Todo proceso eleccionario configura, si bien lo miramos, un parto. Por un lado, distribuye la maravilla, la esperanza, el aire puro, la renovación que son propias del arribo de lo nuevo y, por otro, abre una ventana de dolores, ante el desprendimiento de lo viejo. Elegir, para un país, es disponerse al cambio y para que el cambio exista, son necesarios el asombro y el dolor.
Sin embargo, cierto es que estos procesos no se dan en un ámbito de pureza. Parir (elegir) en democracia fomenta la industria de las anestesias: hoy por hoy, nadie se dispone tan fácilmente a la maravilla del cambio y al trauma del dolor y las renuncias. Entonces, pasa lo que pasa: por no enfrentar el proceso como se debiera, las elecciones en Argentina terminan aportando su tremendo peso específico, en parte, en la destrucción paulatina de la institucionalidad a la que estamos sometidos.
El flamante atropello a la Ley de Responsabilidad Fiscal es un ejemplo justo. Es entendible y saludable que se quiera compensar la pérdida del poder adquisitivo de los empleados. Y más aún si el Estado tiene el dinero para compensarlos y considera que un justo destino para ese “excedente”, es dárselo a los estatales. A nivel legal, al respecto que nos convoca, dar ese dinero por única vez, por ejemplo, no vulnera la ley. Ahora, hacerlo o no, es decisión de nuestros dirigentes.
No obstante, las reglas de fin de mandato de la referida ley fueron hechas y votadas para que un gobernador saliente no dejara comprometida la gestión de un gobernador entrante. Fueron hechas, además, para no sucumbir ante las naturales presiones electorales. Fueron hechas, también, para ser cumplidas, no atropelladas.
Hay que reconocer que, en el mundo, las democracias no funcionan tan bien en tiempos electorales como en otros momentos de la vida comunitaria. Por eso es que en algunos países, como Francia, estos períodos soportan severas restricciones tendientes a cuidar el comportamiento de los gobiernos. En algunos casos, ni siquiera pueden inaugurar obras meses antes del acto de elección.
Ante esta grave situación, ¿qué debería hacer nuestra clase dirigente? Pues apelar al respeto de las reglas de fin de mandato. Justamente lo que no han hecho. Sancionar una ley para no cumplirla es inflingirla dos veces.
El parto eleccionario
Es tiempo de elecciones y los vaivenes que le son propios, en algunos casos, atentan contra la institucionalidad. Para que una democracia sea fuerte, hace falta que las leyes se cumplan con rigor. Sancionar una ley para luego no acatarla, es burlarla dos veces.