La Iglesia de ahora en más deberá hacer planes para "salir a la calle" y reencontrarse con los jóvenes, sobre todo aquellos que tienen menos oportunidades y no consiguen ingresar al mercado laboral. Antes de partir desde Italia hacia Brasil el papa ya anticipaba cuál sería el eje de sus mensajes en la JMJ que se celebra en Río.
Esto lo espetó abiertamente y llamando la atención sobre la obligación de estar junto al pueblo, fuera de los claustros y tocando lo que los fieles tocan cuando hablan de dolor y necesidad.
"Quiero líos en las diócesis, quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle", ordenó.
Francisco, en su primer viaje fuera del territorio italiano, no sólo puso desde el primer día el acento en la necesidad de diferenciarse al no respetar al detalle la agenda protocolar y poner en cuestión el dispositivo de seguridad que lo recibió en Brasil sino que ahora les ordenó a las autoridades sacerdotales de todo el mundo de la Iglesia Católica que cambien de actitud y lleguen hasta la línea de fuego. Con una especial mirada en la línea de fuego: según el papa, "junto a los jóvenes".
"La iglesia no puede ser una ONG"
El papa Francisco arribó pasadas las 13.34 a la catedral de Río de Janeiro para el encuentro con los peregrinos argentinos que participan de la Jornada Mundial de la Juventud.
En el interior del templo, cerca de 5 mil jóvenes -de un total de 40 mil inscriptos de todas las regiones del país- recibieron al Santo Padre con cánticos y agitando banderas nacionales.
"La iglesia no puede ser una ONG", dijo, al tiempo que advirtió que quiere que los jóvenes salgan a las calles. "Quiero líos, quiero a la iglesia en al calle", aseguró.
"No licuen la fe", agregó a los que lo escuchaban.
En el lugar, también se encuentra la representación del Episcopado argentino y el secretario de Culto de la Nación, Guillermo Oliveri.
Antes, el pontífice visitó la pequeña favela de Varginha, uno de los muchos barrios pobres de Río, azotados por la marginalidad social, la violencia y el narcotráfico.
Miles de sus moradores y los de comunidades cercanas vivieron un día de fiesta con cantos y oraciones en las calles encharcadas por las lluvias.
El papa comenzó recorriendo las calles en su papamóvil escoltado por una decena de guardias, mientras los habitantes le alcanzaban a sus niños para que fueran bendecidos.
Luego descendió caminando entre la gente mientras lucía una corona de flores de colores sobre su sotana blanca. Una multitud lo aguardaba, resguardándose de la lluvia con paraguas.
A su salida de la Capilla San Jerónimo, continuó su recorrido entre los gritos de la gente que quería obsequiarle cosas o simplemente tocarlo.
Ésta no es una realidad nueva para el papa, quien, como arzobispo de Buenos Aires,dedicó mucho de su tiempo y energía a recorrer las periferias de la capital argentina: el entonces cardenal Jorge Bergoglio enviaba siempre a los mejores sacerdotes a los vecindarios más pobres y con ellos organizó una pastoral villera que se destacó y se destaca aún por su lucha para sacar a los jóvenes de la droga.
“Cuando venga a mi casa, besaré los pies del papa Francisco”, decía emocionada Amara Marinha, de 82 años.
Se trata de una de las vecinas cuyo humilde hogar fue elegido para la visita papal, en este barrio muy golpeado por la criminalidad, al punto que algunos lo llamaban“franja de Gaza”.
Por lo menos así era, hasta enero de este año, cuando las autoridades lo incluyeron en su programa de pacificación.
Antes de viajar a Lampedusa, la isla italiana que alberga a miles de inmigrantes norafricanos que huyen de la violencia y la miseria, el papa había exhortado a los católicos a ir a “las periferias geográficas y existenciales del mundo”.
En la favela de Río y ante una multitud aseguró que no se puede ser "insensible" ante la desigualdad.
"Las personas más simples pueden dar una lección de solidaridad", lanzó.
Y agregó: "No se cansen de trabajar por un mundo más justo y solidario, no se puede permanecer insensible ante las desigualdades del mundo; en la medida de sus propias posibilidades, den su contribución para terimar con las injusticias sociales".
El Pontífice aseguró que la verdadera riqueza está en el corazón de las personas e incluso los más humildes pueden dar al mundo una gran lección de solidaridad, ya sea con un abrazo, un pedazo de pan, un vaso de agua o una palabra.
"No dejemos entrar en nuestro corazón la cultura de lo descartable porque somos hermanos; no somos descartables. La grandeza de una sociedad está dada por cómo se trata a los más necesitados", resaltó.
Finalmente elevó un mensaje para los jóvenes que muchas veces se desilusionan ante los actos de corrupción de quienes sólo procuran tener más riqueza: "¡Nunca se desanimen, no pierdan la confianza y no dejen que se apague la esperanza; la realidad se puede cambiar!".
"La Iglesia está con ustedes. O Papa está com você", completó.