“You take a mortal man and put him in control./ Watch him become a god; watch people's heads a'roll... a'roll, a' roll,// just like the Pied Piper, led rats through the streets/ we dance like marionettes.../ Swaying to the symphony of destruction”, Megadeth, “Symphony of destruction”.
(“Tomá a un hombre mortal y dale el control. Miralo volverse un dios, viendo las cabezas de la gente rodar, rodar, rodar,/ como el Flautista guía a las ratas por las calles, moviéndose como marionetas bajo la sinfonía de la destrucción”), Megadeth, “Sinfonía de la destrucción”.
En el principio, los milagros no eran milagrosos. Unificar las miradas, lograr la común unión -la comunión- en el silencio, unificarse con las manifestaciones de los días: esto (decidimos que) era, ni más ni menos, aquello que las primeras religiones entendían por milagro.
Un milagro era, inicialmente, ser uno con el todo, uno con el diverso, uno y el universo.
Al no haber lenguaje (vamos a decidir también con alta probabilidad de éxito que no lo había, en los primeros tiempos), no había qué nombrar. Era igual la piedra, el agua, el tronco, el cielo, la pluma y el niño. Todo estaba unido y el milagro radicaba en la sola contemplación de ese organismo vivo llamado Tierra.
No ser nadie, viajar hacia uno mismo, liberarse de todo anhelo y avidez de pretensión era signo de sabiduría.
Y la única oración posible radicaba en dar las silenciosas gracias.
Traicionada esta actitud ante la vida, vino lo que vino: esto que somos, un acto fallido, el producto de una traición, tal vez, de un simio presumido, que, erguido sobre dos patas, miró los días de un modo diferente.
Después (lo sabemos, vamos a suponer que lo sabemos), hubo lenguaje, y con él, categorías, jerarquías, diferencias, dominaciones, acero, barcos, daños, asesinato del propio hermano y, sobre todo, con la llegada del lenguaje nació el tiempo.
Hubo entonces, por el poder de la palabra, quienes asumieron para sí el abanico de lo ordinario y fueron más allá: determinaron que les correspondía legitimar aquello que apareciera como extraordinario y aquello que no. Por eso, un orador, un escritor o un lírico era lo mismo que un profeta.
Una parte de lo extraordinario (por caso, un relámpago que ilumina el cielo, un mar tranquilo que se enfurece, un volcán que escupe lava o una semilla que se resuelve en árbol) recibió entonces el nombre de dios y, con él, sus atributos; otra parte de lo extraordinario (una improbable sanación, una escucha de emisión celeste, una inaudita flotación, una cinematográfica resurrección, por caso, con claras dimensiones humanas) recibió el nombre de milagro.
Los milagros, entonces, dejaron de ser cotidianos y, así, en el séptimo día o en el primero o tres años después, nacieron, gemelos, la culpa y el castigo. Y murió la religión. Y nacieron las religiones.
Los milagros, entonces, dejaron de ser cotidianos y, así, en el séptimo día o en el primero o tres años después, nacieron, gemelos, la culpa y el castigo. Y murió la religión. Y nacieron las religiones.
Y, bueno, amigos, en esto estamos: sometidos y acostumbrados, dañinos y olvidadizos, aunque con cierto afán de resistencia tiritando en nuestra información genética: una nostalgia de algo que vivimos, distinto de los alfabetos, y no supimos retener. Repitamos: en esto estamos, acostumbrados ya a la crueldad de los dioses y toda imposibilidad de concepción de los milagros, por más que las iglesias se afanen -subrepticias, furtivas por naturaleza- en encontrar santos donde hay, en el mejor de los casos, apenas una buena persona.
Esto aburre. Cambiemos el ángulo, pero no el tema; hablemos de rock, ese cadáver exquisito, ahora fuente laboral, antes fuente de inspiración.
Megadeth es una banda de Estados Unidos que hace rock metálico, "thrash metal", dicen los más específicos. Creó la banda Dave Mustaine luego de que lo echaran de otro grupo famoso, Metallica. Sus letras suelen ser apocalípticas, con paisajes de lo belicosos y miradas extremas sobre la condición humana y sus riesgos de extinción, algo así como ciertos cómics, pero en versión sonora.
En 1994, tocaron por primera vez en Buenos Aires, presentando el disco “Youthanasia” y ocurrió un milagro (sí, utilizamos esa palabra a cuento de la anterior introducción). Sucedió así: de pronto, en medio de uno de sus hits de otro de sus discos, la canción “Simphony of destruction”, la gente comenzó a corear el riff de la guitarra con la frase “Megadeth, Megadeth, Aguante Megadeth”. Débil al comienzo, festivo y apasionado, siempre.
Mustaine se mostró absolutamente sorprendido, casi azorado: dejó de cantar sus líneas, pero no de tocar su guitarra, sin saber qué estaba sucediendo. Era la concepción de un milagro.
Luego del hecho, quién sabe bien por qué, el coro sobre el riff creció y creció alrededor del planeta, de todo el planeta.
Aquí está uno de los videos de aquel histórico momento.
Como se observa, hoy, cantan el riff de “Symphony of destruction” con el corito argentino en Japón, Guatemala, Australia, Filipinas, Rumania, Inglaterra, India, Paraguay, Francia, Singapur, Croacia, Dinamarca, Portugal, Lisboa, Finlandia o donde quiera que Megadeth actúe, incluyendo Eslovenia, Eslovaquia, Honduras y hasta Suiza, ese lugar donde la pasión cumple horario de comercio.
Esta, la de "Aguante Megadeth", es una historia que bien conocen las audiencias de rock, como también el hecho de que el público argentino es, tal vez, el más ardiente y participativo del planeta (es fascinante, al respecto, observar, si les place, en YouTube, la serie de notables videos “Argentina: Best Crowd Ever”). Si quieres saber cómo es un pueblo, ve a un recital de rock.
Por lo mismo, no intención de este escriba no profético que nos detengamos en un fenómeno artístico como el rock, sino en un fenómeno planetario y cultural -el “Aguante Megadeth”- que configura un verdadero milagro, un ejemplo de comunión que atraviesa todo el cuero del mundo.
Ahí, en ese instante, esa frase disparada por un chico o una chica en el Estadio Obras el 2 de diciembre de 1994 produjo una intimidad universal, un canto común. Alguien, de pronto, produjo algo que se volvió patrimonio de todos los seres humanos.
Así se construye realidad, nada menos; esta vez, desde lo simbólico, desde la llanura de lo milagroso perdido (nosotros, los periodistas bien sabemos de qué se trata porque justamente nos dedicamos a eso: a construir realidad, a fabricarla a medida en muchos casos, a partir de intereses muy específicos, que nos condicionan y determinan, pero este es otro tema).
Sin embargo, “Aguante Megadeth” representa un caso extraordinario: un canto de amor que cantan todos. Si alguien pudiera desentrañar los ingredientes de este mantra rebelde y amoroso, daría con el hilo de Ariadna que nos regresaría al punto de partida, allí donde Babel pronuncia una sola lengua, tal vez una sola palabra. O ninguna.
Ulises Naranjo.