En la normalidad, las palabras voto, estatuto y constitución corresponden al terreno de las leyes. El espacio social y político donde a las relaciones entre los hombres y las estructuras del poder se rigen por normas. Voto, estatuto y constitución normalmente son elementos de la legalidad. Pero en Bolivia no es así. Todo se ha trastrocado a tal punto que una constitución, un estatuto y una votación son factores de caos e ilegalidad.
Por cierto, el desquicio no comenzó con Evo Morales llegando al gobierno ni con las bandas del Movimiento Al Socialismo (MAS) que ayer atacaron con palos y piedras a los que acudían a las urnas. Tampoco con el empresariado blanco, elitista y agresivo que impulsa la secesión de Santa Cruz de la Sierra. Aunque ni unos ni otros construyeron puentes de entendimiento en un país carcomido por bloqueos y rupturas.
Por el contrario, las dos partes de esta Bolivia partida decidieron colocar su proyecto por encima de las normas. Lo hizo el gobierno central al aprobar la Constitución indigenista sin la mayoría de votos que establece el reglamento vigente sobre el poder constituyente. Y lo acaba de hacer la autoridad santacruceña al realizar un referéndum que no tiene legalidad.
Como emergente de la supremacía de los hechos sobre el derecho, las fuerzas de choque libraron ayer sus batallas. La violenta y derechista Unión Juvenil Cruceña, alguno de cuyos dirigentes y militantes parecen inspirados en el tenebroso Ku Klux Klan, entabló batallas medievales (con palos y piedras) contra las brigadas indigenistas comandadas por agitadores del MAS.
Hoy son bandas violentas lo que mañana pueden ser milicias. Hoy son trifulcas callejeras lo que mañana puede ser una guerra civil. ¿Dónde comenzó tanto desquicio? No fue con la llegada de Evo Morales al poder. En todo caso, Evo es una consecuencia, y no la peor, de una sucesión de clases dirigentes ineptas, corrompidas y socialmente irresponsables.
Las derechas, los consevadurismos y los centrismos fracasaron en la construcción de una sociedad razonablemente equitativa. Con la riqueza concentrada en una minoría de tez blanca que jamás impulsó un sistema educativo equilibrante sino que, por el contrario, hizo de la educación un instrumento para reproducir retrazo, desigualdad y marginación, era imposible que la democracia engendrara una socialdemocracia de pulcritud nórdica.
En ese cúmulo de fracasos, retrasos y exclusiones fermentaron las radicalizaciones que ahora están resquebrajando el mapa. Al fin de cuentas, el centralismo con eje en el burocratizado Altiplano debilita tanto la unidad de Bolivia como el separatismo, malamente disfrazado de proyecto autonomista inspirado en el modelo español.
En Bolivia, el pasado infecta un presente del que podría surgir un futuro enfermo. Paz Estensoro desnacionalizó en su segundo gobierno todo lo que había nacionalizado en el primero; Siles Zuazo vegetó en el poder, igual que Jaime Paz Zamora. Mientras que el general Bánzer Suárez no recompuso en su gobierno institucional de los noventa todo lo que descompuso durante su brutal dictadura de los setenta, fundada sobre el cadáver del derrocado Juan José Torres.
A su vez, Gonzalo Sánchez de Lozada resolvió el problema de la inversión en exploración y explotación gasífera, pero al precio de que el Estado resignara un nivel razonable de regalías que le habría permitido mejorar la vida de las masas sumergidas, haciendo al menos que puedan contar en su casa con el gas que abunda en el subsuelo. Y cuando llegó el equilibrio y la buena intención del presidente Carlos Mesa, ya era demasiado tarde.
Cortando las rutas y paralizando ciudades, el movimiento indigenista de Felipe Quispe, la Confederación Obrera Boliviana (COB) de Jaime Solares y los cocaleros del Chapare que lideraba Evo Morales, marcaron severamente el fin de los fracasados gobiernos de la minoría blanca.
El ancien régime no hacía más que prolongar un satu quo inviable. Pero que el mejor cambio haya sido una Constitución que crea un Estado indigenista, es por lo menos discutible. Por su complejidad bien instrumentada, Suiza puede ser un buen modelo de sociedad multicultural correctamente organizada; y desde que otorgó autonomía a la nación inuit (peyorativamente llamada esquimal), Canadá unida sigue siendo más razonable que si no tuviera a la francófona Québec; ergo también sirve como modelo.
Pero en la ideología indigenista que predomina en Bolivia, el sólo hecho de ser potencias occidentales invalidan a los dos países como modelos a tener en cuenta (no a copiar). Al contrario, se construyó un meandro constitucional que muy probablemente desemboque en un sistema inviable.
El problema es que los presidentes sudamericanos debieron decirle a Evo Morales que, en lugar de pensar en Chávez y en el “etnocacerismo” peruano, la ideología indigenista creada por Humala, piense en Nelson Mandela. En gran líder sudafricano no desaprovechó el desarrollo económico y tecnológico desarrollado por la minoría blanca descendiente de los boers y los ingleses. Tampoco resucitó los órdenes ancestrales de los zulúes y los xhoxas. Lo que hizo fue democratizar el país desmantelando el apartheid (sistema de segregación racial) y creando la igualdad ante la ley y la posibilidad de acceso a la educación que genera movilidad social. Lo demás lo harán los sudafricanos negros. Ya lo están haciendo, con alentadores resultados, mientras Sudáfrica sigue escalando posiciones entre las economías emergentes.
Los líderes vecinos debieron decirle que se inspire en Mandela, pero no lo hicieron. Por eso trata de imponer una Constitución con reminiscencias del Jacha Uma Suyo (Gran Territorio del Agua, en aymará), despertando los fantasmas ideológicos y los espíritus oligárquicos y extremistas de la Santa Cruz blanca y pujante.
Por no haber pensado ayer en Nelson Mandela, es posible que Evo Morales se vea obligado a pensar a partir de hoy en Deng Xiaoping, el líder chino que creó la fórmula “un país, dos sistemas” para que las reincorporaciones de Hong Kong y de Macao resulten viables a sus respectivos pueblos y rentables para China, permitiéndoles conservar sus vigorosos capitalismos.
Más allá de las cifras que arroja el escrutinio, parece claro que el sistema que impone el Altiplano no atrae sino repele a la “medialuna próspera”. Y para que Bolivia sea un solo país, una parte deberá aceptar el capitalismo de la otra, y esa otra comprometerse a la inclusión de las masas indígenas y a la creación de las redes de protección social con que hoy no cuenta.
El pronunciamiento de las urnas cruceñas no tiene valor de ley; pero vale como mensaje claro y contundente. Mientras tanto, tironeado por la utopía regresiva del gobierno y por la agresividad separatista de Santa Cruz de la Sierra, el mapa de Bolivia cruje.
Bolivia: El país de los senderos que se bifurcan
En la normalidad, las palabras voto, estatuto y constitución corresponden al terreno de las leyes. El espacio social y político donde a las relaciones entre los hombres y las estructuras del poder se rigen por normas. Voto, estatuto y constitución normalmente son elementos de la legalidad. Pero en Bolivia no es así. Todo se ha trastrocado a tal punto que una constitución, un estatuto y una votación son factores de caos e ilegalidad.