"Dirán que andas por un camino equivocado, sin andas por tu camino", Antonio Porchia.
Ahora que toda la gilada anda boludeando con Pokémon Go -lo cual abre el abanico de la estupidez universal hasta el ángulo completo- pues nadie habrá de echarme especialmente en cara el hecho de que me dediqué a indagar en un paradigma social fenomenal: Ricardo Arjona.
Por eso, hago lo que jamás hice: escucho con atención el último disco de este muchacho, "Apague la luz y escuche", pues, de hecho, me parece una actividad más productiva que esa práctica de idiotas de andar con el teléfono en la mano choteando por las esquinas. Y resulta que es una propuesta, a priori, interesante: un disco acústico -guitarra y voz-, con breves introducciones del chabón hablando sobre cada tema. El lanzamiento comercial fue un éxito tan grande que hizo colapsar la plataforma digital en que fue lanzado, con 100.000 descargas en el primer minuto, pero no es de esto de lo que quiero hablar, por más que el éxito comercial, y no la relevancia creativa, hable de él.
Escucho a Arjona con ternura: como quien mira los primeros trazos de un hijo o la ebria confesión de un payaso senil, una foto amarilla de un amor o la impertinencia intestina de un ovejero alemán en pleno desfile. Así lo escucho, queriendo quererlo, mirando cómo mira, oyendo lo que dice.
Que quede claro: escucho sus canciones, especial y básicamente, porque estoy harto de que cualquiera -en diarios, radios, redes sociales, sobremesas, bares & cafés- ande por ahí buscando sacar chapa de exquisito o selectivo, a fuerza de putear al cantante guatemalteco. ¿Qué le ocurre a esa gente que siente necesidad de dejar en claro que están por encima de determinado gusto popular?
Que quede claro: escucho sus canciones, especial y básicamente, porque estoy harto de que cualquiera -en diarios, radios, redes sociales, sobremesas, bares & cafés- ande por ahí buscando sacar chapa de exquisito o selectivo, a fuerza de putear al cantante guatemalteco.
Está bien: Arjona no habrá de quedar en los anales de los artistas que -a fuerza de fracturas de lo real- marcan rumbos en los devenires, como esos vientos fuertes que dejan cola en el paisaje, pero lo cierto es que muy pocos artistas lo consiguen y sólo el tiempo decanta estas certezas.
Está bien, ok, podés pensar que Arjona es una especie de Dylan o de Sabina con amnesia o el Serrat o el Buarque de los humildes de oído, puede, incluso, esmerado lector, que te gusten Monteverdi, Davis, Cohen, Piaf, el Mudo, Atahualpa y la Negra y Camarón de la Isla y hasta puede que te inclines por el zen y te guste oír el sonido del silencio en una cueva húmeda, no obstante, ¿cómo invalidar y en nombre de qué la emoción de un otro o una otra, siendo que la emoción es la única herramienta de lo genuino que nos distingue?
A ver: ¿Qué?; ¿que desaires a Arjona te habilita como público culto?; ¿que digas que te gusta Spinetta, Kraftwerk, Violeta Parra, Corea, Carmen Linares o Silvio te convierte en alguien interesante? A ver, sí, ponele que sí, ponele, pero, de esto, a invalidar las emociones ajenas, hay una meseta de indolencias que no deberíamos estar dispuestos a regar. Que cada quien haga con su traste una amoladora, éste es el mandato de quienes detestamos los mandos, los comando y los armando que no son Diego Armando.
Este muchacho Arjona tuvo la mala suerte de quedar atrapado en el paradigma del tipo al que debe necesariamente debe castigarse por su obra, mientras que, por ejemplo, cientos de bandas de rockeros disfrazados de atorrantes y de folcloristas disfrazados de gauchos andan por ahí comiendo la carroña de sí mismos o de pájaros que murieron en la década del '60.
¿Qué esperamos, que no tenemos, de nuestros artistas? ¿Qué forma de la propia carencia queremos ver en abundancia en la obra de nuestros queridos ajenos?
Déjenme decirles que he visto a gente llorar y ser feliz con canciones de Arjona, recordando algo de sus vidas tan cierto como una trompada en el hocico. A esa gente, de ese modo, vino a cantarle ese señor y se convirtió en importante para ellos. Y eso se respeta.
"Los Torturados", de Oswaldo Guayasamín.
