Recalculando: cuando lo imprevisto toca la puerta de casa

Recalculando: cuando lo imprevisto toca la puerta de casa

A lo largo de la vida familiar, solemos tener planes. Desde lo cotidiano del menú semanal y los horarios escolares, hasta un importante acontecimiento: festejos, mudanzas, o unas vacaciones, entre tantos otros.

Lic Magdalena Clariá y Mercedes Gontán

Tanto las rutinas de todos los días como los proyectos a largo plazo, son una especie de combustible para nuestra familia, y sabemos lo positivo que es para los más chicos, contar con estos barandales.

Sin embargo, a veces olvidamos entrenarlos en una habilidad que será fundamental para el día de mañana: la flexibilidad y la capacidad de adaptación

De vez en cuando los padres fantaseamos con construir una burbuja alrededor de nuestros hijos, que pueda preservarlos del sufrimiento y la frustración, aunque en el fondo sabemos que no sólo son inevitables, sino que también son claves para su desarrollo.

La llegada de la pandemia puso una vez más en evidencia la fragilidad de nuestros planes, una realidad que ya intuíamos, pero a la que nos enfrentamos cara a cara en este tiempo tan especial.

El domingo a la noche Laura se fue a dormir agotada después de un fin de semana lleno de programas. Repasaron con Juan la agenda del lunes que no tenía ni un minuto libre. Ella tenía una presentación laboral importante a la mañana, y a la tarde se había comprometido a llevar a su mamá al médico. A Juan le tocaba la presencialidad en su trabajo, y había aprovechado para agendar reuniones con todo el equipo, ni hueco para almorzar se había dejado. Los chicos almorzaban en el colegio, así que hasta las cuatro de la tarde estaba el fixture resuelto. Después de una pésima noche, amanecieron con la novedad que Clara tenía fiebre y se sentía muy mal.

Arrancó entonces el show de malabarismos y cancelaciones. Reprogramaron cronograma, buscaron auxilio en abuelos y tíos, pero cuando pensaron que todo estaba resuelto, se encontraron con que Pía, la más chiquita de la casa, rompió en llanto porque no quería ir al colegio con la vecina. “Yo quería que me lleve Papá como habíamos quedado, repetía enojada la pequeña”.

Después de un rato de charla, Pía entendió que a veces los planes se modifican, y que esta mañana a papá le tocaba llevar a su hermano a la guardia, y que tenían que reorganizar todos el día.

A partir de este pequeño episodio, podemos reflexionar lo importante que es educar a nuestros hijos en lo imprevisto, porque a lo largo de nuestra historia familiar, tendremos infinidad de situaciones que nos impliquen recalcular. Y así como el GPS nos indica cuando tenemos que modificar la ruta, somos nosotros, los adultos, las guías para los chicos en estos momentos.

Nuestra actitud ante estas pequeñas contrariedades o difíciles situaciones que nos toque atravesar, será una gran enseñanza para los más chicos.

Son infinitas las causales que pueden hacernos recalcular: cuestiones médicas, inconvenientes laborales, temas presupuestarios, inclemencias climáticas, un accidente. A veces las cosas simplemente no pueden ser como las planeamos.

A los adultos nos cuesta por partida doble, primero lidiamos con nuestra propia frustración, y después cargamos la mochila de la culpa por nuestros hijos. “Pobrecito”, “Pobrecita”.

Cambiemos el foco y pensemos que les estamos dando una oportunidad de crecer en flexibilidad. Si nosotros enfrentamos la situación desde este lugar, seguramente será más fácil para todos transitarla.

Claro que cuando el recalcular solo implica un imprevisto menor o una cuestión logística, esto se vuelve un poco más sencillo. Pinchamos una rueda, se suspende el picnic por lluvia, nos reprograman un vuelo, nos cambian la fecha de una prueba, etc. Y tantos otros ejemplos.

Sin embargo, cuando lo inesperado es más grave, más triste, más difícil, ahí lógicamente nos cuesta mucho. No dejemos de conectarnos también con este dolor, sufrimiento y frustración, es parte del proceso.

Poner en palabras junto con nuestros hijos, permitirles expresar la bronca, tristeza, miedo, según la circunstancia, y animarnos también nosotros a compartir con ellos nuestras incertidumbres. A lo mejor no tenemos todas las respuestas que quisiéramos, pero demostrémosles que estamos ahí para acompañarlos, y atravesar la tormenta en familia, como gran equipo.

Las piedras en el camino aparecen inevitablemente, depende de nosotros simplemente tropezarnos con ellas, o aprovecharlas como escalón para avanzar. Lo imprevisto toca la puerta de casa, a recalcular entonces la ruta y seguir adelante.

 

*Magdalena Clariá es Licenciada en Psicología y Mercedes Gontán, abogada, Mediadora y Orientadora Familiar. Juntas hacen Apuntes de siembra

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