A 35 años del inicio de la Guerra de Malvinas, que dejó una enorme y dolorosa marca en la sociedad argentina, los veteranos de ese conflicto bélico que encaró la última dictadura militar argentina contra el Reino Unido en 1982 aún conviven con los fantasmas que rodean esos trágicos episodios, sobrellevando los recuerdos de balas, padecimientos y muertes, mientras muchos de ellos intentan continuar con sus vidas y haciendo valer sus derechos como excombatientes.
Desde hace siete años, el sindicato Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN) edita el libro Malvinas 1982, de autoría colectiva por parte a las delegaciones regionales del gremio a lo largo y ancho de la Argentina, siendo varios de sus miembros excombatientes en la guerra o que están vinculados de alguna manera con el conflicto.
Gracias a un incesante aporte que crece en cada reedición anual, la UPCN logra brindar un amplio panorama histórico y testimonial de la Guerra de Malvinas, desde estudios geográficos e historiográficos realizados por investigadores y otros profesionales de diferentes espacios académicos, hasta entrevistas con veteranos de todo el país, quienes manifiestan sus miradas personales en cuanto a sus experiencias en el frente de batalla, que encuentran puntos emotivos de concordancias y no pocas diferencias.
Cuatro excombatientes mendocinos brindaron sus testimonios: Eduardo Hernández, Santiago Domínguez, Adalberto Ferlito y Alejandro Sabez, quienes se destacan por ser los primeros veteranos que aportaron sus voces a esta obra, cuando fue editada por primera vez en 2010. Gracias a la labor de Graciela Grossi y Vivian Narciso, podemos empezar a comprender cómo repercutió la guerra en miles de hombres que, en aquella época, eran muy jóvenes y se vieron envueltos en una frenética carrera por la supervivencia al servicio de la Patria.
Hernández, quien fue además director de PAMI en Mendoza entre 2006 y 2013, estuvo destinado como médico del Ejército en Malvinas mientras realizaba el servicio militar obligatorio. En su testimonio, Hernández reveló que su experiencia fue "muy dura, emocionalmente muy compleja [y] con situaciones límites en forma permanente", en medio de cierto caos por la desorganización y la falta de experiencia respecto a la asistencia sanitaria durante una guerra.
"Lo más dramático que viví fue cuando tuvimos que ir en helicóptero a buscar a buscar heridos a otros lugares de la isla con la incertidumbre que significa salir a la madrugada, cuando no se respetaban las leyes de guerra, ya que a pesar de ser un helicóptero con la cruz roja tenía marcas de impacto de bala". Otro momento doloroso fue en los últimos días del conflicto bélico "ya que eran muchísimos chicos de 18 años que venían gritando de dolor", en medio del fuego cruzado debido a que el hospital improvisado argentino había quedado en la primera línea de combate.
Pese al abrupto final y su condición de prisionero al finalizar el conflicto, Hernández recuerda con mucha emoción su retorno al país: "Nosotros creíamos que al perder la guerra la gente no nos iba a recibir bien, pero cuando nos llevaron desde el puerto de Aluar a Puerto Madryn, empezó a salir la gente de su domicilio y nos saludaba agitando pañuelos blancos y haciendo vivas hacia los soldados".
Por su parte, Ferlito era buzo profesional de la Marina y, al inicio de la guerra, estaba prestando servicios en la base naval de Puerto Belgrano. En su relato, el excombatiente revive el ataque que sufrió el barco auxiliar que lo transportaba mientras hacía tareas de rescate en los restos de un bombardero hundido por las fuerzas británicas, en las vísperas del hundimiento del crucero General Belgrano.
"Recuerdo que era la madrugada y había un temporal impresionante. El helicóptero [inglés] nos enfocaba con fuertes reflectores [...] y casi inmediatamente sonó la alarma de combate. Fue en ese mismo momento en que se apagaron las luces y en esa oscuridad fuimos atacados por dos misiles [...] matando ocho tripulantes, incluyendo el comandante". Tras dos días a la deriva y haciendo todo lo posible para no hundirse en lo profundo del Atlántico Sur, los argentinos fueron rescatados por una aeronave nacional que los guió nuevamente al continente.
