Indudablemente, el mayor éxito de una política temeraria y cuestionada. Las operaciones de rescate implicaban una apuesta al todo o nada. Y esta vez Alvaro Uribe pudo cantar victoria.
Quizá impulsado por el rencor que le dejó el asesinato de su padre perpetrado por la guerrilla de Tirofijo, el presidente colombiano hizo de la lucha contra-insurgente el eje de su gobierno. En esa lucha, colocó mayor empeño militar en las FARC que en el otro grupo rebelde, el filo-castrista ELN. Pero la razón no fue la diferencia de poder de fuego entre una guerrilla y otra (las FARC supera los quince mil efectivos y el ELN tiene apenas cinco mil). Lo demuestra la mayor flexibilidad política evidenciada para negociar con los “elenos” en territorio cubano.
El talón de Aquiles en esta política era la insensibilidad de Uribe ante el drama de los rehenes. No accedió jamás a la exigencia de desmilitarización territorial planteada por Tirofijo para negociar. ¿La razón? El ex presidente Andrés Pastrana aceptó esta cláusula para negociar, y no le sirvió de nada porque la comandancia rebelde utilizó el tiempo de negociación y ese espacio equivalente al que ocupa Suiza, para reorganizarse y recomponer sus vínculos con el narcotráfico.
Lo más cuestionable de la política de Uribe es que sus ofensivas militares y sus operativos de rescate implicaban un alto riesgo para los rehenes, que en definitiva constituían escudos humanos con que la guerrilla buscaba sobrevivir desde que la implementación del llamado “Plan Colombia” los puso a la defensiva.
Y no siempre tuvo éxito esta apuesta temeraria del presidente colombiano. De hecho, tiempo atrás una operación de rescate desembocó en un campamento que horas antes había sido evacuado por los combatientes, quienes dejaron sólo los cadáveres de seis legisladores que tenían de rehenes. El macabro mensaje resultaba escalofriantemente nítido: esto ocurre a los cautivos si el ejército intenta liberarlos.
Por otra parte, desde que Nicolás Sarkozy puso todo el peso de Francia en el asunto, incrementando la cotización que las FARC pusieron a la liberación de la mujer franco-colombiana, el cautiverio de Ingrid Betancourt desató una sórdida competencia entre Uribe y su colega venezolano Hugo Chávez.
El aporte del exuberante líder caribeño fue significativo, aunque su punto débil estaba en la visible utilización del caso para fortalecer su liderazgo a nivel regional. Mientras que a Uribe siempre le importó más su propia guerra que la vida de los cautivos.
Con el éxito de la operación de este miércoles, ha la pulseada la ha ganado finalmente Uribe. De todos modos, Chávez se había protegido de esta anunciada derrota hace dos semanas, cuando conciente de la creciente debilidad y desarticulación de las FARC, abandonó el rol de vocero de la guerrilla, con el que le había reclamado al mundo que no la considere una organización terrorista, para exigirle públicamente que deje sus armas y se desmovilice sin exigir condiciones. Si se quiere, este positivo y copernicano giro de Hugo Chávez constituyó un signo evidente de que las FARC ya no estaban en condiciones de mantener tantos rehenes en su poder.
De hecho, la operación que liberó a Betancourt, los tres rehenes norteamericanos y otras once personas retenidas en la selva, no fue en un flanco débil, sino en el sector que, por albergar a los principales rehenes, se supone el más protegido e invulnerable de la guerrilla.
De este modo, tras la muerte del comandante Raúl Reyes (segundo en la comandancia y yerno de Tirofijo), el asesinato del comandante Iván Ríos a manos de sus propios guardias, deseosos de cobrar la recompensa ofrecida por Uribe, la auto-entrega de la comandante Karina, la más feroz y temeraria combatiente de la guerrilla, además del fallecimiento del propio Marulanda, el demoledor golpe militar de este miércoles se parece a un tiro de gracia sobre la guerrilla.
Muchos son los signos de que las FARC se encuentran en su peor momento. En la liberación de Pilar Rojas y Consuelo Perdomo, Mono Jojoy y Tirofijo habían comprometido la entrega de un niño al que desde hacía tiempo no tenían en poder, error que evidenció el nivel de desarticulación ya existente entre la comandancia y los distintos frentes y batallones.
Al entregarse a los servicios de inteligencia, la comandante Karina reveló que llevaba meses sin poder contactarse con sus jefes. Y hay numerosos síntomas de que muchos batallones rechazan el liderazgo de Alfonso Cano, el intelectual que asumió el cargo que dejó vacante Tirofijo.
En este marco, el golpe de este miércoles debiera equivaler al tiro de gracia. No obstante, desde hace décadas las FARC ya están lejos de la legitimidad que tenía en los tiempos del fundador Jacobo Arenas y el establecimiento de una zona liberada en Marquetalia. Cuando la propia guerrilla le mostró al mundo la imagen del padecimiento de Betancourt en la selva, certificó su realidad de banda envilecida y cruel, que sobrevive por sus vínculos con el narcotráfico.
En definitiva, para que la violencia armada desaparezca de la selva colombiana, debe extinguirse el negocio de la guerra. Y aún no parece que esa extinción sea inminente.