A mí, debo confesar, me han ocurrido cosas semejantes con obras desplegadas en absoluta intimidad: la canción con recitado "Vallecito de Huaco" por los Quilla Huasi, la novela "Malone muere", el tríptico "Los Torturados", mi Griselda cantando "Ninna nanna al bambin' Giesú" con mi Galilea en su panza, el infinito disco "Artaud" y el negro Marcelino Azaguate cantando lo que sea en El Puerto, Lavalle, y las fotos del Máximo Arias, las comedias de los presos en las cárceles y tantas maravillas más que me hicieron lo que soy.
Todo eso me ha servido también para sentarme, ahora, a escuchar esta antología acústica "Apague la luz y escuche", de don Arjona. Lo hago para intentar entenderlo y hasta encuentro dos canciones que me gustan: "Para bien o para mal" y "Es menester". Lo escucho porque es distinto de mí.
¿Qué esperamos, que no tenemos, de nuestros artistas? ¿Qué forma de la propia carencia queremos ver en abundancia en la obra de nuestros queridos ajenos?
Leo, en sus canciones, una recurrencia, pero también encuentro recurrencia en los Stones, en Charly y Juana Molina y en Raúl Barboza y en Mores y en Los Redondos y en el tarado de Miguel Mateos. El mismo pecado que veo en él, puedo hallarlo también en elefantes consagrados en los pedestales de los probos; quizás cambien los tamaños de sorongo, pero el olor es el mismo. Nadie, casi nadie, se niega a sí mismo, salvo algún Virgilio o algún Franz Kafka, quienes quisieron quemar sus obras, pero sus amigos no les dieron bola.
Volvamos al escarabajo Arjona. Sí, sí, es excesivamente íntimo, dulzón en demasía como un balde de miel, macho alfa sobreactuado frente al espejo, pero todos tenemos nuestras miserias.
Realmente, qué querés que te diga, no encuentro mayor razón para putear a este muchacho. Es más: me planteo si lo afectarán las críticas e ironías y me digo que no, pues es tan popular y exitoso en sus espacios que no ha de tener tiempo para detenerse en agresiones. El sarcasmo ha de taparlo con dólares y aplausos, este Arjona.
La gente necesita arquetipos. Los arquetipos son algo así como top-models intelectuales: muestran lo mejor de lo mejor y lo mejor de lo peor: lo blanco o lo negro; los arquetipos son groseros: no saben de matices.
Sucede que ninguno de nosotros, en definitiva, se banca la evidencia: estamos desnudos y ciegos y estos estamos nos constituyen como raza, tanto como la experimentación -casi masturbatoria- de las experiencias del absurdo y de la muerte. Aquellos que no quieren verlo, se escudan en arquetipos.
Entonces, como somos cobardes, buscamos apoyo en la caída, como quien busca certezas, pequeños cobijos en el oscuro universo. Y ahí, entonces, aparecen arquetipos, paradigmas, recetas, dioses y estereotipos: verdaderos pokemones, serpentinas con epilepsia, collares ilusorios para maquillar la ausencia. Y ahí, entonces, termina resultando que Spinetta y Piazzolla son grosos y que Arjona y la Tigresa del Oriente son pésimos y que el Quijote, Indiana Jones y las 4x4 son aventureros y que Paris es de cultos y enamorados y que Barbie y Pampita son lindas y que Dios y Lassie son buenos. Pero, ¿son así las cosas? ¿Podríamos asegurar que son así las cosas?
La gente necesita arquetipos. Los arquetipos son algo así como top-models intelectuales: muestran lo mejor de lo mejor y lo mejor de lo peor: lo blanco o lo negro; los arquetipos son groseros: no saben de matices.
A Arjona le vino a tocar el peor de los lugares, su carga simbólica, para sus detractores es ominosa: escucharlo es como una patada en la entrepierna.
No obstante, y al mismo maravilloso tiempo, sus fanáticos (casi todas mujeres) lo aman, porque sienten que las contiene, interpreta y hace volar, sean humildes, casadas, solteras, conchetas, favorecidas, discretas, tengan o no cuatro décadas encima.
Para mí, a qué negarlo, ni fu ni fa.
Eso sí: los que me dan por el centro de las pelotas son los que hablan mal de otros para hablar bien de ellos mismos. Ah, y los que juegan Pokémon Go, también.
Ulises Naranjo.