1916 preguntas y ninguna respuesta

Mendoza sigue mostrando uno de los salarios más bajos del sector privado, que es el que debería producir riquezas. Mendoza ha entrado en un letargo donde nos parece norrmal que los empresarios para ser competitivos tengan moneda devaluada, paguen salarios muy bajos y reciban subsidios del Estado.

El INDEC informó esta semana que el salario promedio del sector privado registrado, en Mendoza, fue de $ 1916, muy por debajo de la media nacional, de $ 2.385, y por debajo de las principales ciudades del país, y más cerca de las provincias más pobres.

Releer cada tanto estas estadísticas llena de bronca y de interrogantes pero no aparece ninguna respuesta. Porque esto no es nuevo. Personalmente llevo más de 15 años manejando estas estadísticas, escribiendo hasta el cansancio, difundiéndolas en charlas públicas, hablándolas con políticos, sindicalistas y empresarios.

Siempre que doy estos datos, planteo que puede haber dos respuestas posibles, ó tres. La primera, es que los sueldos son bajos porque los empresarios son unos miserables a los que les gusta esclavizar a sus empleados con sueldos de hambre mientras ellos se pelean para ver quien se construye la mansión más fastuosa en lujosos barrios privados o quien tiene el último modelo de auto importado y una cantidad mayor de estupideces que hace al “ser mendocino”.

La segunda alternativa es que Mendoza abandonó hace muchos años el camino de producir creando valor. Claramente Mendoza crea cada vez menos riquezas y por lo tanto la distribución es muy magra porque al ser escasa, no hay  un sistema de distribución sino de apropiación por parte de los más aptos, con un método bastante selvático que nos hace retroceder hasta los tiempos del más duro mercantilismo.

La tercera opción es una combinación de las dos anteriores, es decir, empresarios miserables que no reinvierten en su negocio, no crean riquezas y viven holgadamente mientras pagan salarios vergonzosos. Tampoco hay políticas que estimulen la creación, la innovación y la inversión.

Cualquier opción que el lector elija como respuesta lo llevará a un callejón sin salida, sobre todo cuando busca respuestas en la política, en la dirigencia empresaria o en la misma dirigencia sindical. Incluso, no aparecen las usinas de ideas, centros de inteligencia que aporten ideas claras para salir de este terrible letargo.

Digámoslo claramente. Hace mucho tiempo, Mendoza eligió el camino de la pobreza y hacia ese destino se dirige casi con convicción, porque todas las acciones que se toman reafirman la misma dirección: la pobreza.

Pero lo más grave es que nos está pasando lo del sapo que calienta a fuego lento. Nos vamos acostumbrando y creemos que es normal. Nos acostumbramos a que nuestros empresarios nunca sean competitivos si no cuenta con la moneda muy devaluada, salarios muy bajos y subsidios del Estado. ¡Esos empresarios no sirven para nada! Solo sirven para ellos mismos.

Pero además, hemos creado una realidad social a la cual se adaptan los empresarios que llegan de afuera. ¿Por qué pagarían salarios más altos de los que paga el mercado? ¿Por qué pagarían salarios más altos que los que los trabajadores aceptan?

Mendoza se quedó atrasada en el tiempo viviendo de glorias pasadas, que no eran tan gloriosas. La agroindustria hizo ricos a algunos, les permitió vivir regularmente otros, pero también generó mucha pobreza. En aquellos tiempos, la hipocresía mendocina destinaba el pedemonte para los pobres, de manera que no los vieran desde la coqueta calle San Martín.

Pero a pesar de las actitudes de hipocresía clásica de nuestra clase media, en aquellos tiempos los pobres tenían expectativas, sabían que con esfuerzo podrían llegar a cambiar su situación. Conozco muchísimos casos de profesionales nacidos en hogares de trabajadores muy humildes que consiguieron su graduación universitaria con mucho esfuerzo y sacrificio, pero sabiendo que había expectativas.

Hoy estas expectativas han desparecido. Ni la clase política ni la clase empresaria son capaces de darnos un mensaje de futuro. Los políticos no tienen ideas y los empresarios hacen la suya. Mientras tanto, ni los pobres tiene expectativas, pero hay más grave. La clase media empobrecida es que la libra una batalla dura contra toda iniciativa que cambiar el sistema.

Todos se oponen a que haya más casinos, se oponen a la minería, los farmacéuticos se oponen a que les lleguen competidores, los empresarios en general piden protección y, además, están los empleados públicos.

Ser empleado del Estado se está transformando más que en un trabajo en una casta social. El empleado del estado tiene estabilidad de por vida en su cargo, algo que no tiene el empleado privado. Ahí nomás se está violando el principio de igualdad ante la ley. Además trabajan 5 horas diarias y sus dirigentes sindicales, asesorados por virtuosos economistas, piden un sueldo equivalente a una canasta que vale 4.500 pesos mensuales.

¿De donde sale la plata para pagar los sueldos de los empleados del Estado? De los impuestos que pagan las empresas y los particulares, pero en una sociedad que no genera riquezas, esos pagos son cada vez menores, con lo que volvemos a lo mismo de antes.

Los salarios promedio de los empleados del estado mendocino son levemente superiores a los del sector privado, con la diferencia que los que trabajan para el Estado lo hacen 25 horas semanales, mientras los privados trabajan, como mínimo, 40 horas semanales. Estos pueden ser despedidos y los estatales no.

Sin embargo, los empleados estatales pueden hacer huelgas, dejar vacías las escuelas y los hospitales, que saben que nunca perderán su trabajo. Este es el mejor ejemplo de cómo la riqueza no se reparte por distribución sino por apropiación.

Las respuestas del Estado no han estado a la altura del diagnóstico. El problema de los políticos no es que no sepan la respuesta. El problema es que no saben la pregunta. No tiene el diagnóstico y entonces hacen todo por impulsos pero sin una orientación clara y seguimos siempre como el perro que se quiere agarrar la cola, en el mismo lugar.

Los políticos también fueron entrampados por los empresarios. Los productores dijeron que si nos los subsidiaban, tiraban producción en el carrusel de la vendimia o en la explanada de la Casa de Gobierno, y el gobernador cedió y les dio lo que querían. La semana pasado, el dueño de una importante cadena de farmacias local amenazó con cerrar sus negocios si dejaban entrar a Farmacity,  y el gobernador cedió con un decreto a todas luces inconstitucional.

Seguimos escondiendo la basura debajo de la alfombra. La realidad de nuestra masa trabajadora es más preocupante aún. Más del 50% de quienes trabajan no tienen estudios secundarios completos. Ante esta brecha formativa con la realidad tecnológica no podremos alcanzar nunca el último vagón.

Es hora que los políticos se hagan responsables, que los empresarios se hagan responsables y que los sindicalistas también asuman lo suyo. Pero es necesario que la sociedad deje su actitud perdedora, mendicante y necrófila. Mendoza va camino a la pobreza y no nos podemos dar el lujo de buscar un culpable para descargarle nuestra bronca. Hay que encontrar soluciones y hay que encontrar el camino. Es urgente.