Jorge Luis Borges dijo en algún momento que a la hora de elegir enemigos "hay que tener cuidado porque uno termina pareciéndose a ellos". El dramaturgo griego Aristófanes creía, por su parte, que "aún de un enemigo puede el humano aprender sabiduría". Las verdaderas rivalidades tienen a los contendientes enfocándose en superar y, a su vez, absorber las cualidades del otro, aquel que lo desafía por una mezcla de odio y admiración.
Grandes rivales de la historia (Editorial El Ateneo) es una antología coordinada por los periodistas franceses Alexis Brézet y Vincent Trémolet de Villers, que reúne veinte enfrentamientos de personajes que gobernaron grandes potencias, marcando el ritmo de los acontecimientos mundiales y dejando las huellas de sus victorias y derrotas como legado del futuro.
Participaron de esta obra casi una veintena de colaboradores, destacados historiadores, académicos y periodistas especializados de Francia: Jean des Cars, François Kersaudy, Bernard Lecomte, Jean-François Solnon, Arnaud Blin, Éric Tréguier, Jean-Louis Voisin, Sylvain Gouguenheim, Georges Minois, Didier Le Fur, Bernard Cottret, Jean-Christian Petitfils, Jean-Paul Bled, Thierry Lentz, Arnaud Teyssier, Rémi Kauffer, Jean-Christophe Buisson, Georges Ayache y Pierre Razoux.
Desde Alejandro Magno contra Darío III de Persia en el siglo IV a.C, hasta el tándem Bush padre e hijo versus el dictador iraquí Saddam Husein, éstos feroces cruces entre líderes fueron resultado de tensiones personales y/o estatales y explosivos cambios estructurales, que desencadenaron nuevos paradigmas y representaron profundos cambios para la posteridad.
"Sus batallas definieron nuestras fronteras, nuestra religión y nuestras tradiciones. A veces conquistando y otras, defendiendo".
Para estos contrincantes, imbuidos en las ínfulas del poder ya sea por designio de su dinastía o por voluntad propia, los cortocircuitos con su contraparte se tornaron en políticas fundamentales que signaron sus destinos. "Un único propósito guía sus pensamientos y sus decisiones: vencer al rival", reflexionan con cierto tino Brézet y Trémolet de Villers. No hay que pensar más que en los primos Luis XIV y Guillermo de Orange, cuya tensa y belicosa relación marcó el choque entre dos universos culturales fuertemente opuestos en lo político, económico, religioso y social.
En estos encarnizados conflictos, de impacto enorme en el desarrollo del mundo, no siempre el vencedor aniquiló a su contrincante. El inmutable canciller Otto von Bismarck, por ejemplo, le perdonó la vida al depuesto emperador francés Napoleón III y a la propia Francia, más allá que su victoria permitió la resurrección de la poderosa Alemania y la imposición de la 'Paz Armada' durante tres décadas. Para otros, en cambio, la muerte de su oponente fue la única forma de sellar su triunfo, fórmula aplicada en los casos de los romanos Escipión y Octavio, quienes provocaron la desaparición física del cartaginés Aníbal y la pareja de Cleopatra y Marco Antonio, respectivamente.
No pocos líderes aprovecharon los duelos contra símiles para ganarse la confianza de sus súbditos, como el papa reformista Gregorio VII, que en el siglo XI rechazó al emperador germano Enrique IV con el objetivo de consolidar la emancipación papal frente a la tutela imperial, por lo que requería en gran medida el apoyo de los obispos y la cristiandad romana. Otros, en cambio, lucharon contra su pesar, como el enfermizo Balduino IV de Jerusalén, que peleó contra el implacable general Saladino hasta su propia agonía y la del último reino cristiano en Tierra Santa.
No faltaron los enemigos que retrasaron sus confrontaciones al máximo, como Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra, o los que esperaron nada para tratar de aplastar a su contrincante, caso del rey Felipe Augusto de Francia que en casi todo su reinado, durante el primer tercio del siglo XII, combatió a su homólogo Juan de Inglaterra (conocido como Juan Sin Tierra) para no ser derrocado por la poderosa casa Plantagenet.
Aunque se repite un generalizado rechazo hacia el adversario, e incluso odio iracundo no pocas veces justificado, no faltaron los que admiraron a la figura contraria, como le sucedió a Federico II de Prusia respecto a María Teresa de Austria: luego de considerarla una mujer "débil y sumisa", el gran soberano prusiano cambió radicalmente su percepción sobre ella tras la Guerra de los Siete Años (1756-1763) e incluso colgó un retrato de la reina Habsburgo en su despacho; pese a que la 'Madre de los pueblos' lo despreciaba sin titubeos.
También existieron falsas admiraciones, como las de Napoleón de Francia y Alejandro II de Rusia al fingir ambos maravillarse de las cualidades del otro en el histórico encuentro sobre el río Niemen en 1807, únicamente con el fin de mover sus piezas de fuego y preparar los ataques más mortíferos. Hubo casos en los que, si bien real, la admiración era secreta: Adolf Hitler aborrecía en público a Winston Churchill, aunque su gabinete sospechaba que el Führer apreciaba los brillantes discursos del político inglés.
En su mayoría, los textos describen los perfiles personales de los rivales, los contextos históricos y, llegado al caso, las ideas, emociones e incluso terceras personas que influyeron en los protagonistas y la toma de sus decisiones. Esta amplitud de documentación y cierta interpretación de los hechos permite al lector, entre otras cosas, esbozar las complejas relaciones entre los enemigos y comprender, al menos en gran medida, que los estereotipos antagonistas del 'bueno' y del 'malo', alimentados por los movimientos propagandísticos sensacionalistas y la chata industria cinematográfica, son construcciones menos verosímiles que exageradamente amplificadas, siendo que la realidad muestra más ambivalencias de las que creemos.
Nicolás Munilla