El escritor Abelardo Castillo, autor de "El que tiene sed" y "Crónica de un iniciado", falleció en las últimas horas a los 82 años en la ciudad de Buenos Aires, informaron allegados.
El narrador y dramaturgo argentino fundó "El Grillo de Papel", que luego se llamó El Escarabajo de Oro, una de las revistas literarias de más larga vida (1959-1974) de la época.
En 1961 obtuvo el premio Casa de las Américas por los cuentos de Las otras puertas, género que continuó con Cuentos crueles (1966), Los mundos reales (1972), Las panteras y el templo (1976), El cruce del Aqueronte (1982), Las maquinarias de la noche (1992) y Cuentos completos (1998).
Abelardo Castillo se constituyó en uno de los escritores más relevantes de la literatura argentina del siglo XX, abordando todos los géneros literarios. Maestro de escritores y eximio cuentista (digno sucesor de la dinastía de apellidos Arlt, Borges y Cortázar), pero también autor de novelas como "El que tiene sed" y "Crónica de un iniciado" y de obras de teatro como "Israfel", fue un autor fundamental de la segunda mitad del siglo XX, que consideraba que el escritor es ante todo "un inmoderado por naturaleza, un rebelde".
Castillo nació en Buenos Aires el 27 de marzo de 1935, pero a los 11 años se trasladó con su familia a la ciudad bonaerense de San Pedro, que para él fue su "lugar afectivo" y donde vivió hasta los diecisiete años. En 1952 regresó a Buenos Aires.
Castillo descubrió en San Pedro y muy tempranamente su vocación de escritor, y de hecho obtuvo reconocimientos tempranos, al obtener por ejemplo a los 24 años el primer premio del concurso de la revista "Vea y Lea", cuyos jurados fueron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Manuel Peyrou.
La crueldad, el desafío, la competencia, la traición, la culpa típicas de la adolescencia son marcas recurrentes en sus cuentos, que comenzó a escribir en 1961 y reunió bajo los títulos "Las otras puertas", "Cuentos crueles", "Las panteras y el templo" y "El espejo que tiembla", entre otros.
En sus historias, los personajes transitan por arrabales, casas, boliches, cuarteles, las calles de la ciudad o de pequeños pueblos de provincia, donde llegan, por lo general, a situaciones límite, y muchas veces parecen concurrir a una cita para dirimir un pleito con su propio destino.
"Siempre me han subyugado los tipos extremos, hablando estrictamente de la literatura. Pienso que a través de un personaje extremo, de una situación límite, uno encuentra una gran libertad para expresar lo que no piensa. Haciendo hablar a un tipo de personaje límite incluso se puede decir hasta lo que no se piensa, aquello que está en contra de las propias ideas", dijo Castillo en una entrevista.
Otro tópico que aparecerá tanto en su obra de teatro "Israfel" (basada en la biografía de Edgar Allan Poe, uno de sus autores fetiche) como en el cuento "El cruce del Aqueronte", y sobre todo en la novela "El que tiene sed", será el alcoholismo, una adicción que lo aquejó muchos años de su vida y de la cual logró recuperarse.
"Durante años tomé mucho y en forma bastante consecuente como para saber, desde mí, que es el alcoholismo como locura o como impulso de muerte. Hace ocho o nueve años que no tomo una gota, pero he tomado en cantidad suficiente como para ahogar una ciudad más o menos del tamaño de San Pedro", confesó en un reportaje.
La fatalidad de los sucesos que aborda su literatura hace recordar a Borges, otras de sus devociones, de quien toma a veces cierta entonación criolla y distante. En algunos cuentos, largos períodos apenas puntuados por la coma, aluden a la violencia, al vértigo de las imágenes, al vivir en tensión.
Tan decisivas para Castillo como las obras del autor de "Ficciones" resultaron también las producciones de Poe, Marcel Schwob, Fiodor Dostoievski, Malcom Lowry, Roberto Arlt, León Tolstoi, Henry Miller y Jean Paul-Sartre.
Castillo dictó durante los últimos cuarenta años, siempre en el living de su casa, el que tal vez fuera el más importante taller literario de los muchos que se dictan en Buenos Aires. De un oído extraordinario, una generosidad sin límites escondida detrás de una imagen severa, y una cultura de las más vastas que un escritor pueda tener, por su taller han pasado generaciones de cuentistas, y ha sido admirado y querido como un maestro por autores como Juan Forn, Rodrigo Fresán, Gonzalo Garcés, Pablo Ramos y Samanta Schweblin, entre muchísimos otros. Sus máximas sobre el cuento fueron recogidas en un libro de una pedagogía exquisita llamado "Ser escritor".
A fines de 2016 Castillo publicó "Del mundo que conocimos", una selección personal de sus cuentos que funciona como una suerte de mapa íntimo que abre con el ya clásico "La madre de Ernesto"y contiene textos como "Las otras puertas", "Patrón", "Los ritos" y "Las panteras y el templo".
Fuente: Télam