Utopía, esa palabra tan venerada y enaltecida en los altares ideológicos, debiera sentarse en el banquillo de los acusados de la historia, para responder por los delirios criminales y las acciones de exterminio de tantos líderes y regímenes que la abrazaron apasionadamente.
Si el talibán afgano fue una de las máximas expresiones de la utopía religiosa que en el medioevo encarnó el catolicismo inquisidor y teocrático, el Khemer Rouge de Camboya constituyó el paroxismo de la utopía agraria y colectivista.
En ese pequeño y selvático país del sudeste asiático, situado entre Vietnam, Laos y Tailandia, tras el alegre reinado del príncipe Norodom Sianuk y la posterior dictadura de Lon Nol, se instaló el infierno ideológico cuando la guerrilla del Partido Comunista, inspirada en la revolución campesina de Mao Tse-tung y Chou En-lai, se adueñó del poder en 1975.
Sobre la represión atroz y las políticas delirantes que dejaron casi dos millones de muertos en cuatro años de régimen, empezaron a responder esta semana, algunos de los líderes khemeres, en el marco de uno de los juicios históricos más significativos para entender el atribulado siglo 20.
“Mi nombre es Kang Guek Iev y tengo 66 años”, comenzó diciendo al tribunal internacional, con voz temblorosa y mirada cansada, un hombre de aspecto que irradia mansedumbre. Pero ese hombre, hace treinta años, dirigía S21, la tenebrosa prisión de Phnon Penh, la capital camboyana.
El aparentemente inofensivo Kang Guek Iev era el temido “Duch”, bajo cuyas implacables órdenes murieron vejados, torturados y ejecutados los 17 mil reos que poblaron aquella cárcel donde el régimen amontonaba a quienes acusaba de ser agentes de la CIA o de trabajar para los enemigos comunistas: Vietnam y la Unión Soviética.
Antes de convertirse en el sanguinario Duch, era un joven profesor de matemática. Y cuando fue descubierto y capturado hace ocho años en la pequeña localidad de Svay Chek, Kang era pastor evangelista y voluntario de la organización estatal que distribuye ayuda humanitaria.
El tribunal que en estos días comenzó a juzgarlo, deberá asomarse a esas tinieblas de la condición humana donde la crueldad se disfraza de virtud para aniquilar en nombre de la historia y de la especie. Por esos abismos transitará también al indagar a Khiev Sampán, quien ostentó el cargo de presidente en aquel régimen donde el verdadero dueño del poder fue Pol Pot, el llamado “hermano número uno”.
Por sobre la autoridad de Sampán, recientemente capturado, también estaban Noun Chea, el “hermano número dos”, y Ieng Sary, canciller del régimen y “hermano número tres”.
A ellos seguramente culpará Khiev Sampán en este juicio. Pero por más presidente títere que haya sido, jamás podría borrar su complicidad con el aparato exterminador que perpetró un genocidio a la vista de todos, o sea sin camuflajes ni simulaciones.
Utopía colectivista y agraria
Además de las 17 mil personas que murieron en la cárcel de Phnom Penh torturadas por el temible Duch, otras cientos de miles murieron en los campos de concentración que los milicianos khemeres crearon en todos los rincones de Camboya.
Pero muchos cientos de miles de personas más perecieron hambreadas por una de las utopías más delirantes que registra la historia del siglo 20.
El régimen del Khemer Rouge, dispuesto a borrar hasta las huellas de la sociedad burguesa, abolió el dinero y vació las ciudades, además por cierto de prohibir la religión y la ley por considerarlas, aplicando la teoría marxista, expresiones “supraculturales” de la injusta “infraestructura” capitalista que debía desterrarse.
La colectivización forzosa y la abolición del dinero implicaron de inmediato un colapso económico y productivo que derivó en devastadoras hambrunas. Y a ese desastre se sumó la estrambótica decisión de vaciar las ciudades empujando a la gente hacia el campo, donde “el hombre nuevo”, rescatado de la intoxicante urbe de cemento, se purificaría en el contacto con la naturaleza.
Los que ya no podrían purificarse eran, según Pol Pot y Noun Chea, quienes tenían más de cuarenta años y no estaban afiliados al Partido Comunista. Para el liderazgo lunático del Khemer Rouge, esas personas eran burgueses irrecuperables que debían ser eliminados en el altar de la sociedad nueva y pura.
Más grave que el genocidio en sí, es el hecho de que el régimen lo ejecutara a través de niños, esos espíritus no intoxicados por la cultura burguesa.
En lo que constituyó una atroz criminalización de la infancia, decenas de miles de niños fueron los encargados de las torturas y ejecuciones perpetradas masivamente en los campos de concentración.
Aquel infierno terminó cuando en 1979 Camboya fue invadida por el ejército de Vietnam, país pro-soviético por entonces gobernado por Ho Chi Ming y enfrentado con el comunismo chino.
A partir de entonces, comenzó a aflorar la escalofriante historia del genocidio camboyano. Y el mundo conoció el reino de la crueldad que durante cinco años hizo regir un grupo de alucinados por los utopismos ideológicos.
Por eso en este histórico juicio iniciado casi treinta años después de la caída del régimen de Pol Pot (muerto en la selva, como un fugitivo, en 1998), en el banquillo de los acusados debiera estar también esa antigua palabra de raíz griega (ou-topos: ningún lugar), que bautizó el método platónico y con la que Tomás Moro denominó a la sociedad perfecta.
Al fin de cuentas, a pesar de seguir siendo venerada en altares ideológicos, fue en nombre de la utopía que los regímenes más delirantes conducidos por fanáticos “virtuosos”, escribieron la desopilante historia de los crímenes bienintencionados.
Histórico juicio a la utopía agraria
Un tribunal internacional comenzó a juzgar a los líderes del régimen comunista del Khemer Rouge, que perpetró un genocidio en Camboya.