La sórdida competencia por liberar a Ingrid Betancourt

Alvaro Uribe y Hugo Chávez, convertidos en enemigos viscerales, compiten por obtener la liberación de la célebre rehén de las FARC. Tanto presionó la competencia con Chávez que Francia colocó el hecho en el centro de la escena mundial y el presidente de Colombia decidió acceder al reclamo guerrillero que rechazaba: la desmilitarización de un área para negociar.

Es una competencia dura y difícil, que comenzó inmediatamente después que el presidente colombiano hiciera caer el telón cortando la escena de su par venezolano en el rol de gran rescatador.

Desde ese momento, ambos comprendieron que sería una carrera entre ellos por un trofeo al que Francia colocó en el centro del escenario mundial. Y los dos competidores saben que tienen mucho que ganar y también mucho que perder.

Por eso, Alvaro Uribe y Hugo Chávez están probando todos los instrumentos a su alcance para llegar antes que el otro al corazón oscuro de la selva colombiana y liberar a Ingrid Betancourt.

Para ambos, no sólo es una cuestión de honor sino una necesidad política. Por eso el que consiga que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) le entregue a la bella dirigente hoy reducida a triste y languideciente cautiva, podrá exponerla como un valioso trofeo que proyecta su sombra sobre el perdedor, hundiéndolo en la oscuridad.

Presionado por el presidente francés Nicolás Sarkozy, Uribe cometió el error de aceptar la mediación de Chávez a pesar de que,  inexorablemente, le resultaría incontrolable e insoportable. Y después cometió un segundo error: poner un final tan abrupto a la gestión que implicó una humillación para el presidente venezolano.

Pero a los franceses, ahora sanamente obsesionados por obtener la liberación de una ex candidata presidencial latinoamericana que también tiene la ciudadanía gala, y mucho menos a los desesperados familiares de Betancourt, no les importa que Chávez use el caso como propaganda política y que sobreactúe indebidamente su rol para sacar réditos personales.

A ellos, lógicamente, lo que les importa es que Ingrid pueda volver viva de ese suplicio atroz que vive desde hace cinco años, pero la intransigencia de Uribe no los tuvo en cuenta y la torpeza con que implementó su dura decisión lo mostró como un líder insensible y brutal, que antepone sus antipatías y obsesiones por sobre la vida de seres indefensos y sufrientes.

Seguidamente, Uribe comprendió que Chávez no necesita su permiso para negociar con Manuel Marulanda y su guerrilla. Es más, después del incidente que puso a los dos presidentes a insultarse entre ellos, al líder venezolano no le queda más alternativa (y hasta lo beneficiaría más en términos políticos) lograr por su propia cuenta la liberación de la célebre cautiva.

Ocurre que, si lo logra, Chávez habrá derrotado al vecino que lo acaba de humillar, además de poder posar como un héroe ante su pueblo, Latinoamérica y el mundo.

Para el hombre fuerte de Caracas derrotar a Uribe opacará la imagen del colombiano, lo ridiculizará ante el mundo y debilitará notablemente su gobierno conservador. Lo cual tiene un valor agregado.

El valor agregado de derrotar, humillando y debilitando, a Alvaro Uribe es terminar con la principal competencia en popularidad que Chávez encuentra en la región.

El presidente de Colombia es el único que supera en respaldo popular, y por un margen cercano a los diez puntos porcentuales, al exuberante líder caribeño; ya que todas las encuestas coinciden en que Uribe tiene la aprobación de más del setenta por ciento de los colombianos.

Con el agravante de que Uribe está en las antípodas ideológicas, por ser de centroderecha, y su modelo económico (repudiado por el chavismo, que lo considera neoliberal e inspirado en el Consenso de Washington) hasta ahora ha dado a Colombia un crecimiento económico importante y un mejoramiento notable de la situación social.

Además del valor político de derrotar al centroderechista que lo supera en popularidad y que lo humilló cortando su gestión mediadora, para Chávez obtener la liberación de Betancourt le permitiría revertir la imagen de derrota que le dejó el reciente referéndum constitucional.

Y en esta competencia tiene una ventaja sobre Uribe: el líder bolivariano está ideológicamente más cerca de las FARC, desde hace tiempo tiene contacto con Tirofijo (el viejo comandante guerrillero) y puede ofrecer inmensas cantidades de petrodólares, lo que las FARC necesitan para financiarse desde que la reconquista territorial del ejército colombiano debilitó sus vínculos comerciales con el narcotráfico.

Ese mensaje está haciendo llegar con sus contactos y voceros al centro de la selva, procurando a la vez que las FARC entiendan cuanto las beneficiaría que Uribe salga derrotado y debilitado de esta competencia con Chávez.

El presidente colombiano es conciente de sus desventajas frente al gobernante vecino en relación a negociar con la guerrilla. Principalmente, Uribe no puede ofrecerles dinero y tampoco acceder al principal reclamo que hace Tirofijo para aceptar un canje humanitario: un territorio desmilitarizado como el que le había concedido el ex presidente Andrés Pastrana.

Sabiendo que Chávez corre con ventajas y que, por las razones explicadas, perder esta competencia implica debilitarse en su lucha contra la antigua guerrilla de Marulanda, el líder conservador a puesto a trabajar a todo el aparato diplomático buscando ayuda en la región y en el resto del mundo para obtener la liberación de Betancourt.

Precisamente porque Uribe y Chávez quedaron obligados a competir ferozmente entre ellos por lograr algo que sólo puede darles Tirofijo, el más beneficiado por esta competencia es ese viejo guerrillero que, aplicando las leyes de  mercado que tanto odia, está en condiciones de encarecer su oferta debido a la gran demanda que se le presenta.

En el medio de esta insensata competencia que sólo favorece a los secuestradores, el mundo parece olvidar que, además de Ingrid Betancourt, las FARC tienen en su poder y viviendo en condiciones infrahumanas a otras muchas personas por cuya libertad no está compitiendo nadie.