Corre un poco la cortina del probador donde se está vistiendo y sólo asoma una mano.
Estira sus dedos en el aire hasta alcanzar la mesa, tantea de un lado a otro en busca de su Blackberry que acaba de anunciar un nuevo mensaje de texto.
Lo encuentra y lo lleva con ella dentro del telón negro donde nadie la ve. Pero la privacidad dura muy poco... Se desvanece por completo con su alarido: “¡¡Bien!! Hay una hembra. Lo mando a buscar ahora mismo”, dice.
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