Si bien no existe una regla de oro que nos permita saber cuándo es el momento ideal para el cambio de calzado, hay algunos factores que indican cuándo una zapatilla ha superado su vida útil.
Éstas deben renovarse cuando pierden sus cualidades para estabilizar, amortiguar y aportar comodidad al pie. Lo más comun es calcular la cantidad de kilómetros corridos con ellas, que se establece entre los 500 y 800 kilómetros , dependiendo del tipo de zapatilla, de la técnica de carrera utilizada, del peso corporal del corredor y de la superficie por donde se entrena habitualmente.
Pero, además de la distancia recorrida, es importante prestar atención al estado general del calzado para evaluar si conviene seguir utilizándolo o no. El desgaste de la suela es el primer indicador de que las zapatillas necesitan un cambio, y por la forma en la que se desmarca el dibujo, las corredoras también obtienen información acerca de la forma en la que pisan. Esto resulta útil para diagnosticar problemas de técnica que pueden y deben ser corregidos para evitar lesiones, y para mejorar el rendimiento.
Otras veces, la aparición de molestias en las rodillas, calambres o fatiga en el tronco inferior, son indicadores de que las piernas deben realizar un trabajo extra en cada zancada, y esto puede deberse a que la zapatilla está en mal estado y tus pies piden a gritos un nuevo par.
A la hora de hacer la inversión, lo ideal, además de probarlas en el local, es tratar de conseguir media talla o una talla más grande de lo que se usa habitualmente con otros calzados como zapatos, sandalias o tacos. Esto es porque la longitud del pie suele aumentar cuando corremos, tanto por la inflamación propia de los músculos en movimiento, como por la disminución del arco del propio pie; usar zapatillas demasiado ajustadas puede provocar la aparición de ampollas, uñas negras o incluso adormecimiento en plena sesión de entrenamiento