Los políticos argentinos nunca han sido muy creativos. Siempre han tratado de hacer política con dinero, nunca con ideas. Esta es una opción facilista: hacer política gastando dinero (repartiendo, comprando, regalando, dando crédito barato), es más sencillo que hacerla pensando y creando (incentivando, motivando, creando nuevos servicios, mejorando, facilitando accesos a bienes básicos sin tener que regalarlo, etc.). Por eso, la falta de ideas los ha hecho “adictos al gasto”. Les encanta gastar mucho, comprar, despilfarrar, regalar, aunque recauden poco o nada. No se preocupan demasiado por tener que pagar sobreprecios, contratar gente amiga o hacer obras de dudosa utilidad para la gente.
Pero tampoco les pongamos cero en creatividad: hay que reconocer que, en su afán por gastar y gastar, siempre se las ingeniaron para encontrar una “olla para raspar”. Esto no es nuevo. Perón se gastó las enormes reservas que nos había dejado nuestro rol de proveedor de combatientes en la Segunda Guerra Mundial. Repartió mucho dinero y eso le gustó mucho a la gente, pero cuando terminó su gobierno casi no teníamos reservas en el BCRA.
Más tarde, los militares del Proceso se gastaron toda la plata que pudieron pedir prestada a los bancos extranjeros que trataban de colocar de alguna forma los “petrodólares” que los árabes les habían depositado luego de los dos shocks petroleros de los 70. En este caso fue peor que en el anterior porque aún así, la economía nunca vio los resultados. Años después Alfonsín, impedido de endeudarse por la crisis de la deuda latinoamericana, encontró otra “caja” ya que utilizó la emisión de dinero para poder gastar sin parar. Abusó tanto de ese financiamiento que terminamos con una hiperinflación e hiperpobreza. Menen creyó haber aprendido y se comprometió a no emitir para no generar inflación, pero eso nunca pensó en la prolijidad ya que nada le impidió aumentar el gasto en forma exponencial y financiarlo con más y más deuda. Como era un “buen alumno” todos le prestaban y él gastaba y gastaba… Kirchner volvió a aprovechar el excelente contexto externo para, con las jugosas retenciones, poder financiar aún más, mucho más gasto.
Siempre más y más gasto. Ninguno pensó nunca en la prolijidad fiscal. Lo importante nunca fue moderar el ritmo del gasto, racionalizarlo o repensar su estructura; lo prioritario siempre fue descubrir (y agotar) alguna nueva fuente de dinero para financiarlo. Quien descubría una nueva fuente y abusaba de ella era bien tratado por el electorado (mientras la fuente duraba, claro). Quien proponía algún tipo de ajuste, era denostado por la opinión pública. ¿Por qué hablar de ajuste si siempre hay plata para gastar, malgastar y repartir?
Pensando en estas conductas, la reciente decisión de pagar la deuda al Club de París me genera sensaciones contrapuestas. Esto tiene que ver con lo que una vez me decía un amigo, que no es especialista en economía ni ninguna otra ciencia afín pero que tiene un notable sentido común: “Cuando escucho que aumenta la recaudación, me da escalofríos. Más plata en manos del gobierno me parece inútil y hasta peligroso”.
Empecemos por la parte buena. Estimo que el pago al Club es una medida razonable en el complicado contexto actual, pero hay que reconocer que también muestra que el gobierno sigue "corriendo detrás de los acontecimientos" y que decide estas cosas obligado por las circunstancias y no como parte de un programa de política económica coherente y de largo plazo. Así, hace unos días la presidenta decía que arreglar con el Club de París no estaba entre las proridades y hoy, sorpresivamente incluso para sus ministros, decide el pago completo. Massa la semana pasada lo desmentía categóricamente y ahora dice que “él ya lo sabía”. Es difícil saber entonces si lo hace convencida, si lo ha pensado, silo ha debatido con alguien o como un recurso desesperado para evitar un mal mayor. Pero lo que a nosotros nos interesa ahora es que lo hizo.
