Las palabras forman el hilo con el que tejemos nuestras experiencias y este espacio apunta a mostrar el poder que tienen para explicar el mundo, crear sentido así como para generar realidad. A través del lenguaje nos narramos, nos encontramos con nosotros y también con relatos que nos representan o nos tocan de un modo u otro.
El lenguaje traza senderos de emociones y está lejos de ser inocente. No es lo mismo calificarnos como “desastre” que como “despistados”; por ejemplo. No es que con solo alternar una palabra o una etiqueta por una vez logremos modificar nuestra vida. Tampoco que esto suceda de un momento a otro.
Sin embargo, he experimentado el cambio de perspectiva al modificar un vocablo, al desistir una y otra vez de los que me lastiman e insistir con los que me suman aunque a veces se me pierdan en la marea cotidiana de automatismos y deberías.
Las palabras se encadenan para avivar el fuego de nuestras emociones o sentimientos -¿quién no ha creado una situación inexistente a partir de supuestos y conversaciones internas que parecen andar solas?
En este sentido, elegir sostener una palabra que nos inspira en momentos en que los platos vuelan por el aire; puede ser el primer paso para redireccionar nuestra emoción, cuerpo y decisiones. Es que si no podemos nombrar algo, difícilmente podemos ir tras ello.
En medio del caos o con la emoción desbordada esto no será posible y es absurdo pretenderlo aunque nos hubiéramos recibido de budas. Sin embargo, cuando se abre algún claro en el remolino, buscar una metáfora más amable, menos combativa o reconectar con alguna palabra que nos apacigüe o nos dé perspectiva sobre lo que realmente nos importa, puede ser un modo de comenzar a utilizar la palabra a nuestro favor.
La invitación a transformar nuestro lenguaje en aliado tiene que ver con prestar atención hacia dónde nos lleva nuestras conversaciones cotidianas. ¿Cuál es la comparación que usamos para la vida? ¿Cómo nos referimos a nuestro trabajo, hijos, etc.? ¿Cómo nos hablamos? ¿En qué nos suma y en qué no?
En momentos en donde todos andamos un poco locos, desbordados, agotados o saturados –en esta suerte de continuum 2020/21- las palabras relacionadas con las fiestas no solo nos parecen lejanas sino que solemos pasarlas de largo porque han sido parte de postales, frases hechas y tan repetidas que en diciembre parecen vacías de sentido.
Sin embargo y desde mi punto de vista, pocas palabras hay tan contundentes o vibrantes como amor y paz. No se trata, no obstante, de repetir como loro sino de hacer foco y conectar con el mundo de sensaciones y posibilidades que tanto esos vocablos, como los que cada uno pueda elegir para el momento del abrazo y los brindis, nos traen.
Empezar el año con un te quiero o un gracias, desear paz y brindar treguas, parar la pelota para elegir las palabras que nos van a guiar y sostener cada día del próximo año, cuando la cosa se ponga fea pero también cuando salgan tal como lo soñamos, es el primer paso para conectar con nuestros propósitos 2022.
El segundo es pasar a la acción, tener a la vista esas palabras, escribirlas, pedir que nos las recuerden, ponernos una alarma, saber que pasarán días sin pensar en ellas y volver sin culpa cuando nos damos cuenta de que nos dejamos de escuchar o fuimos tras mandatos que poco tienen que ver con nosotros y aquello que nos inspira.
Por Diana Chiani. Comunicadora, editora y Coach Ontológico Profesional (@milyunrelatos, www.milyunrelatos.com)