Desde la Revolución Industrial en adelante, hace unos 250 años, tuvimos muchas evidencias en nuestras manos, además de una máquina de vapor.
Esta vez, destaquemos especialmente dos: la dañina separación del hombre respecto de su medio ambiente y la necesidad de los artistas llevar a sus propias vidas los postulados de su arte, algo que conocimos con el nombre de Romanticismo.
Un mal día, no hace mucho, el mundo comenzó a resultarnos ajeno, distinto de nosotros. Ese mismo día, el arte dejó de ser definitivamente una herramienta del poder de turno y el artista, rebelado, se izó como un mástil –también de manera definitiva– contra la estupidez del hombre. Cuesta entenderlo, es cierto, es trajinoso desenhebrar sus mensajes, pero el mandato final es uno solo: volver a la raíz.
Y esto algunos lo hacen muy bien. Y otros son francamente horribles. Hoy, hablaré de uno de los artistas más genuinos de Mendoza, uno de esos que –a través de su obra– reconcilia al hombre con el mundo.
Marcelino Azaguate se llama y tiene el don de volver tierra y música todo aquello que toca. Ayer, en un Independencia con quinientas almas azoradas, presentó su primer disco –largamente esperado por aquellos que lo admiramos–. Y fue una fiesta. Marcelino nos volvió a la raíz a bordo de su mirada de folclore cuyano, no sólo porque es talentoso, sino también porque es creíble.
Salto al vacío
Hay que decir a esta altura que Marcelino es huarpe y que el espectáculo comenzó con una ceremonia de agradecimiento a la Pachamama. El Negro despejó un montón de tierra del centro del escenario y, de ella, hizo parir una escultura del gran Fausto Marañón (otra de las maravillas que el departamento de Las Heras ofrece al mundo). Hubo vino, entonces, para la tierra y para los amigos y hubo también una plegaria compartida entre las palabas del músico y el silencio de su público.
Después, abrió su repertorio cuyano, como un abanico amarillo y verde de jarillas. Azaguate, sus músicos y sus músicos invitados, abrieron la noche a un gozo extraordinario. Allí sobre el escenario, brilló ese puñado de jóvenes artistas, francamente, de lo mejor que hemos dado como sociedad.
Digamos sus nombres, por supuesto: Raúl Reynoso en guitarra, guitarrón y cuatro; Pablo Azaguate –hermano de Marcelino– en percusión, sikus y tarka; Sebastián Narváez, en guitarra; Llahue Azaguate (hijo del artista) en percusión y Franco Cabrera, en tercera guitarra. Con ellos, unos invitados de lujo, nada menos que el dúo Tilín Orozco – Fernando Barrientos, Goy Ogalde y la bella Verónica Condomí.
Tonadas, cuecas, huayno, zambas, vidalas y coplas fueron parte del repertorio. Por suerte, para aquellos despistados que anoche se perdieron una noche de oro en el Independencia, hay un flamante disco para seguir la pista de este huarpe bien lasherino que –con su arte– conecta al hombre con el hombre. Y lo salva.