Para hacer más completa la anécdota referida en el reportaje, publicado en “La Libertad”, el 7 de julio de 1935, se toma prestada la versión aparecida en el libro “Menotti, trazos de una historia de vida” para su trascripción. Se aclara que el padre era Enrique Epaminondas, el creador de IMPSA, y a quien su hijo describe del siguiente modo: “Toda la diversión de él consistía en reunirse con cuatro o cinco amigos para jugar a las barajas, hasta no más de las doce de la noche, en el café de don Luis Bianchini, de calle Godoy Cruz esquina San Martín. Sus amigos y habituales compañeros de juegos fueron: Fernando Mazzucotelli, Angel Amorena, Carlos Barengo, Donato Neglia, Enrique Marino…”.
Enrique Epaminondas había llegado a Mendoza por una circunstancia familiar, el casamiento de su hermana. Nadie tenía previsto que no regresara a Turín, ni siquiera el mismo. Cierto es que se afincó, y no sólo eso, fundó los talleres metalúrgicos “a costa de tanto sacrificio…”.
Ahora el recuerdo y aquella figura paterna, en la versión dejada por Menotti:
“Mi padre me envió a aprender a nadar al Club Mendoza de Regatas cuando tenía 8 o 9 años. Fui en tranvía hasta los portones del Parque y de allí caminando hacia el club, llevando en la mano el traje de baño y una toalla. Estaba muy nervioso y con bastante miedo, no sé si por mi pequeñez veía al lago más inmenso de lo que en realidad era. No me entusiasmó ver ni el aprendizaje ni los juegos en el agua de mis compañeros y calculando el tiempo, retorné a mi casa. En el trayecto mojé el traje de baño en la acequia, lo envolví en la toalla y entré radiante al taller metalúrgico de mi padre. Luego de las preguntas del caso y yo contestando sobre la primera lección de natación tuve que entregar la malla y ahí se armó la batahola. El traje de baño estaba mojado por un lado y seco por el otro, porque al sumergirlo en el agua de la acequia no lo había desenroscado. La verdad salió a la luz y la reprimenda fue muy grande, por la doble acción de haber desobedecido y haber mentido. Estuve en la penitenciaria hasta que llegó a mi madre, a quien temía porque conocía su inflexibilidad ante las faltas cometidas. Les prometí a ambos que nunca más les mentiría, que volvería al club a aprender a nadar y que sería uno de los mejores. Y cumplí, convirtiéndome en campeón de natación, regalándole a mi madre varias de las medallas que fui obteniendo…”.