De profesión, estatua

Hace unos años, la modalidad de estatua viviente quedaba en Madrid circunscrita apenas a unos pocos elementos en Preciados -por ejemplo, el hombre del tupé y el paraguas arrasado por el viento, que todavía circula por ahí-. Ahora es una plaga.

Son casi reales y están por toda España.
Son casi reales y están por toda España.

No están las pinturas negras de Goya, ni las Meninas, ni la Maja desnuda. Tampoco acaban de abrirle una ampliación.

Aquí los que están son Vladir y Mariza, completamente embadurnados en barro, unas formas apenas humanas sentadas en una silla y quietas como témpanos. También está el hombre sin cabeza. O, bueno, con la cabeza en la mano, que testa sí que tiene.


Y está el gorila peludo que se mantiene impávido ya cerca de la Plaza Mayor, y que luego resulta ser, cuando se quita la careta, un chino muy simpático que no sabe ni papa de castellano (o hace como que no sabe).

Como cualquier día en la Puerta del Sol, y esto es el Prado de las estatuas vivientes al aire libre. Y más ahora, con la plaza recién despejada de sus años de obras, el espacio expedito para estas peculiares figuras, entre lo circense, lo artístico, lo picaresco y lo mendicante.



Hace unos años, la modalidad de estatua viviente quedaba en Madrid circunscrita apenas a unos pocos elementos en Preciados -por ejemplo, el hombre del tupé y el paraguas arrasado por el viento, que todavía circula por ahí-. Ahora es una plaga, como se puede comprobar en un paseo por el centro, por la zona de más atractivos turísticos.

En la Plaza Mayor, por ejemplo, discuten esta mañana un militar cuajado de medallas y una mujer cubierta, de arriba abajo, de frutas:

- Si es que en Barcelona, en Las Ramblas, ahí sí que se hacía dinero de verdad...

- Pero cuánto, cuánto.

- Pues hasta 350 euros en un día. Conozco a uno que se ponía a las tres de la tarde, y a las 10 de la noche ya tenía 150 euros...

- ¡Joer!

- Bueno, y los que hacían de águilas, esos sí que ganaban... Y unos que hacían de murciélagos, que tenían unas uñas enormes y agarraban a la gente así y...

Pero Barcelona prohibió los espectáculos callejeros, y por eso ahora la mujer fruta y el militar se mantienen rígidos, silentes, congelados en la Plaza Mayor... Hasta que alguien llega, les echa una moneda delante, y él se cuadra marcial, y ella dibuja una pirueta definitivamente frutal.

Él se llama Lucio, es paraguayo, lleva cinco años en España -dos en Madrid- y trabajó en la construcción hasta que el derrumbe le obligó a buscarse la vida. Dice que "hay que estar cinco horas o así para ganar 30 ó 35 euros". Se planta a las 10.00 horas en la plaza, y cuando suena el cling "me cuadro y marcho". Luego, quietud.

Sucede que "ahora la cosa está bastante mal, hay más competencia y la gente que antes te daba un euro, ahora igual te suelta 10 céntimos como mucho". Lucio tiene tres hijos en su país, y de vez en cuando les envía "alguna cantidad" de las que pesca en la calle.

No muy lejos de allí, en un atrabiliario féretro hecho de cartón y papel albal sobre el mismo pavimento, yace una versión callejera y canallesca de la Novia Cadáver, que pega unos gritos de cuidado cada vez que alguien suelta una moneda. "¡Dame, dame, dame, dame, dame!", vocea mientras se medio levanta del féretro, para susto del viandante. O: "¡Ese billete, ese billete, ese billete de 50 eurooooos!".

De pronto aparece un cuarentón con el pelo teñido de rubio, le acerca un bocata, y la Novia Cadáver se convierte en un chaval rumano de no más de 20 años que, aún vestido con su traje de flamenca, deglute un bocadillo de mortadela.

El rubio platino resulta ser el empleador de la Novia Cadáver. Emilio, un ex electricista rumano que lleva ocho años en España, está muy orgulloso de su idea: "¿Te gusta? Es bueno, ¿eh? Tengo una idea genial, una Gioconda que camine, de pie. Es puro teatro porque además bla bla bla...", el hombre tiene una verborrea realmente incontrolable.

Dice Emilio que ingresa "cinco euros a la hora" con su Novia Cadáver, y que reparte los beneficios a la mitad con su empleado, a quien reclutó "por ahí, es el típico chaval que no tiene ni dónde dormir. Yo le doy cama y trabajo. ¿Qué más puede pedir?".

Un momento: ¿y las autoridades qué dicen de todo esto? "Ah, no, nosotros tenemos permiso del Ayuntamiento", dice muy rápido Emilio, que esgrime un papel consistorial que guarda igualmente veloz. El hombre coge carrerilla y nos cuenta que ha tenido "tres mujeres en España, ¡tres! Y ninguna salió buena. Una rumana, otra gitana y la tercera gallega. ¡Yo sólo problemas!", dice. Un poco más allá, tan serio que asusta, un chino vestido de torero le hace un pase de pecho a un toro como de porexpán. Sucede que el lance nunca termina. El toro no es que se mueva mucho, y el torero no le va a la zaga. No se relaciona con la prensa más que a través de un marcial: "¡No!". Mira al toro desafiante, como un auténtico matador. Y, de pronto, se pone de rodillas, como a puerta gayola. Y así se queda otro buen rato.

Saliendo hacia Arenal está la mesa humana. Es una mesa de playa, con tres agujeros del tamaño de tres cabezas, y tres testas humanas que emergen con expresiones de sorpresa, terror o alegría, dependiendo del momento. La idea es que las cabezas están sobre platos y previsiblemente alguien se las va a comer.

Pero ese alguien no llega y ellas, en fin, asustan al viandante que les suelta una monedilla. La comunicación es imposible dado que son rumanos y no parecen muy interesados por el castellano.

Pero no todo es alegre pintoresquismo en el Prado de las estatuas, esta mañana en torno a Sol. La que no está nada feliz es la mujer frutal. Es lógico: los 40 céntimos no parecen una fortuna. Se llama Fanny, tiene 42 años, tres hijos y siete nietos en Ecuador. Trabajó cinco años en una empresa de limpieza de Barcelona, pero aquello terminó.

Quiere "volver a Ecuador". ¿Y cómo se le ocurrió lo de las frutas? "Pues... Me lo dijo mi marido, lo pensó él. Él se viste de indio. Mírelo, es ése de ahí".

Fuente El Mundo