"La vida es lo poco que nos sobra de la muerte", Walt Whitman.
Hace más de cuarenta años que recorro estos lugares, antes con liviana belleza, salvaje tersura y sentido de la inmortalidad; ahora, con lentitud regulada, óptimo disfrute y agradecidos pasos.
Hablo de nuestro piedemonte, en particular, esa franja de campo que reposa al oeste de Godoy Cruz. Buena parte de mi infancia ha quedado en estos lugares; y buena parte de mi adolescencia y juventud; ahora, con mi perro Haiku y ya sin mi padre, voy dejando algunas mañanas de domingo en mi edad adulta.
Para los que crecimos en los bordes hostiles godoicruceños, ir al campo -con los chocos, las hondas y los amigos- ha sido una actividad fundamental, un ejercicio constitutivo de esto que somos, estos testimonios buenos y malos de lo que somos.
Había una épica en los años idos.
La había en intentar lo imposible: cazar una liebre o una martineta con la honda y hacerlas luego a la olla; agarrar una víbora grande desde atrás y revolearla; encontrar un caño o un respiradero de agua roto, para beber y mojarse la cabeza; evitar algún cimarrón o alguna banda de fachinaleros; llegar con ganas de bañarse en el zanjón y después jugarse un partido en el potrero del club "Amistad" y afanarse un par de racimos de la viña del Flaco Romero.
No mucho más por esa tarde.
Décadas después, gracias a la sagrada escuela pública, sobre todo, nos volvimos ecológicos y dejamos las hondas. Las viñas dejaron paso a barrios obreros antisísmicos, la cintura del campo se abrió para dar paso a un Corredor del Oeste, las víboras murieron de tristeza, los zanjones se canalizaron, las martinetas van a la peluquería, las liebres se entretienen con teléfonos celulares, los fachinaleros fueron todos encarcelados y también sus hijos y mi viejo se murió, como a él le gustaba: sin hacer mucho ruido.
Sin embargo, amigos, la belleza permanece.
Y crean que da gusto, ahora, ir a correr a estos lugares y volver atrás la cinta transportadora de los días. Gusto da pensar que todo este otoño esté sucediendo, mientras allá abajo la ciudad insiste con sus carnavales en serie.
De vez en cuando, habrás de cruzarte con un par de ciclistas disfrazados de ciclistas, algún corredor igualmente solitario y no faltará ocasión en la que aparezca algún infeliz en moto enduro o cuatriciclo y lo putearás por lo bajo, por convertir en estupidez este mapa de colores del milagro de los días.
En algún momento, pararás para sacar una foto y alguna araña petulante te mostrará sus telas, invitándote a pasar. Y un cuis te dirá que no y un rapaz abriendo en dos las nubes no dirá nada. Decir o no decir son hilos de la trama.
No mucho más, allá, en el piedemonte.
Así, pues, es este otoño: muere para dejarte la vida, como tus padres...
Ulises Naranjo.