La grandeza de una artista generosa

Dueña de una voz inmensa, Mercedes Sosa fue una artista con mayúsculas. Pero también dueña de un corazón generoso, lleno de amor, donde Mendoza tuvo un lugar de privilegio, como parte de un agradecimiento eterno.

Gracias a mi profesión tuve la suerte de vivir muchos momentos junto a Mercedes Sosa, como un viaje a Estados Unidos, donde compartimos avión y ¡me invitó a cenar en Primera Clase, para no comer sola!  Luego, paseamos por Beverly Hills, junto a Tilín Orozco y Alejandro Lerner;  o en Catamarca, con aquel encuentro en el camarín de la Virgen del Valle, donde la emoción nos embargó a todos los presentes; o el festejo de su cumpleaños en la bodega Zuccardi, junto a músicos mendocinos y un sinfín de amigos; también recuerdo aquella áspera discusión en la intimidad de un improvisado camarín,  con su querido tecladista Popi Spattoco, en el Festival del Orégano en Pareditas (en una noche bizarra, donde nadie podía dar crédito a lo que estaba sucediendo, la “Negra” había cantado para ellos, en ese paraje de San Carlos) y otros más.

Pero el más afectuoso, el que invade recurrentemente mi memoria, fue cuando invitó a mis hijos a tomar el té, una tarde de verano, en el Park Hyatt. ¡Qué loco! Mis hijos, sentados a la mesa con una de las artistas más grandes que ha dado esta parte del continente, compartiendo  galletitas con chips de chocolate y sonrisas...

Puro afecto. Como en toda su vida. Desparramando amor, a diestra y siniestra. Hasta en sus peores días, en esos donde una mirada te podía fulminar. Siempre había amor.

Mercedes tenía una grandeza inusual entre los mortales. Usó el escenario para presentar y apoyar nuevos valores (Orozco-Barrientos, Juan Sebastián Garay y Pocho Sosa, entre otros comprovincianos). Les dio una mano única a otros que necesitaban mostrarse. Y siempre, con un consejo a flor de piel.

Como periodista, no había cosa más linda que entrevistarla. Respuestas concretas, cargadas de sabiduría, definiciones osadas, críticas jugadas y, como regalo del cielo, susurrar al oído del entrevistador una canción. Sí, la “Negra” te cantaba con el alma pedacitos de canciones, mientras hablabas con ella.

También había lugar para admirarla manejar su auto, una pasión que la mantuvo hasta hace muy poco tiempo, “peleando” con su hijo Fabián para que la dejara conducir hasta el próximo peaje.

Mercedes era madraza, en todo aspecto, llamando a Charly García cuando estaba enfermo o exigiéndole a Piero –en un Festival de la Tonada- que cantará sus canciones más conocidas porque el público había ido para oír eso.

Fue una artista de ley, que padeció de los más terribles dolores físicos (llegó a subir en silla de ruedas a los escenarios mendocinos) y dolores del alma, como cuando estuvo exiliada en París.

Y siempre aparecía  Mendoza… tierra de sus afectos. Lugar donde cosechó sus primeros aplausos, donde concibió a su hijo, donde están sus amigos que nunca abandonó. Fue nuestra embajadora, por más tucumana que fuera.

Hoy, Mercedes acaba de entrar a la inmortalidad. Hoy, sus canciones sonarán más bellas que nunca. Hoy, su voz renacerá.

Su corazón libre y su canto comprometido seguirá siendo el faro que iluminará a varias generaciones más.

Gracias por tanto.

Gracias.