Comentarista invitado: el show de Bob Dylan según un lector de MDZ

Leandro es un lector permanente de nuestro diario. Viajó a Buenos Aires para disfrutar del show de uno de los grandes de la canción mundial. Lo vivió de tal manera que se despachó con este material. Entrá y viví en carne propia un concierto distnto.

Foto: AFP
Foto: AFP

Sabía que no iba a ser un recital más. Porque el hombre no es un artista más, ni un poeta más, ni un músico más. Era él. Y en la historia del rock y de la música popular, al nombrarlo hay que ponerse de pie.

Iba a ver al hombre que a los 22 años ya estaba cambiando el mundo con su guitarra y sus prédicas; el que fue portavoz de varias generaciones. El que un día cambió la guitarra acústica por la eléctrica y revolucionó para siempre la estética y sentido de las letras del rock.  El que cambió la cabeza de la dupla Lennon-Mc Cartney, e hizo que a partir de conocerlo,  Los Beatles fueran otros Beatles, al igual que tantos otros.

No existe una estrella de Rock que no lo tenga entre sus influencias más importantes; sus grandes canciones han sido versionadas por todos y su música ha cruzado todas las fronteras. Sólo él, de origen judío, pudo haberse convertido al cristianismo, cantar frente al Papa Juan Pablo II en un Congreso Eucarístico, para luego volver a su religión anterior. Iba a ver a un Poeta,  un músico,  un escritor, un actor,  un pintor, y varias cosas más.

Iba a ver al hombre del que más libros sobre su vida se han escrito, y respecto del cual más he leído.

Quince minutos antes del show se me cruzaban por la mente todas sus caras: la de niño con Joan Baez frente a miles de personas en el Capitolio, esa de sus primeros discos, de la época del Greenwich Village; su cara de rocker a partir de la tremenda trilogía (Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde); su cara pintada y “setentosa” de su gloriosa gira “Rolling Thunder Revue”; la imagen descarnada de Blood on The Tracks, y miles de imágenes más.

Lo iba a ver, era el día. 27 de abril de 2012, fila 1, Teatro Gran Rex, Buenos Aires. Asi decía la entrada. ¿La gira? Never Ending Tour, su gira interminable que lleva 24 años…

El Gran Rex, con sus 3.500 butacas ocupadas… Al lado mío, gente que lo venía siguiendo de sus conciertos en Brasil, lo iba a seguir a Chile, y no se hasta donde más.

Y pasadas las 21.30 apareció, con su sombrero característico y su estampa inclaudicable. Sin saludar arrancó con “Leopard-Skin Pill-Box Hat” de Blonde on Blonde. Sus músicos, increíbles cambiaron de instrumento en casi todos los temas: guitarra eléctrica, acústica, mandolina,  steel guitar, banjo,  violín, bajo acústico, eléctrico y contrabajo.

La música que escuché fue una mezcla de blues, bluegrass, rock, a veces country, y si bien él nunca tocó con guitarra acústica, sus raíces folk también se hicieron sentir. Fue increíble verlo manejar a su querida “banda”.  Sabe todo lo que pasa en el escenario: controla todo con una mirada, una sonrisa, y con un gesto de sus manos. Los tiene a todos “electrizados” con él, porque improvisa y les hace cambiar la rutina con giros inesperados. Y se percibe la cara de entusiasmo de los músicos cuando los hace jugar así. Aun detrás suyo, sabe todo lo que pasa en cada momento.

El Gran Rex, una acústica maravillosa.

Es sabida su poca comunicación con el público, pero la realidad no es así: los artistas comunican con su obra, cada vez que empezaba un tema miraba al público para ver su reacción, y esa es la mejor comunicación que un artista puede tener con su gente, transmitir su obra.

Reconozco que fue difícil seguirlo y es su juego: sus clásicos cuesta cantarlos con él, ya que cambia la rimas y los ritmos cada noche, y eso que todos te dicen: “que a veces te das cuenta qué tema canta cuando llega el estribillo…” confieso que me paso nada más ni nada menos que con “Desolation Row”. Nadie es perfecto.

A partir de este tema en adelante, refiné los sentidos y fui descubriendo antes de su estribillo a Highway 61 Revisited y sobre todo, a los temas que pusieron fin al concierto. Si me hubieran dado la oportunidad de elegir los últimos cuatro temas del show, hubiera elegido no menos de tres de los que tocó.

Fue apoteótico escuchar seguidos estos temas: Ballad Of A Thin Man, Like A Rolling Stone, All Along The Watchtower, y para tener guardado ese recuerdo para toda mi vida, el final con Blowin' In The Wind. 

Me fui del Gran Rex caminando por Corrientes, con esa gran frase rebotando en mi cabeza: “Cuantos caminos debe recorrer un hombre antes de lo llamen hombre, sabiendo de antemano que la respuesta, como todo, está siempre flotando en el viento.

Ahhh! me olvidaba de decirles: vi a Bob Dylan.

Leandro M.