La historia de Fedra e Hipólito es una de las tragedias griegas más populares, gracias a su intrincada trama que, a los ojos de los contemporáneos, expone las fatídicas consecuencias de los amores prohibidos desencadenadas por los dioses. El escritor argentino Sergio Olguín tomó este mito, previamente adaptado por Eurípides en el siglo V a. C. y reelaborado por Racine en el XVII, para darle vida a un apasionado amor entre un joven y su madrastra, en medio de la Guerra de Malvinas y en el seno de una familia marcada por la rigidez militar.
En 1982 (Alfaguara), la citada novela de Olguín, se desarrolla la historia de amor entre Pedro, un joven de 19 años que estudia Letras, y ama tanto los libros como el rock argentino, y su madrastra Fátima, tucumana de 30 años casada con el coronel Augusto Vidal, un militar de carrera ascendente y de rígida formación castrense. La relación amour fou (amor loco) entre Pedro y Fátima se despliega pausadamente en el ritmo de la narración y, a diferencia de la obra de Racine, es correspondida para ambos, aunque deben someterse al constante temor que depara la figura patriarcal y los vaivenes generados en el seno familiar a causa de la guerra contra Gran Bretaña en el Atlántico Sur.
La exaltación amatoria de Pedro, un personaje que cultiva la intelectualidad frente al fervor popular que dominaba la época, hacia su madrastra concibe su punto de inflexión de manera repentina cuando descubre Fedra, de Racine, y desde entonces se propone doblegar los paralelismos de ambas historias. "Si Hipólito se hubiera enamorado de su madrastra no habría ocurrido la tragedia y habrían sido felices juntos", razona Pedro ante Fátima luego de que ambos vivieran su primera noche de pasión.
A diferencia de lo que se podría deducir con facilidad, al menos desde la primera impresión que otorga el título, esta novela no se centra en la guerra de Malvinas o en los cambios políticos que vivía el país en las postrimerías de la dictadura. De hecho, funciona como un sonido que irrumpe en los momentos idóneos, una suerte de escenario que influye en la relación prohibida de los protagonistas. De todos modos, el contexto recae con mayor pesadez sobre Augusto, quien sufre exponencialmente las consecuencias de su paso por las islas y, percibido de manera bastante sutil, los estragos generados por un sistema castrense enquistado en el poder.
Olguín logra magistralmente que la tensión aumente con el correr de la narración -incluso en aquellos pasajes que se asemejan a interludios-, representada en la figura de Augusto, un Teseo más furibundo y oscuro, cuya sola presencia ennegrece el relato y se convierte en una pieza esencial del texto. El final es el punto cúlmine, chocante y perturbador, alejado de cualquier atisbo de romanticismo, de alto dramatismo y que manifiesta un juego de lealtades y traiciones que exceden el idealismo del amor y, a su término, replantea las posiciones de cada uno en ese tablero abarrotado de dificultades.
El lector no se sentirá decepcionado con 1982, una pieza literaria que, al igual que gran parte de las obras de su galardonado autor, supera las barreras de los géneros y sabe reconvertir los tópicos en historias atrapantes y convincentes que esquivan cualquier simplismo o efectismo fácil.
Nicolás Munilla