“El hombre no es más que la mitad de sí mismo. La otra mitad es su expresión”, Emerson.
Las redes sociales suelen ser cuerdas tendidas entre dos absurdos: el de una realidad leída sin hondura y el de una comunicación que nunca resulta ajustada o, al menos, esmerada. En las redes sociales, la gente tiende a mostrarse como supone que debería ser y poco como es, hasta que se relajan o descuidan o enfurecen. Con el paso del tiempo, resulta que la careta queda pegada a la cara y, como bien decía Pessoa en su poema, luego ya ni siquiera recordamos cómo éramos.
No obstante, las redes sociales se han vuelto sumamente importantes, entre otras cosas, para tomar noción de cómo marcha la pulsión social de los pueblos. Y pongo un ejemplo, mal que les pese a algunos, para hacerlos enojar de entradita nomás: si queremos saber cómo marcha la gestión de Macri en Argentina, por estos días, de ninguna manera obtendremos la respuesta leyendo los medios masivos de comunicación -que se hacen los distraídos con el asunto y lo tocan de côté- y, en cambio, sí nos haremos de datos y postales jugosos al respecto si investigamos la intimidad de la gestión de los posteos -íntimos, al fin, personales, inequívocamente honestos- de personas hablando a personas a través de un teclado, a favor o en contra.
Y digo esto sin valorar la gestión de don Macri, eso se lo dejo a cada uno, pues no es objeto de esta columna, en esta ocasión. Digo, claramente, que el discurso de la mass media comunicacional se hace el zonzo. Digo que, de un día para otro, los leones comunicacionales se volvieron vegetarianos. Eso digo.
También hay operaciones e intereses en las redes, claro que sí, pero un medio de comunicación, casi unánimemente, manifiesta sólo una línea de intereses políticos y económicos; en cambio, una red social es una pluralidad desbocada, casi descontrolada, en la que es posible abrevar -con paciencia, buen ojo y hasta disfrute- para entender qué ha pasado, qué nos pasa y qué pasará.
Digamos una vez más que todo discurso es ideológico: es mentira eso de que hay periodistas “militantes” y periodistas “independientes” u “objetivos”. Y esto también corre para los que postean en redes o dan homilías o se expresan en la cola del banco o en una carta íntima.
Todo mensaje milita en procura de algo. Dime qué escribes, fotografías, filmas o dices, dime qué ordenas o qué callas, dime qué notas firmas y qué notas no firmas pero publicas y te diré para quién o para qué militas.
En las redes sociales, con paciencia, es posible -gracias al paso de los años y la naturalidad que se va ganando en estos espacios- comprobar de qué modo y en qué momento, la gente -una docente, un comerciante, un sociólogo, una ama de casa, un estudiante o un policía- va construyendo su versión de la realidad. Lo hacen luego de volver del supermercado, de leer un diario masivo, de observar un accidente, de asistir a misa, de desenamorarse o de leer un libro, de llenar el tanque nafta o de comer un asado: en un determinado momento, no siempre, pero, en un determinando momento, son honestos y despojados con sí mismos y sus circunstancias y, entonces, nos ilustran y los demás vamos comprendiendo qué ha pasado, qué pasa y qué pasará.
En otros casos, y aquí nos metemos más en tema, una multitud coincide en una declaración muy determinada. No ocurre muy a menudo. Se trata de un hallazgo, de una comunión, casi de un milagro, en el que se abrazan macristas, kirchneristas, socialistas, hedonistas, bosteros, gallinas, chetos y grasas, budistas y barrabravas, creyentes y ateos, valientes y pusilánimes, cínicos e ingenuos.
Entonces, en estos momentos, las redes sociales enarbolan un mensaje, una enseñanza descomunal. Nos dicen que sí, que se puede, que podemos construir más allá de lo que pensemos, que está bueno que pensemos distinto -así aprendemos uno del otro-, que tenemos la obligación de decir y la obligación de participar; y más: que hay tremendos puntos de coincidencia que nos constituyen, también por esto, en hermanos.
A mí me pasó hace un par de días: subí un posteo de la revista “Punto a Punto”, en el que informaban que la empresa “La Marchigiana”, de la familia Barbera, construía con y para sus empleados, un barrio de cuarenta casas.
No se trata de una empresa grande ni exageradamente exitosa, con muchas que hay. No se trata de empresarios que la estén “juntando con pala”. Los Barbera -y hablo porque los conozco- son, han sido y serán una familia de grandes laburadores con un altísimo sentido de lo social. No de ahora, sino de siempre, me consta. Nada les sobra especialmente, pero lo que tienen, lo comparten y son agradecidos. Eso es todo: son agradecidos y no se olvidan de sus orígenes (aclaro que no consulté a los Barbera para subir el posteo y tampoco, ahora, que escribo estas apresuradas palabras, pero el caso se volvió público, luego de la aparición de la noticia en la revista).
Conocida la honorable acción, la gente (esa entelequia, esa improbabilidad, esa nube en el viento) se los reconoce. De pronto, en Facebook, muchedumbres que profesan estilos, creencias, ideologías y caprichos diversos, se unen para decir, de modo unánime, “felicitaciones”, “son un ejemplo”, “necesitamos empresarios así”.
El hecho configura, ni más ni menos, una especie de milagro social, con embarazo de esperanza.
Y también una larga premura: que la clase empresarial, por una vez, se muestre a la altura de los anhelos y necesidades de la gente, esa que les hace ganar fortunas, de generación en generación.
Este fue mi posteo en FB: “Me saco el sombrero ante empresas como La Marchigiana. Si el 10% de los empresarios que hacen fortunas en Mendoza fueran como esta honorable familia Barbera, se acabarían, por ejemplo, los problemas de la inseguridad y el desempleo... Mi afecto y admiración de siempre”.
En un par de días, 1256 personas pusieron “Me gusta”, decenas de comentarios positivos y 531 personas que compartieron la publicación.
Aquí, bien a mano, tenemos el abecedario para construir un discurso que nos una a todos, pero necesitamos ejemplos de responsabilidad social. Y los empresarios, de ninguna manera, se caracterizan por darlos, salvo saludables excepciones. Lo habitual es que se hagan los zonzos, mientras la juntan con pala.
Ulises Naranjo.