Para reparar, a veces hay que romper

No suele ser una palabra amable porque romper suele asociarse con perder. Y puede que sea cierto pero también es posible que, en el proceso de quebrar, aparezcan ganancias impensadas o se liberen pesos insostenibles.

Foto: GETTY IMAGES
Foto: GETTY IMAGES

Hay distintas maneras de arreglar cosas y, entre otros, los modos tienen que ver con el material y el tiempo del que disponemos.  Así, podemos atarlo con alambre o colocar una suerte de parche hasta que el objeto en cuestión aguante.

Esto, en los casos en que aquello no se haya ganado nuestra estima o no tengamos tiempo ni dinero para hacer una refacción más profunda o duradera.  Es probable, incluso, que la opción aquí también sea sacar de la vista el artículo, esconderlo o dejarlo en el cuartito de todo lo que no usamos.

Otra forma de reparar algo que está resquebrajarse es, justamente, terminar de romperlo para poder arreglarlo con mayor detalle. Es el típico caso de las calles y veredas que quedan mejor cuando, en lugar de bachear, la retroexcavadora de cuenta de lo poco sano para cambiar la estructura y la carpeta asfáltica en su totalidad.

No se trata, en estos casos, de tirar una bomba en cualquier sitio sino de observar y elegir qué podemos romper para luego comenzar a rearmar, reparar, abrazar,  cobijar y, por qué no, dejarlo mejor que antes como algunos muebles restaurados.

No somos cosas que no sienten dolor al romperse pero, ¿Cuántas hemos elegido atar con alambre o maquillar alguna incomodidad como para seguir andando sin cortar el ritmo? ¿Cuántas, hemos escondido debajo de la alfombra aquello que nos ha dolido o hecho ruido porque no podemos ni estamos listos para hacernos cargo de eso?

Postergar algunos desafíos tiene mucho que ver con el autocuidado y, si elegimos asumirlos porque declaramos un basta, ya no queremos ocultar (nos) algo o ir en contra de lo que nos pasa, el mejor camino posible a veces es el de la conciencia, el diseño, el “cortar la calle” para que nadie pase hasta que esté casi como nueva… Y a veces lleva mucho tiempo volver a habilitarlas.

Cada uno tiene su tiempo y su momento para asumir aquello que le susurra al oído. No es sencillo, por caso, terminar con alguna relación, aceptar algo que no podemos cambiar, digerir una ofensa o encarar cualquier cambio en nuestra vida.

Sin embargo, muchos hemos tenido la experiencia de que eso que postergamos (posponiéndonos) por temores diversos muchas veces acaba mostrándose de la peor manera: si no explota y arrasa con todo, aparece como una pequeña e incesante fuga de agua que ahoga a diario sin razón aparente o sale del escondite sin “quererlo” porque el cuartito se llenó de cosas o el vecino rompió, sin querer, la viga que sostenía el delicadísimo equilibrio.

Y en esos momentos hay tantas respuestas como personas existen. Algunas tienen que ver con el alivio ya que, aunque no de la manera deseada, la molestia fue expuesta y por tanto ahora queda la tarea de juntar para rearmar. Otras vienen con culpa por habernos dejado llegar a “este punto” y el autocastigo impide cualquier conversación sin volvernos a tirar al barro. Están, también, las que vienen de la mano de una distracción que recién entonces parece notificarse de los carteles luminosos que intentaban dar señales de alerta.

No importa cómo o qué se rompa en nuestra vida, ya sea por decisión personal, porque explotó o porque alguien más lo quiso así, sino poder reconciliarnos con la palabra romper (¿acaso cuando algo material se rompe no nos damos la posibilidad de algo nuevo?).

No es algo que nadie quiera transitar alegremente en su vida, pero lo cierto es que las cosas, las relaciones y hasta las personas se rompen. Cuando estamos al borde, no tiene caso negarlo o resistirlo porque de algún modo va a suceder y es ahí cuando podemos mirar diferente esa herida. No se trata de la frase hecha de que la crisis es una oportunidad sino de la consciencia de que en muchas ocasiones, para reparar es preciso romper, para encauzar a veces hay que desbordar y –aunque parezca o suene antipático- son las maneras que encontramos para ir a nuestro propio ritmo o dejar de pagar altos costos por pretender lo que no es.

Diana Chiani es comunicadora, editora y Coach Ontológico Profesional. Contactos: IG: @milyunrelatos, Correo: escribime@milyunrelatos.com

 

Archivado en