
La despedida…Despedirse de España fue duro para Ana. Dejaba atrás todo lo que había vivido: su niñez, su adolescencia, sus amigos, su vida. Relata que fue triste y emotiva a la vez. Todos sus amigos y vecinos fueron a despedirlos. Se pasaron toda la noche llorando, recordando viejas anécdotas, travesuras de los niños…Al día siguiente, ella y su familia partieron… Se embarcaron rumbo hacia Argentina en el “Buenos Aires”, venían a “hacer la América”
“El ferrocarril en esa época era lo máximo que existía”…Su llegada a la Estación de La Colonia fue muy linda. La gente sacudía los pañuelos, esperaban a familiares, amigos. Era muy limpia, bonita y todo estaba en orden…Tomaron rumbo en un camión con las maletas hasta la calle Martínez. “Mientras desempacaba, lloraba, y estaba muy triste, quería volver a mi país”.
Las festividades en aquellos años eran diferentes. Los cumpleaños no se festejaban como en la actualidad, pero algo muy especial para la familia era la navidad. Levantarse temprano para matar las gallinas y preparar pollo, comidas elaboradas, las ensaladas, hacer el pan casero, preparar las empanadas, los postres, turrones y garrapiñadas. Luego de las 12, el combinado acompañaba con su música a los pasos dobles, chamames y las rancheras. Se festejaba a lo grande.
Ana huyó de una guerra, empezó una nueva vida sin nada en la Argentina, tuvo buenos y malos momentos, hizo una familia y trabajó para mantenerla. Sus historias, con un pasado muy importante, merecen ser contadas. Por eso, Ana es una “Colección de recuerdos”
“Geometría en el tiempo” de Fabiana Haydee Pereira (2º puesto en Categoría B)
Fragmento del relato
…Don Nicolás Croce, a sus 82 años, recuerda que vivió durante muchos años en su antigua casa ubicada en, en las cercanías de la estación de tren del distrito La Colonia.
Durante ocho años, Don Croce se dedicó a las tareas de carga y descarga de vagones en las instalaciones de la estación Libertador Gral. San Martín. Lo primero en recordar es que la llegada de los “ingleses” implicó un cambio profundo en el modo de vida de los lugareños, para ellos era esencial “la puntualidad” y “la organización” en la administración, lo cual demandaba que las descargas fueran realizadas a tiempo, de no cumplirse, el inflexible supervisor cobraba el respectivo tiempo de almacenaje. Los trenes arribaban “a horario”, un minuto antes o excepcionalmente un minuto después.
Del mismo modo, rescata que los servicios que prestó el ferrocarril, facilitó el transporte y el crecimiento económico de la región Este de la provincia. La estación de La Colonia, era la más importante de la zona, ya que ofrecía más comodidades y, en mayor medida que otras estaciones cercanas, sirvió para el traslado de gran cantidad de pasajeros.
Cuenta que en el tiempo de la vendimia, se acrecentaba el trabajo en toda la zona, y era indispensable contar con una gran mano de obra para carga y descarga de vagones... En esas temporadas se veía personas de otros pueblos, de humildes condiciones socio-económicas que aportaban al trabajo; para ellos la realidad era contradictoria, muchos dormían y se quedaban en las calles de los alrededores, esperando la próxima cosecha en otra región, constantemente observó a estos trabajadores irse trepados en los techos de los vagones librados a la suerte...
Don Nicolás hace memoria que en los alrededores de la estación Libertador Gral. San Martín, la distribución de calles y edificios no era muy distinta a la actual. Un lugar muy recurrido por lugareños y visitantes era el hotel llamado, en ese momento, “El Tropezón”, de la esquina 25 de Mayo y Defensa; tenía un bar, hoy aún abierto, punto de encuentro y “esparcimiento” para quienes lo frecuentaban…
Las imágenes que Don Nicolás evoca se desvanecen… pero antes revela, de manera muy emotiva, que en la zona había una partera, “Doña María”, quien asistía a domicilio los nacimientos del lugar…ella fue quien asistió a los partos de Doña Ernestina (su esposa) y trajo al mundo a sus tres hijos, a lo que agrega con sonrisa y sensibilidad: -“...y a mí también”…
El testimonio oral de Don Nicolás Croce, implica ‘dar a luz’ una historia de vida como legado cultural para las futuras generaciones. Registrar, difundir y sobre todo valorizar la memoria oral es atender a nuestra identidad, presente en cada instante de nuestras vidas…
Tardecitas de payanas y complicidades (obra de Analía Marinozi que recibió una mención especial)