ETA le apuntó a las urnas españolas

La influencia de la masacre de Atocha y su vuelco electoral de último momento, en el asesinato de un militante socialista humilde y respetado, aparentemente perpetrado por el terrorismo vasco para sabotear las elecciones de este domingo. Y el acierto de la clase dirigente que, a contramano de lo actuado ante el atentado exterminador del fundamentalismo, esta vez unificó actitudes y suspendió la campaña electoral.


En 1973, la organización compró una casona en la calle Claudio Coello, para perforar desde el sótano un túnel que llegara a la mitad de la calzada por la que, todos los días, el almirante Luís Carrero Blanco pasaba con su coche Dodge Dart para asistir a misa antes de dirigirse a su despacho gubernamental.

El 20 de diciembre de aquel año, una poderosa carga explosiva colocada en el túnel dejó el auto presidencial en la azotea de un primer piso, con los cadáveres del almirante y de su chofer.

El magnicidio llevó la firma del Euzkadi Ta Azkatasuna, o sea Patria Vasca y Libertad, más conocida por la sigla ETA. Y España, como el resto de Europa, se paralizó entre el estupor y la admiración.

Después de todo, Carrero Blanco era el presidente títere del general Francisco Franco, la dictadura que impuso el centralismo castellanizante que tanto sofocó a vascos y catalanes en el intento de diluir sus antiguas lenguas y culturas.

Pero cuando llegó la democracia y con ella las amplias autonomías para las otras etnias ibéricas, junto con la creciente debilidad y aislamiento, llegó el brutal envilecimiento del terrorismo separatista vasco.

En ese proceso inexorable aparecieron los tiros en la nuca a personas queridas e intachables.

Cuando ETA más se desespera, aflora su peor calaña y actúa del modo más abyecto. La saña de ese instinto parece explicar el asesinato que perpetró este viernes, en un intento desesperado de perjudicar el acto electoral.

Isaías Carrasco, el hombre que salía de su casa junto a su esposa e hija cuando lo acribillaron a balazos, era un socialista humilde que no ocupaba cargos, no era parte del poder y trabajaba como empleado en una empresa.

Más que dirigente, siempre fue un militante que, con el voto de los vecinos, ocupó una banca de concejal en su ciudad guipuzcoana, Mondragón, y por cumplir su mandato con tanta entrega y calidad ética conquistó el afecto de las bases socialistas y el respeto de los adversarios conservadores.

En síntesis, el hombre cuyo pecho estalló baleado frente a la  perplejidad aterrada de su esposa y su hija, no tenía poder y no tenía dinero, así como tampoco arrastraba culpas, sospechas o cuestionamientos por su gestión como edil ni por sus actividades políticas.

Fue quizás por eso que ETA lo mató. Al fin de cuentas, el dolor y la estupefacción aumentan y desestabilizan cuando la víctima es humilde e intachable, una persona querida, en lugar de gente poderosa y de costados turbios.

Así lo ha hecho cada vez que necesitó horrorizar y entumecer de dolor a España, pero no ha tenido las posibilidades logísticas, militares y técnicas de perpetrar un atentado importante.

Cuando no puede detonar un coche bomba en la puerta de un cuartel o de una sede gubernamental, entonces la mira apunta sobre el pecho o la nuca de un periodista o un legislador o un intelectual o cualquier otro notable de fama acotada y notable respetabilidad.

De ese modo, logra con una muerte el efecto que provocan decenas de muertes por la onda expansiva de una bomba. Logra que España sienta asco, miedo y dolor al mismo tiempo.

A dos días de este domingo electoral, en ETA afloró su peor calaña porque las encuestas anunciaban una afluencia normal a las urnas a pesar del boicot etarra a los comicios en el País Vasco.

Su posición oficial era el llamado a que los vascos no voten. Mientras que uno de los pocos puntos de coincidencia entre el gobernante Partido Nacionalista Vasco (PNV), el Partido Socialista y la oposición conservadora del Partido Popular era la necesidad de contrarrestar el llamado etarra a la abstención, haciendo campaña conjunta por el voto.

Isaías Carrasco era una de las voces socialistas que arengaron estos meses a los vascos para que concurran a las urnas este domingo. Ese fue su rol principal en la campaña. Y su voz era escuchada por el respeto y afecto que había despertado en la gente, como concejal y como militante.

La masacre de Atocha demostró, en el comicio presidencial anterior, que el terrorismo en la antesala de las urnas puede volcar la tendencia electoral a último momento.

Posiblemente, la dirigencia etarra quedó fascinada con el vuelco electoral de último momento que provocó el fanatismo ultra-islamista que despanzurró los trenes y provocó la peor masacre sufrida por Madrid. Y no precisamente porque haya favorecido al PSOE ya que, al fin de cuentas, después de la dictadura falangista ningún gobierno los arrinconó tanto como el de Felipe González, quien hasta recurrió a la “guerra sucia” creando a los comandos GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación), para actuar contra el separatismo armado vasco sin los límites de la ley.

En rigor, estuvo claro que la masacre provocada por el fanatismo ultra –islámico volcó a último momento las urnas contra el candidato oficialista Mariano Rajoy, quien ganaba en todas las encuestas. Pero no por el hecho en sí o porque José María Aznar haya cometido el desatino histórico de firmar el Pacto de las Azores involucrando a España en la aventura militarista de Bush en Irak; sino porque aquel gabinete conservador actuó con indecencia al manipular la tragedia para obtener ventaja electoral.

Daría la impresión de que, embelesados por el logro que la bestialidad fundamentalista logro en el acto electoral que convirtió a Rodríguez Zapatero en presidente, los etarras habrían querido hacer lo mismo con las actuales elecciones; pero como no están en condiciones de un gran atentado, buscaron el efecto revulsivo que generan los crímenes más despreciables.

Y no quedó el auto presidencial del almirante Carrero Blanco en una azotea de la madrileña calle Claudio Coello, sino el cuerpo acribillado de un militante socialista humilde y querido, en los brazos de su esposa y su hija.