El de José Luís Rodríguez Zapatero no fue un gobierno exitoso; pero en modo alguno se trató de un mal gobierno. Desde la transición, un liderazgo sin virtuosismo pero sin taras ni grandes defectos recibe de los españoles el derecho a un segundo mandato, salvo que en la oposición surja una figura excepcional.
Mariano Rajoy no ha sido una figura excepcional, aunque no están en dudas sus virtudes y capacidades. Curiosamente, su mayor virtud no se reflejó en el perfil opositor que impostó, y por eso cosechó su segundo fracaso en el intento de acceder al Palacio de la Moncloa.
Dentro de la derecha española, Rajoy es un moderado, pragmático y dialoguista que por tales condiciones sirvió como articulador entre los sectores extremistas del Partido Popular (PP), o sea los resabios falangistas del franquismo duro y ultracatólico, con el ala liberal y con los conservadores moderados.
Sin embargo, como cabeza visible de la oposición Rajoy impostó durante estos cuatro años una actitud marcada por la radicalidad opositora, llevando sus críticas al gobierno siempre a los umbrales de la histeria.
No fue la forma de gobernar de Rodríguez Zapatero sino la modalidad opositora de Mariano Rajoy la que crispó el escenario político, haciendo que España sufriera convulsiones y estados catatónicos.
El gobierno socialista cometió errores, como actuar con credulidad frente a ETA y con excesiva flexibilidad frente al nacionalismo catalán en el debate sobre el estatuto autonómico; pero la oposición conservadora sobreactuó su crítica presentando tales fallas como las causas de inmediatos cataclismos.
En síntesis, Rajoy no supo calibrar su perfil opositor y la desmesura de su beligerancia opositora es, finalmente, lo que le impidió el éxito en su aspiración de encabezar el gobierno.
Y por qué un dirigente pragmático y moderado actuó en forma radical? Tal vez porque nunca asumió la derrota que sufrió hace cuatro años. Durante aquella campaña electoral, las encuestas siempre vaticinaron su victoria, pero la realidad cambió abruptamente en la antesala de las urnas, no porque la masacre de Atocha haya despertado en el electorado la crítica a Aznar por marchar a la guerra atrás de Bush, sino por la inmoral manipulación de datos sobre el atentado que torpemente hizo el gobierno conservador.
El hecho es que Rajoy nunca digirió aquel resultado, por lo que trató en estos cuatro años a Rodríguez Zapatero como si fuera un intruso, un impostor en el despacho gubernamental que consideraba propio.
La escena más histérica de su oposición radical se vio en el tema ETA. Rodríguez Zapatero se excedió en optimismo al creer que los etarras de verdad estaban dispuestos a dejar la lucha armada. No sólo creyó por demás en sus turbios interlocutores, sino que comparó mal el separatismo terrorista vasco con el independentismo irlandés liderado por Martin McGuinnes y Gerry Adams.
A pesar de su violencia excesiva y a veces indiscriminada, el IRA no alcanzó los niveles de criminalidad de la ETA, ni se convirtió en una mafia como el terrorismo vasco. Además, el Sinn Fein, que significa Nosotros Mismos y fue el brazo político del IRA, no puede compararse con la baja estofa de Batasuna y sus antecesores como voceros políticos de los etarras.
Pero el optimismo excesivo y el error de hacerlo público no revistió la gravedad que expresaba la crítica histérica de Rajoy, quien además olvidaba que también el liberal Adolfo Suárez y el conservador Aznar habían tendido líneas negociadoras para desactivar el terrorismo en una mesa de diálogo.
Fundamentalmente, la dirigencia del PP no entendió que, por la desmesura de Aznar al firmar el Pacto de las Azores involucrando a España en Irak y por el indecente intento de manipular electoralmente la masacre del 11-M, los conservadores estaban obligados a recuperar los equilibrios irresponsablemente perdidos, actuando como una oposición moderada y justa para recuperar la credibilidad de los españoles.
Como la desmesura prevaleció sobre la moderación, Rajoy ejerció una crítica que no se ajustaba a la realidad, sino que la distorsionaba.
Los españoles votaron moderación; por eso Rajoy no pudo desbancar a Rodríguez Zapatero, y también por eso retrocedieron en las urnas todos los nacionalismos regionales que asumieron posiciones radicales.
El lehendakari Juan Ibarretxe, quien intenta llevar la autonomía vasca a los umbrales de la independencia, sufrió un durísimo revés electoral; igual que el nacionalismo radical en Cataluña.
El castigo de los votantes también golpeó fuertemente a Izquierda Unida, que bajo el liderazgo de Gaspar Llamazares había radicalizado su oposición parlamentaria, articulando contra Rodríguez Zapatero un discurso izquierdista casi tan crispante como el de Mariano Rajoy.
Las conquistas más importantes de la transición y el Pacto de la Moncloa fue, además de la democratización, la reconciliación entre los españoles y la unidad nacional en la diversidad cultural respetada mediante las autonomías.
Esas conquistas imponentes dependen de la vocación de diálogo y el ejercicio moderado del poder gubernamental y de la acción opositora.
El primero en salirse de esos andariveles fue Aznar al seguir a Bush y Blair contra la opinión pública española y sin acuerdo con las principales fuerzas políticas del país.
Rajoy tuvo la oportunidad de recuperar el equilibrio perdido, pero calibró mal su discurso opositor. Y el escenario político que dibujaron las urnas obliga al diálogo y a la serenidad, por sobre la crispante confrontación.
"España votó la moderación"
El triunfo de José Luis Rodríguez Zapatero por sobre Mariano Rajoy, así como el retroceso de Izquierda Unida y de los nacionalismos regionales de posición radical, señala la voluntad del electorado de superar el período de crispación política que instauró en estos últimos cuatro años el ejercicio histérico de la oposición.