Afortunadamente, según el propio Ferlito, pudo "volver entero" al continente, gracias a lo cual logró reinsertarse en la sociedad sin necesidad de apelar a su condición de veterano, aunque reconoce comprender "a los compañeros que no volvieron ni psicológica ni físicamente completos y no pudieron encarar la vida de la misma manera, porque les tocó vivir y ver otras cosas en Malvinas, que les dejaron huellas trágicas y profundas".
Alejandro Sabez era un joven que, como tantos otros, realizaba el servicio militar obligatorio cuando la dictadura militar movilizó a todas las tropas para combatir en Malvinas, y en su caso participó en la custodia de una pista de aterrizaje en las afueras de Puerto Argentino, en la isla Soledad.
"Después de un ataque muy intenso se realizó el desembarco de los ingleses. Éramos muchachos que no teníamos experiencia. Yo hacía diez meses que había comenzado el servicio militar y, por lo menos, tenía un poco de instrucción pero, por ejemplo, un compañero de guardia del Chaco preguntaba cómo hacía para cargar el Fal". Tras la rendición de las autoridades militares argentinas, el grupo de Sabez tuvo que entregarse a las tropas enemigas, pasando un mes como prisioneros de guerra entre un campo de concentración y un buque británico, hasta que fueron liberados en las costas de Puerto Madryn.
Según el veterano en su testimonio, "existe un importante reconocimiento de parte del pueblo argentino, pero no de parte de los distintos gobiernos" y reveló que, por entonces (2011), "aún tenemos una alta cantidad de suicidios posguerra".
En cuanto a Domínguez, llegó a Malvinas con 19 años y doce meses de instrucción gracias a las prácticas en el Batallón de Infantería de Marina nº 3 de La Plata, y participó en la misma misión que Sabez. Su testimonio, a diferencia de los restantes excombatientes, se centra en los hechos posteriores a la guerra y una mirada crítica respecto a lo que sucedió luego de la rendición argentina y los años posteriores.
Para Domínguez, una parte importante de la sociedad argentina tiene cierta "responsabilidad compartida" porque "si bien nunca admití la dictadura que me llevó a la guerra, también la gente propició esto con su apoyo, aunque cuando fuera con una voluntad patriótica, con una identidad que incluso sorprende, pero que dura muy poco", contrastando el 2 de abril de 1982 con una abarrotada Plaza de Mayo porteña avalando la recuperación de las islas, con el 14 de junio de ese año, que marca como el día de la "indiferencia" por parte de los mismos.
"Si hay un sector que estuvo de nuestro lado siempre fue la gente, la familia. Sin embargo, aquel hecho histórico, entre el 2 de abril y el 14 de junio, marca un antes y un después en la actitud de la gente, ya que muchos se aislaron de esa responsabilidad [...] Nosotros sufrimos esa condena social y la del Estado, fundamentalmente".
Además, señala que "el periodo de posguerra, por lo menos en mi experiencia personal, me significó un dolor y un esfuerzo superior al que tuve que vivir en las islas. El Estado no se hacía cargo, porque tuvimos que ir a golpear puertas que no se abrían nunca. Hemos tenido que generar nuestra propia legislación, las leyes que amparan a los veteranos de guerra de todo el país son el resultado de la acción directa de los propios interesados".
Más allá de todo el dolor, sufrimiento, efervescencia y hasta locura que significó la Guerra de Malvinas, cuyos recuerdos y consecuencias aún continúan muy vívidos entre nosotros, es sumamente importante destacar que, frente a las terribles decisiones tomadas por las autoridades dictatoriales de la época, y cierto aval explícito de amplios sectores de la sociedad de entonces, la figura del combatiente de las islas es, quizás, una exposición fehaciente del valor a la defensa de nuestros derechos soberanos y el amor a la Patria, como comenta Hernández: "Nosotros rescatamos por sobre todas las cosas el valor del soldado argentino, aquel soldado que murió pensando que estaba defendiendo su patria, su territorio. Ese soldado que dejó su cuerpo en Malvinas es el compromiso mayor que nosotros tenemos para no abandonar la idea de que las Malvinas son nuestras".