Las dos recientes obras teatrales de Griselda Gambaro, Querido Ibsen: soy Nora y El don (Alfaguara), expresan las voces de mujeres sometidas a construcciones sociales cuyos esquemas de poder están configurados por el patriarcado y la violencia, sobre una rigurosidad ética y moral que amenaza degradar y humillar a quienes se atrevan romper esas estructuras.
Ambas dramaturgias fueron representadas en 2013 y 2014 en los teatros porteños San Martín y Cervantes, respectivamente, y dirigidas por Silvio Lang. Desprovistos de interpretaciones directivas, actorales y sonoras, tan necesarias para las puestas en escena, los textos quedan expuestos a la libre contemplación del lector, menos sobre los conceptos generales de las obras que los ritmos, las dinámicas dialécticas y las relaciones entre los personajes y su entorno.
Querido Ibsen: soy Nora propone una deconstrucción de la célebre dramaturgia Casa de muñecas (1879), dándole a la protagonista Nora Helmer la posibilidad de entablar discusión con el autor Henrik Ibsen a medida que se desarrolla la trama original, cuestionándole a su creador las decisiones que éste toma a lo largo de la obra. Asi, Nora no solo busca la emancipación de su asfixiante marido Torvald, de su difunto padre, del insensato Krogstad y de una sociedad machista opresora, sino también del propio dramaturgo.
Ese intercambio de argumentaciones y posiciones entre Nora e Ibsen es lo que enriquece y, mayormente, sostiene la obra, junto con la paulatina construcción de identidad del personaje principal advertida en dichos contrapuntos.
En El don, Gambaro expone a Márgara, una suerte de Casandra moderna y anciana, quien al igual que su semejante de la mitología griega, es una profetisa a la que nadie le cree, pese a que vaticina la esperanza de la humanidad y la salvación de la misma en la comprensión de la bondad, dentro de un mundo donde la fuerza destructiva del ser humano es la mayor amenaza. Sus palabras quedan ahogadas en una vivienda de un pueblo pesquero habitada por su hija Sonia, una mujer incrédula y superficialmente débil, y su yerno Efraín, quien ejerce la autoridad familiar desde la violencia y la imposición del poder económico y moral.
A diferencia de su antecesor, aquí el texto se torna más lírico y se acerca a la abstracción, especialmente en los tres monólogos de Márgara, donde la simbología y las metáforas adquieren una importancia superior frente a la comprensión más literal. Los personajes y el entorno representan a la sociedad decadente y violenta, dividida entre quienes ejercen el poder y los inocentes que creen en ellos. El mensaje de salvación no se traduce en la magnificencia universal, sino en los pilares de la solidaridad y el afecto entre los seres humanos.
Estas obras nos interpelan y hacen reflexionar sobre las complejas estructuras éticas, morales, políticas y sociales que nos rodean, y abren una puerta a la esperanza que, pese a la incertidumbre que se advierte en el futuro, nos sostiene frente a los males de la humanidad.
Nicolás Munilla