Entonces, en una primera impresión, la veo como una buena noticia. Muchos estábamos reclamando que se normalizara esta situación y seríamos necios si ahora dijéramos que es una medida equivocada. En tal sentido, cuando la vi en los diarios digitales sentí que por primera vez en su mandato Cristina K nos proponía una medida razonable de política económica. A la altura de los acontecimientos que estábamos se había vuelto una opción casi ineludible.
Pero por el otro lado también me produce cierta angustia. Muchos reclamaban una medida como esta, por temor a que en los dos años que vienen el gobierno no pudiera hacer frente a sus abultados compromisos externos (intereses y pagos de capital), con un superávit fiscal que va adelgazando. La idea de este reclamo era que si arreglábamos con el Club, volveríamos a tener algún financiamiento y podríamos "patear hacia adelante" (refinanciar) algunas de las deudas que vencen, generando un alivio financiero. Y creo que precisamente este es el objetivo fundamental del gobierno: sacrificar ahora algo de reservas para poder seguir endeudándose en 2009 y 2010, sin tener que hacer retoques ni ajustes a su desordenada y caótica política fiscal. No me convence mucho esta idea de que el gobierno quiere mostrarse al mundo como un “buen deudor”; si lo fuera no manipularía los índices de inflación para pagar menos por la deuda que ajusta por CER.
En este sentido, lo que creo es que con este pago el gobierno busca (todavía no me animo a afirmar que lo consigue) es alejar la presión que significaban los vencimientos de deuda y así puede seguir aumentando el gasto más de lo que aumenta la recaudación (como lo viene haciendo hace más de un año), sin preocuparse por tener que generar un ahorro para cumplir con esos pagos. Esto va a ser clave en un año electoral como 2009, donde ya el oficialismo arrancará debilitado, tiene que recuperar terreno y quiere hacerlo utilizando su instrumento preferido: más gasto. Si se le venía encima el fantasma de un ajuste fiscal, las cosas se le iban a complicar mucho más. Ahora, que parece que lo ha esquivado (al menos esa ha sido su intención) la situación se le puede descomprimir y podrá seguir gastando.
Tal vez algunos ingenuos (me incluyo) llegamos a pensar en estos meses que las dificultades para afrontar los vencimientos de deuda futuros llevarían al gobierno a realizar políticas de gasto más responsables y a poner en orden sus cuentas, de manera de generar un excedente. Esa posibilidad ahora se aleja definitivamente. Si este pago habilita al gobierno para endeudarse más (o refinanciar lo que debería pagar), la prolijidad fiscal ya no será una prioridad. Es como si un adicto a las drogas decidiese hacer un breve tratamiento de desintoxicación, tan solo para luego poder seguir drogándose sin tanto riesgo, pero sin verdaderas intenciones de redimirse o cambiar su comportamiento.
Si el gobierno hubiera tenido una verdadera voluntad de acomodar su situación fiscal y volverse un “deudor cumplidor”, lo mejor hubiera sido proponer un plan de recuperación del superávit fiscal que permitiera llegar a un acuerdo con el Club de París, para avanzar en el pago de la deuda a lo largo del tiempo. Esto es lo que haría un deudor responsable: pensar en generar un ahorro genuino y sólido para ir pagando sus deudas. Lo que propone Cristina es distinto: cancelar un pasivo con activo (las reservas), como el deudor que vende el auto para pagarle al banco y poder pedirle prestado de nuevo más adelante.
Por eso es que este pago me parece oportuno pero no deja de generarme cierta angustia. Porque veo que las posibilidades de volvernos serios y creíbles a los ojos del mundo se desvanecen. Porque creo que el deseo de gastar sigue siendo irrefrenable y esto no es sino habilitar una “ollita más para raspar un tiempo más”. No creo que los inversores externos, a quienes los funcionarios del gobierno dicen querer seducir, lo vean de otra manera.