Iñaki Urlezaga se presentó ante un Bustelo despoblado

Con media hora de retraso comenzó anoche el espectáculo que el primer bailarín del Duch Nacional Ballet de Holanda brindó junto al Ballet Concierto. La puesta se sostuvo en ajustadas y precisas coreografías; y salvo algunas excepciones, los bailarines despuntaron prolijidad pero no hubo atisbos de virtuosismo. Hubo unas 400 personas.

Escena de "Bolero", de Maurice Ravel. Foto: Gentileza
Escena de "Bolero", de Maurice Ravel. Foto: Gentileza

Minutos después de las 22, los primeros acordes de la obra que inauguró el espectáculo comenzaron a sonar ante una platea prácticamente despoblada (400 espectadores no es cifra menor, pero en este caso es la quinta parte del auditorio). Estuvieron presentes el intendente capitalino, Víctor Fayad y la Directora de Cultura, Micaela Taber.

Recibido con aplausos, ingresó Iñaki Urlezaga acompañado de su partenaire, Eliana Figueroa, para ofrecer la primera de las obras del programa “Pas des esclaves”, un pas de deux con coreografía de Lilian Gionave y Marius Petipa, y música de  Ricardo Drigo y Adolphe Adams.

La obra signó la impronta clásica de la noche –las otras tres tuvieron un marcado estilo neoclásico- permitiendo que Urlezaga hiciera gala de su precisión para los saltos y las piruetas, y que Figueroa se luciera en la técnica.

A continuación llegó “Noches Rojas”, uno de los estrenos mundial del Ballet Concierto. Con fuertes reminiscencias flamencas, tal como había anunciado el bailarín a la prensa, la pieza transitó la fuerza y la pasión gitana poniendo el acento en la recreación de la figura del “bailaor”.

Con música de Paco Lucía, Isaac Alberiz y R. Angeroso, y coreografía de Omar Saravia, el estreno estuvo integrado por un trío, dos dúos, grupos y un solo a cargo de Franco Cadalgo -que recibió un merecido aplauso por sus ajustados pasos y sólida presencia escénica-.

Los rodetes y amplios vestidos, amarillos y negros, de las mujeres así como el negro y rojo de los hombres, ayudaron a recrear la atmósfera gitana.

Después de un intervalo, llegó “Tangó” y el Bustelo se impregnó con los tangos de Astor Piazzolla. Portadores de una mística indescriptible, los temas nutrieron el momento impriendo aquellas sensaciones que le son tan propias.

Tal como en el anterior, grupos, un dúo y el solo del reconocido bailarín –cuya interpretación redundó, por momentos, en un dramatismo exagerado- integraron esta composición coreográfica de J. López.

Aquí es importante destacar el segmento de los jóvenes bailarines del ballet, quienes vestidos con pantalón, torsos desnudos y gorras, evocaron desde el cuerpo en movimiento la ciudad, al “guapo” y a los antiguas milongas en las que la danza nacía entre los hombres.

Finalmente, después de un segundo intermedio, llegó el anunciado “Bolero” de Ravel, obra de inmortalizó a Jorge Donn por la interpretación que hiciera en 1979. Una gran pantalla sobre la que se proyectaron imágenes abstractas sirvió de acompañamiento para esta última pieza que incluyó a 13 bailarines y que tuvo como ejes principales el erotismo y pasión que desprende toda relación amorosa.

Tras dos horas llegó el final que estuvo signado por plausos y bravos –la mayoría de los espectadores se pusieron de pie-.

Avatares detrás del acontecer de un hecho artístico
A veces hay detalles que, aunque escapan de lo que es el espectáculo en sí mismo, no dejan de ser parte constitutiva y vital de él y por ello merecen ser mencionados.

Una de ellos tiene que ver con los espectadores, en particular, con ciertas personas del público que no se acostumbran a respetar las normas que implican asistir a un espectáculo. Si antes de comenzar se nos recuerda que “está prohibido sacar fotos con flash por seguridad de los bailarines”. ¿Por qué entonces algunos espectadores, descaradamente, hacen caso omiso del pedido?

El otro detalle, que no es menor, tiene que ver con el espacio escénico. Sabido es la problemática de las salas que se vive en Mendoza -de la falta de espacios adecuados debido al cierre o los costos de alquiler-, sin embargo, todo espectáculo tiene requerimientos técnicos precisos que deben ser cumplidos, de allí que algunos espacios no siempre resultan adecuados. Es por eso que anoche desde una segunda fila -el auditorio no tiene las mismas dimensiones de un teatro- podía verse qué sucedía entre bambalinas.

La última de las ideas, que quedaron flotendo en la mente de quien escribe, está centrada específicamente en el artista principal, Iñaki Urlezaga. Dos cosas son innegables: por un lado su trayectoria y talento, pero por otro que anoche no brilló sobre el escenario mendocino. Quizá por la falta de público o porque una función nunca es igual a la otra pero lo cierto es que su actuación en Mendoza se vio teñida de cierto desgano o desmotivación que se tradujo en sus apariciones siempre correctas- en el escenario.