Más allá de los grandes títulos de la literatura universal, no es muy frecuente encontrarse con pequeñas joyas poco conocidas por el público o la crítica especializada. Esas rara avis aparecen y reaparecen cada tanto, incluso décadas después de las primeras publicaciones. Es el caso de Sombra vana (La Bestia Equilátera), una novela de la poca conocida escritora Jane Hervey, que expone y critica, en clave satírica, las costumbres decadentes de la aristocracia británica de mediados del siglo XX, y refleja, además, el choque entre los pensamientos moralistas conservadores y los primeros síntomas de los cambios sociales en una época convulsionada.
El coronel Alfred Winthorpe falleció en una habitación solitaria de la finca familiar en Derbyshire. Su viuda, Mary Winthorpe; sus tres hijos Jack, Harry y Brian; su nieta Joanna; y sus dos nueras Laurine y Elizabeth, pasan los siguientes cuatro días sumidos en los rígidos ritos funerarios y testamentarios, a la vez que intentan encontrar su lugar en la nueva realidad familiar tras la desaparición física del patriarca déspota y temible, cuya sombra sigue proyectándose sobre ellos.
Una de las principales fortalezas de esta ‘comedia de funeral' británica reside en sus personajes. Con una agudeza y manejo narrativo extraordinarios, Hervey (cuyo verdadero nombre es Naomi Blanche Thoburn McGaw) recrea una familia homogénea en las formas y algo más compleja en su fondo. Frente al mutismo de las quejas y el acallamiento de las disidencias, el texto reproduce cómo los Winthorpe sienten el vacío, la nostalgia y la incertidumbre ante la falta de su guía paternal (al cual siempre llamaron Padre, más allá de la condición genealógica individual), mediante diálogos fluidos y, en ocasiones, ácidos y delirantes, e introspecciones simples pero reveladoras.
La señora Winthorpe está contradecida: se liberó de su esposo, pero cae en un estado de angustia continua. Los recuerdos sobre Alfred la envuelven en una melancolía gris y densa, que la desconecta por momentos de la realidad, para lo que trata de anclarse en las mundanidades cotidianas. Su hijo solterón del medio, Harry, en cambio, piensa que llegó el momento de asumir el liderazgo del clan, buscando consolidarse en una nueva posición frente a los demás, a veces de maneras pragmáticas y un tanto tediosas.
Jack, el hijo mayor de los Winthorpe, es la contracara de Harry. Amenazado por su padre de ser desheredado tras dedicarse a la pintura y casarse con Laurine, una risueña actriz treinta años menor, asume su papel de primogénito en las exequias, con el objetivo de mejorar su situación. Sin embargo, su alejamiento de Padre no lo favorece, dado que está descolocado en los asuntos familiares y sus intentos terminan convertidos en manotazos vacíos de sustento, frágiles apariencias sostenidas menos en convicciones firmes que en su supervivencia económica. Mientras que el menor de la tríada, Brian, es el que mejor se adaptó a las circunstancias: sin demasiadas ambiciones, se casó con una mujer aceptada por la familia y supo amoldarse a las expectativas del patriarca sin desdeñar su deseo de progreso e independencia.
El punto solemne de la trama recae en Joanna. Criada por sus abuelos al quedar huérfana de niña, es una joven veinteañera atrapada en un matrimonio infeliz y desdichado con Tony, con quien se había casado para alejarse de la tiranía de Padre. En los cuatro días que transcurren posteriormente a la muerte del señor Winthorpe, Joanna va deconstruyendo su realidad a través del reflejo de su abuela: una mujer dependiente de su marido, obligada por las costumbres y los paradigmas sociales a apuntalar las estructuras familiares en detrimento de su bienestar personal. No es casualidad que, para la señora Winthorpe, Tony sea "un marido más amable, apuesto y encantador" que cualquier otro, aunque a su propio esposo "nunca le había gustado", pese a que Joanna encontró "un miedo aún más grande" que el que sentía con Alfred y "nada de amor".
A través de Joanna y la señora Winthorpe, Hervey pone sobre el tapete las dificultades y los desafíos de la mujer británica poco después de la posguerra: una etapa de transición entre las esposas fieles, abnegadas y sumisas, que aceptaban todos los mandatos masculinos sin emitir quejas en público, en perjuicio de sus capacidades, habilidades y sentimientos, y las nuevas generaciones de féminas que pretendían romper desde sus ámbitos personales, esos esquemas misóginos fuertemente arraigados en los ámbitos sociales, a costa de perjuicios emocionales y monetarios. De hecho, Harry y Brian (aunque este último más por respeto a la familia que por convicción) intentan sostener el matrimonio de su sobrina, aunque ésta no lo sepa.
En esa línea, Sombra vana también recrea los cambios sociales de la década de 1950, que serían más lentos y convulsionantes en las áreas rurales similares a las que está ambientada la novela: la pérdida de lo viejo, lo obsoleto, y la llegada de lo nuevo, lo innovador: una difuminación de las barreras entre los aristócratas y las clases más bajas, un paulatino desdén hacia las tradiciones pueblerinas imperantes desde la época victoriana, una añoranza del pasado arraigado en las personas mayores y las transformaciones en aspectos más palpables como la indumentaria y el transporte.
Una deliciosa novela que expresa el desasosiego, la pérdida, el deseo y la libertad.
Nicolás Munilla